El 10 de marzo de 1662, en Bury St Edmunds, tres jóvenes se presentan ante el tribunal de lo criminal acompañadas por sus familias. Llegan con un aspecto saludable, según refiere la crónica impresa, hasta el preciso instante en que cruzan el umbral de la sala donde se han de instruir los cargos. En ese punto estallan las convulsiones: gritos, cuerpos que se agarrotan y, de inmediato, el silencio. Las menores se ven incapaces de responder a las preguntas indispensables para la apertura del proceso. En el banquillo de los acusados, dos viudas de Lowestoft, Rose Cullender y Amy Duny, se declaran inocentes.
El expediente descansa ante todo en esta escena, y en la sima abierta entre lo que las familias afirman presenciar y lo que la curia es capaz de verificar. La relación histórica compilada por George Borrow reúne deposiciones testificales, piezas de convicción exhibidas en sala y episodios que la pluma del siglo XVII computa como testimonios inequívocos de brujería. Los fenómenos preternaturales allí descritos carecen de constatación histórica independiente. Lo que sí se trasluce en sus páginas, en cambio, es la mecánica irreductible que condujo las acusaciones hasta el veredicto de condena.
El drama de los Durent arranca con un lactante encomendado a los cuidados de una convecina. Dorothy Durent, obligada a ausentarse, ruega a Amy Duny que guarde de su hijo, todavía de pecho, advirtiéndole expresamente que no le dé de mamar. Al regreso de la madre, Duny admite haber conculcado la orden; Dorothy monta en cólera. Duny abandona la estancia profiriendo, según el testimonio judicial, palabras amenazantes. Esa misma noche, la criatura sufre síncopes y convulsiones que se prolongarán durante varias semanas.
Angustiada, la madre recurre a un sanador afamado por tratar a niños que se juzgan maleficiados. El hombre le aconseja tender la manta del pequeño junto al hogar durante todo el día y observar lo que de ella caiga al acostarlo por la noche. Dorothy refiere que un sapo salió entonces de entre los pliegues. Un mozo del lugar sujeta al animal contra las llamas con unas tenacillas; estalla un relámpago seguido de un estruendo parejo al disparo de una pistola, y el batracio desaparece. La declaración de la testigo erige el lance en el primer indicio patente de la venganza de la sospechosa.
A la jornada siguiente, una parienta de Duny advierte a Dorothy de que la anciana presenta severas quemaduras en el rostro y en las piernas. Dorothy afirma haberla hallado sentada a solas en su casa, con el hogar apagado. Duny le espeta que la culpa es suya, vaticinándole que verá morir a algunos de sus hijos y que ella misma acabará valiéndose de muletas. Tiempo después, la hija de Dorothy enferma; la madre expulsa a Duny tras encontrarla al pie de la cama de la niña. Dos días más tarde, la pequeña fallece. Dorothy imputa la muerte a las artes de brujería. Algún tiempo después, aquejada de una súbita parálisis en las piernas, comparece ante el tribunal apoyada en muletas.
Estas declaraciones orales articulan una cadena incriminatoria contundente, si bien escasas veces descansan en observaciones objetivas. El padre de la familia Pacy, próspero comerciante de Lowestoft, expone por su parte el cuadro mórbido de sus dos hijas. Narra que Amy Duny acudió en repetidas ocasiones a comprar arenques y que fue invariablemente despedida con cajas destempladas. La menor, Deborah, arrastraba ya una debilidad en los miembros inferiores desde hacía una semana. Según el padre, en cuanto la vecina se aleja del portal, la niña cae presa de violentas convulsiones. Un galeno llamado a la cabecera confiesa su incapacidad para diagnosticar la dolencia. Pacy confiesa haber sospechado de Duny y haber conseguido que la sujetaran en el cepo. Varias convecinas la increpan entonces acerca de lo infligido a las criaturas; la respuesta que le atribuyen —haber tenido que abrir la boca de su propio vástago con una canilla de espita para alimentarlo— será utilizada inexorablemente en su contra.
Los accesos de las dos hermanas se suceden a lo largo de semanas enteras. Pierden por momentos el habla, la visión o el dominio de sus extremidades; se quejan de atroces dolores de vientre y vomitan alfileres retorcidos. Pacy jura haber visto brotar de sus labios una docena de alfileres y un clavo de hierro. Al hacerles leer el Nuevo Testamento, prosigue el testigo, las muchachas se muestran incapaces de pronunciar ciertos nombres sagrados, mientras leen con total soltura las palabras «Satanás» y «el diablo». El mercader interpreta este contraste como una prueba irrefutable. El texto omite todo informe facultativo neutral; únicamente reproduce la lectura de un padre y de los allegados que comparten su misma certidumbre.
Pacy envía seguidamente a las niñas a Yarmouth, a casa de su hermana Margaret Arnold, en busca de un cambio de aires. En un principio, Arnold afirma descreer de hechicerías. Desprende todos los alfileres de las vestiduras de las enfermas y cose las sayas para asegurar los cierres sin necesidad de aguja metálica alguna. Pese a tales precauciones, sostiene haber visto vomitar una treintena de alfileres durante las crisis. Añade asimismo apariciones de enjambres de moscas portadoras de alfileres, una abeja que fuerza la boca de Deborah para introducirle un clavo y un ratón invisible que una de las niñas logra atrapar al vuelo para arrojarlo al fuego. Esta profusión de testimonios confiere a la vista su desconcertante catálogo de pruebas materiales.
Otras familias del lugar aportan testimonios de idéntica traza. Anne Durent, Jane Bocking y Susan Chandler son descritas sucesivamente como víctimas de atroces dolores y convulsiones tras haber mediado algún desaire o encuentro con las encausadas. Varias de ellas se hallan imposibilitadas de testificar de viva voz en Bury: pierden el sentido ante la curia o caen presas de accesos convulsivos. Los familiares asumen entonces la tarea de interpretar sus gestos y glosar sus manifestaciones previas. Ciertas declaraciones vinculan a Rose Cullender o a Amy Duny con apariciones espectrales; otras reiteran las amenazas supuestamente proferidas por ambas. De este modo, la manifestación del pánico colectivo pasa a constituir el cuerpo sustancial de la prueba de cargo.
Un elemento más de índole física se incorpora al proceso: las mujeres comisionadas para desnudar e inspeccionar a Rose Cullender aseguran haber descubierto en su anatomía pequeñas excrecencias carnosas que identifican de inmediato con pezones de bruja. Cullender aduce que una de tales marcas obedece a una antigua llaga provocada por el peso de los cubos de agua. El proceso somete así el cuerpo de la inculpada a un registro degradante, y el juicio sobre lo que las examinadoras dicen haber hallado se encuentra de antemano viciado por la conclusión que persiguen.
El debate procesal dista, con todo, de ser enteramente unánime. El jurista Keeling advierte del gravísimo riesgo de dictar condena fundándose exclusivamente en la sugestión y la fantasía de las supuestas afligidas: si basta una visión para inculpar a cualquiera, razona, ningún súbdito se encuentra ya a cubierto de la calumnia. Por el contrario, el doctor Thomas Browne, reputado médico convocado para emitir dictamen pericial, asevera sin ambages que los menores sufren hechizamiento, equiparando el cuadro patológico con sucesos análogos acontecidos en Dinamarca. Su informe plantea una causalidad mixta que amalgama desarreglos somáticos y maquinaciones demoníacas. La discrepancia doctrinal queda patente en las actas, pero el renombre del facultativo acaba decantando la balanza en favor de la etiología preternatural defendida por los acusadores.
La prueba del tacto parece en un primer momento dirimente. En el paroxismo de la crisis, las jóvenes mantienen los puños crispados con una rigidez invencible; ante el mero contacto físico de Cullender, prorrumpen en alaridos y abren de golpe las manos. Se les vendan los ojos para neutralizar cualquier sospecha de fingimiento. No obstante, al practicarse el experimento en una sala contigua y a espaldas de la comitiva, una de las enfermas reacciona de idéntica forma al ser rozada por una persona por entero ajena a la causa. Los veedores regresan al estrado denunciando una impostura evidente. Samuel Pacy improvisa entonces un argumento ad hoc: asegura que su hija posee la facultad de presentir las presencias aun hallándose privada de los sentidos ordinarios. La duda metódica no desmorona la acusación; deviene, al punto, una explicación supletoria.
El elenco testifical completa el cuadro atribuyendo a las sospechosas la mortandad súbita de reses, carromatos volcados sin causa, cargas encajadas en quicios de puertas y desvanecimientos repentinos tras disputas con ambas mujeres. Cada anécdota aparta al jurado de aquellos extremos susceptibles de verificación empírica. Hacia el desenlace, el magistrado sir Matthew Hale acota la controversia a dos únicas cuestiones: si los niños se hallan efectivamente embrujados y si las reas resultan culpables de tales maleficios. Deja constancia de su fe en la existencia real de la brujería, invocando los preceptos de la Sagrada Escritura y las leyes del reino. Exhorta, no obstante, a los jurados a sopesar con rigor los testimonios, advirtiéndoles del grave peligro de condenar a una inocente tanto como de permitir que una culpable eluda el castigo.
El 13 de marzo, tras una deliberación de apenas media hora, el jurado declara a las dos mujeres convictas de los trece cargos que componen la acusación. Al día siguiente, tres de las menores son conducidas ante el juez; a decir de sus deudos, han recobrado milagrosamente el habla y la salud. Duny y Cullender rehúsan hasta el final la confesión que se les exige. El 17 de marzo son ejecutadas en la horca. La crónica asegura que los padecimientos de los infantes remitieron tras dictarse sentencia; carece, empero, de cualquier elemento probatorio que permita vincular tal mejoría con supuestos poderes mágicos de las reas. Resta, a la postre, una descarnada cuestión de técnica judicial: un tribunal impuso dos penas capitales tomando por axiomas convulsiones histéricas, relatos familiares y experimentos a todas luces falseados. El fallo retrata, antes que la culpa de las reos, aquello que los miembros del tribunal se hallaban de antemano dispuestos a creer.
