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Justicia y escándalos · Italia

El primero

Tommaso Tintori: una última mañana bajo el signo de una invención francesa

El primero: Tommaso oyó estas dos palabras antes de que pronunciaran su nombre. Pasaban de boca en boca, por el corredor, con esa leve animación que las novedades infunden a quienes están a cargo de quehaceres antiguos. No había obtenido indulto ni aplazamiento. Tan solo había adquirido una singularidad. La muerte que le aguardaba sería inaugural, y semejante distinción ocupaba a sus carceleros más que todo cuanto hasta entonces había constituido su vida.

Se levantó cuando la puerta se abrió. Durante la noche, se había dejado puestos los zapatos, por temor a que lo hallaran descalzo; ahora hubiera querido quitárselos, ganar con ese rodeo unos minutos durante los cuales seguiría siendo un hombre que busca su calzado. Pero ya lo miraban. Uno de los hombres sostenía un papel; el otro, las ataduras. Tommaso siguió el movimiento del papel, no el de la cuerda. Una hoja aún podía anunciar otra cosa; la cuerda poseía un único lenguaje.

Lo llamaron Tintori. Respondió. El nombre no suscitó dificultad alguna, y semejante facilidad le pareció casi ultrajante. Habría hecho falta que se equivocasen en una letra, que otro nombre de pila obligara a regresar al juzgado, que la orden hubiera perdido una firma. Los hombres disponían de cuanto era menester. Afuera, Roma amanecía a 28 de febrero de 1810; a él no le quedaba más que asentir con las piernas al modo en que aquella jornada tocaría a su fin.

El poder francés gobernaba la ciudad. Los uniformes, las órdenes y las escrituras habían cambiado; Giovanni Battista Bugatti, a quien los romanos llamaban Mastro Titta, continuaba con su oficio. En las anotaciones atribuidas al verdugo, la nueva rúbrica de las decapitaciones practicadas bajo el gobierno francés se abre con Tommaso Tintori, condenado por homicidio. El hombre entra en esa serie como se entra por una puerta estrecha: un nombre, un crimen designado sin relato, una fecha. Detrás de él, las líneas siguientes aguardan ya a los demás.

En el pasaje, Tommaso se detuvo por propia voluntad. Acababa de reparar en un muchacho que llevaba agua. Aquel joven no cumplía función alguna en su desdicha y todavía podía torcer a la derecha o a la izquierda. El condenado hubiera deseado pedirle una cosa absurda: que contara allá afuera que lo había visto caminar. No que dijera que había temblado, rezado, desafiado a sus guardias; tan solo que había cruzado el corredor poniendo un pie tras otro. El mozo bajó los ojos hacia su vasija. El agua se agitó contra el borde. Tommaso reanudó la marcha.

A medida que se aproximaba al aire libre, oía con más claridad las voces. No era un clamor, sino una multitud de conversaciones a las que su llegada otorgaría una misma dirección. Buscó el ruido familiar de la ciudad, las ruedas, los pregones, alguna disputa sin importancia; hallaba todo aquello, pero congregado en torno a sí. Quienes habían dejado su labor para acudir a verlo no habían abandonado sus costumbres. Discutían, comparaban los sitios, hacían señas a un vecino. Su muerte no les exigía convertirse en otros hombres.

Luego vio la máquina. Se elevaba más alto de lo que había esperado. Conocía la palabra francesa, repetida de boca en boca; en su imaginación se la había figurado como una especie de hacha complicada. Lo que descubría se asemejaba más bien a una construcción dispuesta para un uso cuya medida era él mismo. Dos piezas de madera, una altura, una abertura: por doquier algo había sido previsto. Esta previsión lo sobrecogió más que el acero. Se había trabajado antes de que él llegara para que nada tuviera que decidir.

Buscó a Mastro Titta entre los hombres ocupados junto al aparato. Lo reconoció por el modo en que los demás le dejaban espacio. El verdugo no parecía inaugurar una época; comprobaba una faena. Tommaso se aferró a aquella figura con una confianza casi involuntaria. El hombre podía matarlo, pero sabía qué iba a suceder. Los soldados miraban a la multitud; los curiosos, las maderas nuevas; únicamente él parecía mirar al condenado como a la persona necesaria para la operación.

Un movimiento entre los espectadores hizo volver a Tommaso. Alguien se empinaba para ver mejor. Pensó en un principio que lo llamaban, mas luego comprendió que un hombre reclamaba simplemente que le despejaran la vista. Aquel error minúsculo le dolió más que el resto. Aún había esperado de la multitud una relación personal. Ella esperaba de él que no tapara el espectáculo. Se volvió hacia los peldaños y los subió sin reparar en si estaban limpios, como lo habría hecho al entrar en una casa donde se es recibido por vez primera.

Allá arriba, el viento le pareció más frío. Las manos atadas le impedían ceñirse la ropa. El ademán nació, no obstante, en sus hombros, ese pobre ademán ordinario al que el cuerpo regresaba a pesar de todo. Mastro Titta se acercó. Tommaso miró sus dedos, luego el lugar donde se le pedía colocarse. Había temido un forcejeo; hallaba una serie de indicaciones breves. A cada instante se le exigía una cosa pequeñísima: avanzar, volverse, inclinar la cabeza. El conjunto formaba lo imposible.

Quiso hacer una pregunta. Versaba sobre la rapidez; aun antes de haberla pronunciado, sintió vergüenza, como si inquirir cuánto tardaría equivaliese a regatear un precio. El ejecutor aguardaba. Tommaso abrió la boca, y la cerró después. No halló más que un hálito, y este bastó para empañar levemente el aire ante sus labios. Era todavía algo que brotaba de él, se confundía con el mundo y desaparecía sin que hubiese sido menester orden alguna.

Lo acomodaron. Perdió de vista los rostros y ya no tuvo ante sí más que un madero, una sombra, el borde de una materia cuyo nombre no intentó averiguar. Las voces de la multitud persistían, mas procedían ahora de un lugar al que no podía responder. Oyó un paso muy cerca. Su cuerpo se puso rígido, con la esperanza de demorar todavía con la fuerza de los músculos lo que dependía de un mecanismo. La máquina cumplió su oficio. Para los espectadores, la espera tocaba a su fin; para los hombres de servicio, otra parte del trabajo comenzaba.

Tommaso Tintori fue así el primer condenado ajusticiado por la guillotina introducida en Roma bajo la autoridad francesa. La ciudad había presenciado una novedad; el registro recibió un nombre suplementario. Quienes refirieron el acontecimiento pudieron ensalzar o maldecir la invención, comparar el procedimiento con los suplicios de antaño, debatir acerca de lo que los franceses traían con sus leyes. En todas aquellas conversaciones, él continuó siendo el primero. Sin embargo, por la mañana, en el corredor de una prisión, había respondido a un nombre que nada tenía de comienzo.

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novela corta

El primero

La última mañana de un hombre de quien la ciudad recuerda sobre todo que inauguró una máquina.

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La máquina de Roma

Una ficción sigue la llegada de la guillotina a través del condenado, el verdugo y un administrador convencido de servir al progreso.

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trilogía

Los nombres del registro

Tres libros recorren los regímenes romanos a través de las familias de los condenados y el oficio del mismo ejecutor.

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Las anotaciones publicadas bajo el nombre de Mastro Titta inscriben a Tommaso Tintori con el número 106, el 28 de febrero de 1810, bajo una rúbrica que anuncia el nuevo aparato de decapitación del gobierno francés. John L. Allen Jr., en su artículo de 2001 sobre el verdugo y el Museo Criminológico de Roma, lo señala como el primer ejecutado con dicha guillotina. El relato recrea con libertad la última mañana del condenado; ningún detalle imaginario se presenta como pieza documental de la causa.

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