En la primavera de 1627, el duque Juan Federico de Sajonia-Weimar emprendió de nuevo viaje hacia el norte. Había servido ya en diversos ejércitos durante la guerra que asolaba el Sacro Imperio. En esta ocasión, según la narración retrospectiva de Der neue Pitaval, andaba en busca de un alquimista de gran fama afincado en las Provincias Unidas. Viajaba ataviado como noble caballero y acompañado por un corto séquito de sirvientes. El viaje quedó truncado en las inmediaciones de Northeim, cuando las tropas del conde de Tilly sitiaban la plaza. Soldados de la Liga Católica le dieron el alto y lo apresaron; en un primer momento, se negó a revelar su identidad y los motivos de su presencia en aquel paraje. Fue conducido a la fortaleza de Erichsburg y, con posterioridad, a Oldisleben, donde sus hermanos asumieron la custodia de su persona.
Las páginas impresas en 1890 presentan el episodio como la caída de un príncipe extraviado por las artes mágicas. Entrelazan acontecimientos políticos, antiguos rumores y una moraleja contra la credulidad. Los archivos de Turingia conservan, bajo la signatura A 562, un legajo de 178 folios catalogado como relativo a la vida, cautiverio y muerte del duque; la Sociedad Fructífera ratifica las fechas esenciales y da cuenta de un arresto en 1625 seguido de una nueva detención en 1627. La reconstrucción histórica que sigue distingue, por tanto, aquello que refiere la crónica de lo que puede considerarse fehacientemente probado.
Juan Federico había nacido en Altenburgo en 1600, siendo el quinto hijo del duque Juan. Su padre falleció cuando los vástagos eran aún menores de edad; su madre, Dorotea María, murió en 1617. En el seno de una fratría involucrada en los asuntos del ducado, surgieron discordias en torno a la educación, la conducta y el rango que correspondía a cada cual. El Pitaval retrata a Juan Federico como un hombre susceptible, retraído y ávido de conocimientos. Sostiene la crónica que un alquimista italiano despertó su interés por la piedra filosofal, a la que se atribuían promesas de riqueza, sanación y eterna juventud. Semejante semblanza psicológica pertenece al cronista; en ningún caso constituye un diagnóstico clínico.
El príncipe conocía asimismo los rigores de la guerra. En 1622 tomó parte en la campaña de Wimpfen; más tarde sirvió junto a sus hermanos en los ejércitos enfrentados a las fuerzas imperiales. En Nienburgo, en septiembre de 1625, estalló una disputa en una mesa de juego entre él y el conde palatino Cristián de Birkenfeld. El rey danés Cristián IV ordenó a Juan Ernesto, hermano mayor y general, que desarmara a Juan Federico. Este se negó rotundamente. Adujo que no ponía en tela de juicio la autoridad del monarca, mas no estaba dispuesto a tolerar que su propio hermano lo humillase como a un perro. Juan Ernesto terminó por arrebatarle la espada con la ayuda de varios oficiales y ordenó ponerlo bajo custodia.
El rey resolvió no someter el incidente a un consejo de guerra. Lo consideró una mera querella doméstica que competía dirimir a los príncipes sajones. El motivo militar quedaba así soslayado; las disensiones entre hermanos permanecían intactas. Durante su reclusión, según refiere el Pitaval, los interrogadores añadieron una imputación de muy distinta índole: el duque habría entregado su alma al demonio. En un principio, Juan Federico manifestó una viva indignación; luego, al repetírsele que en todo el campamento se le tenía por hechicero, habría alardeado de sus poderes sobrenaturales y amenazado con evadirse gracias al auxilio de su «compañero infernal». La crónica interpreta semejante fanfarronada como un ardid para forzar su puesta en libertad. Se trata, no obstante, de una conjetura del autor, no de una deposición judicial conservada en el expediente.
Puesto en libertad transcurrido un tiempo, Juan Federico abandonó el servicio de armas y desafió en duelo a sus hermanos Juan Ernesto y Bernardo. Ambos declinaron el reto. El duque se retiró a sus posesiones en Turingia, donde las disputas por la herencia y los reproches de familia continuaron encarándolos. Llegó a proponer la renuncia a sus derechos sucesorios a cambio de una compensación pecuniaria; Juan Ernesto acogió la propuesta, pero Guillermo se opuso con la esperanza de apaciguar a los hermanos. El Pitaval dibuja a un hombre enclaustrado entre crisoles, libros y probetas de alquimia, mientras en las aldeas circundantes crecía su fama de nigromante. También aquí nos encontramos ante un retrato literario, profundamente teñido por las supersticiones que se atribuían a aquella época.
En abril de 1626, durante un primer viaje hacia las Provincias Unidas, soldados españoles lo apresaron en las cercanías de Lippstadt. Ocultó su alcurnia, fue tomado por un jinete holandés o un espía, y sólo reveló su identidad tras herir a un sirviente del comandante que lo había tratado con desdén. Sus hermanos confirmaron su filiación; tras unos tres meses de cautiverio, regresó a Ichtershausen. Este percance precedió al de 1627 y permite comprender por qué una nueva desaparición fuera de sus tierras suscitó de inmediato la zozobra de su linaje.
A comienzos de 1627, Juan Federico se puso de nuevo en camino. Cerca de Northeim, los soldados de Tilly lo apresaron tras negarse a declarar su nombre y oponer resistencia. Verificada su condición principesca, el duque de Sajonia responsable de la casa ducal dispuso su traslado a Oldisleben. El Pitaval describe un régimen carcelario cada vez más riguroso: un calabozo, nutrida guardia, sirvientes obligados por juramento al silencio y un portillo practicado en el muro para espiarle de continuo. Afirma que los hermanos pretendían convencerle de que abjurase de la magia y se arrepintiese. El legajo de archivo acredita formalmente el cautiverio, pero las páginas de la crónica decimonónica no reproducen los documentos que permitirían comprobar cada uno de estos extremos.
Una tentativa de fuga resultó frustrada. Según se cuenta, varios criados redujeron a la guardia inmediata, pero las centinelas exteriores acudieron con prontitud; Juan Federico cayó herido y fue recapturado. El 30 de mayo de 1627, prosigue el relato, se le colocaron grilletes y se le afeitó la cabeza, pues se creía que el diablo hallaba cobijo en sus cabellos. Sus apelaciones a la cabeza de la casa sajona cayeron en saco roto. Ni siquiera su promesa de expatriarse y renunciar formalmente a sus derechos hereditarios consiguió mitigar el rigor de la custodia. La humillación descrita por el cronista es sobrecogedora, pero debe leerse como una relación indirecta y no como un auto de fe fehaciente.
La dignidad del reo confería al caso una gravedad excepcional. Juan Federico era príncipe del Imperio; el Pitaval asevera que la detención se había consumado sin la preceptiva autorización del emperador, tachándola de ilegal con arreglo al derecho imperial. No obstante, la crónica omite las normas aplicables y no cita documento alguno que sustente tal afirmación. Refiere asimismo que, tras su traslado a Weimar en noviembre de 1627, los carceleros prosiguieron con los interrogatorios, reconociendo al mismo tiempo que los fondos archivísticos consultados no revelan sentencia condenatoria alguna. La investigación historiográfica moderna, citada en la nota biográfica de referencia, subraya que jamás se instruyó un proceso formal por brujería. Es imperativo, por tanto, no confundir la incriminación familiar y el encierro con una condena judicial por artes mágicas.
El 17 de octubre de 1628, los guardianes hallaron al duque muerto en su celda, con el rostro contra el suelo y una herida de daga en el pecho. El arma no se encontraba junto al cadáver, según asevera el Pitaval. ¿Cómo pudo burlar un puñal semejante vigilancia? ¿Quién logró franquear el umbral? El cronista se hace eco de la murmuración de la época: el mismísimo diablo había acudido a cobrarse el alma del hombre que lo invocara. Los hermanos, añade, rehusaron dar sepultura al cuerpo en un muladar y dispusieron unas exequias reservadas; la ubicación exacta de la tumba quedó para siempre en el misterio.
Ni los testimonios pretéritos ni la historiografía moderna resuelven la causa de este óbito. Una reseña de la Sociedad Fructífera corrobora que el duque fue hallado sin vida en su prisión tras una confesión autógrafa de pacto con el demonio, mas no arroja luz sobre si medió suicidio o asesinato. Los archivos de Turingia custodian el expediente sobre su vida, reclusión y fallecimiento, sin que el repertorio en línea permita desentrañar el contenido íntegro de sus pliegos. El Pitaval concluye que se trató de una tragedia dictada por la superstición, pero no aporta resolución judicial ni señala al posible ejecutor.
Perdura, en suma, la estampa de un príncipe encarcelado por su propia estirpe, atrapado entre un conflicto de linaje y una imputación de magia que en un principio rechazó y que luego intentó esgrimir en su favor. Las fuentes no permiten esclarecer si la confesión atribuida fue arrancada bajo coacción, si fue sincera o si fue enteramente fabricada; tampoco dirimen si hubo mano homicida o propia voluntad de muerte. Lo que se perfila con indiscutible nitidez es la ausencia de toda garantía procesal en el relato: encierro puramente doméstico, espionaje solapado, interrogatorios sobre el demonio, ninguna pericia forense consignada y ningún veredicto conocido. La muerte selló el asunto sin resolverlo. Deja la cuestión penal suspendida ante la misma puerta del calabozo: ¿quién ostentaba la legítima potestad para juzgar al duque, y a quién competía responder por su vida?
