El bandolero se había cubierto el rostro. Además, para asaltar un carruaje en el camino del Norte, había elegido a un postillón que lo conocía. Una ráfaga de viento bastó para arruinar semejante precaución: Richard Ferguson reconoció bajo el crespón a uno de los hombres con quienes solía cruzarse en la casa de una mujer en Londres. El pasajero de la calesa había acudido a ofrecer, bien a su pesar, su dinero a los salteadores. Su conductor les aportaba un peligro mucho más engorroso: un nombre y una dirección.
Este encuentro se narra en el capítulo que la recopilación de Pelham consagra a Ferguson, apodado «Galloping Dick». La obra, en una edición de 1887, convierte su existencia en una aventura de caminos reales y la asimila con presteza a la de ladrones ya célebres. Seguimos aquí su relato retrospectivo, con las limitaciones propias de una historia de la cual el recopilador no aporta las piezas judiciales. La trama comienza lejos de la máscara y la pistola, en una caballeriza: Ferguson, hijo de un criado de Hertfordshire, había aprendido a tratar con caballos antes de aprender a despojar a los viajeros.
El muchacho trabajaba al servicio del amo de su padre. Una enfermedad del postillón titular le permitió ascender de rango, aunque sólo por breve tiempo. Una vez restablecido el convaleciente, se vio obligado a retomar sus antiguas faenas. Pelham atribuye a su orgullo la dificultad que tuvo para sobrellevar semejante retroceso. Ocurrió que un amigo del patrón buscaba precisamente un postillón. Ferguson se presentó, fue contratado y acompañó a su nuevo señor a Londres. Los caballos le habían otorgado un oficio; ahora acababan de franquearle las puertas de la gran ciudad.
Permaneció largo tiempo en aquella casa. La crónica le reconoce entonces formalidad y constancia, antes de explicar su despido a causa de un idilio con una criada. Esto es todo cuanto permite afirmar la fuente sobre dicha ruptura. El antiguo postillón atravesó luego un período de desempleo y frecuentó tabernas, donde trabó relación con otros sirvientes. Concluyó por entrar al servicio de un alquilador de caballos de Piccadilly. Este segundo acomodo le devolvía a una labor familiar, pero el propietario falleció. Ferguson volvía a encontrarse a su suerte, aunque esta vez con un peculio: su amo le había legado cincuenta libras.
Pelham le adjudica entonces la ambición de convertirse en un «caballero». La herencia sufragó vestiduras de luto y veladas en el teatro. En Drury Lane, Ferguson conoció a una mujer a quien volvió a frecuentar en su propia casa. El cronista aborda esta relación con el léxico y las valoraciones morales de su época; hace del apego del postillón el resorte de cuanto sobrevino. Las cincuenta libras se disiparon al compás de las visitas. Otros hombres entraban y salían de la morada. Ferguson conocía sus figuras, pero ignoraba aún el oficio que les permitía presentarse allí con mejores caudales que los suyos.
Agotado el dinero, halló plaza en una posada de Piccadilly. Conducía carruajes por los alrededores de Londres y distinguía a veces a sus antiguos rivales, ataviados con elegancia y montando buenos caballos. Sobrevino después el asalto en el camino del Norte. Un hombre enmascarado lo encañonaba con una pistola; otro había surgido de un atajo exigiendo el dinero del viajero. Cuando el viento descubrió el semblante del primero, Ferguson reconoció a quien la compilación llama Jerry Avershaw. A lo lejos asomó gente. Los ladrones emprendieron una huida precipitada.
El lance habría podido quedar en un mero robo presenciado por Ferguson en calidad de sirviente. Los bandidos, según Pelham, comprendieron que aquel percance los comprometía de otro modo. Se apearon en una venta caminera y ordenaron que les trajeran al postillón cuando regresase a abrevar sus bestias. Le ofrecieron dinero a cambio de su silencio. Ferguson aceptó. Los hombres cuyas andanzas él habría podido revelar le suministraban ahora el medio para reanudar sus galanteos.
La dádiva iba acompañada de una invitación a cenar, esa misma noche, en su guarida de Borough. La narración intercala entre ambos hechos una última visita a la mujer: ella se negó a recibirlo. Acudió no obstante al cónclave de los facinerosos. La cena fue copiosa, la concurrencia numerosa y ruidosa. Pelham describe aquel banquete como el instante en que Ferguson consintió en incorporarse a la banda. Los salteadores, con todo, no precisaban de inmediato un jinete suplementario al borde de la calzada. Poseían algo mucho más ventajoso: un empleado dentro de la posada.
Ferguson debía comunicarles los itinerarios de los carruajes que partían del establecimiento. El mozo conocía las rutas porque las transitaba; los hombres que acechaban podían a partir de entonces escoger el punto exacto donde asaltar a los viajeros. La compilación relata que percibió de ese modo su parte de varios botines considerables. No aporta lista de pasajeros ni cómputo de sumas. Lo sustancial del ardid estriba en otra parte: la preparación del robo comenzaba en la misma casa a la que el cliente confiaba su viaje. La pistola aparecía después, en el paraje propicio gracias a un informe salido de la posada.
Mientras Ferguson conservó aquel empleo, el reparto del despojo remuneraba un simple chivatazo, sin necesidad de que él mismo detuviera el tiro. Tal fue la función primordial que sus compinches le encomendaron. El capítulo deslinda con claridad este espionaje de su trayectoria posterior como bandolero de pleno derecho: ambas actividades no comenzaron a la par.
Las sospechas sobre su complicidad con los forajidos no tardaron en aflorar. Ferguson perdió su puesto y se echó en persona a los caminos. Su destreza con los caballos le servía tanto para alcanzar un coche como para eludir las persecuciones. De su celeridad hace brotar el libro el alias de «Galloping Dick». Un saber adquirido al servicio de los pasajeros se revolvía en perjuicio de ellos: los mismos senderos, las mismas cabalgaduras y las idénticas distancias habían mudado de propósito. Pelham confiere a este período la apariencia de una racha ininterrumpida de triunfos, sin precisar la cronología de cada lance.
Destaca en particular uno acaecido en el camino de Edgware. Ferguson y dos cómplices habrían asaltado a dos hombres. Él logró escapar a caballo; los otros fueron capturados, juzgados y ajusticiados. El recopilador no los nombra en este capítulo. Refiere asimismo fugas con sendas mujeres casadas, cónyuges de taberneros de Borough, y se abstiene de enumerar todas las hazañas que imputa a su protagonista. Sus giros expresivos, que tienden a situar a Ferguson tras casi todos los robos de las inmediaciones de Londres, pertenecen al orden del mito novelesco. En ningún caso equivalen a un inventario de causas comprobadas.
El texto consigna varios arrestos en Bow Street y diversos procesos en Old Bailey que concluyeron en absoluciones. Omite aquí tanto sus fechas como los debates judiciales. Una causa incoada cerca de Aylesbury truncó finalmente esta sucesión. Ferguson habría intervenido en un asalto que Pelham califica de audaz; fue apresado poco después e identificado. El tribunal de distrito inmediato lo halló culpable y lo sentenció a la pena capital. Ningún pasaje del capítulo permite reconstruir las deposiciones, nombrar al viajero expoliado ni relatar la audiencia como si asistiéramos a ella.
Pelham sitúa la ejecución en Aylesbury en abril de 1800, sin precisar el día. Remata con el retrato de rigor de un reo que, desvanecida toda esperanza de clemencia, se dispone a morir dando muestras de resignación. El postillón cuya ruta había entregado a los clientes en manos de los bandoleros concluye así en un relato donde su último lance con la justicia apenas ocupa un puñado de líneas. De su periplo, el pormenor más verosímil continúa siendo, acaso, el primero: el del hombre enmascarado que erró al elegir a quién cortarle el paso. Aquel día, los ladrones pagaron por su mutismo. Con él, compraban de paso el rumbo del próximo viajero.
