A las cuatro de la madrugada del 24 de febrero de 1822, el general Berton se presentó de gran uniforme en casa de Pombas, en Thouars. Varios hombres se hallaban congregados en la vivienda. Les anunció que el gobierno del rey había caído y que se había establecido un poder provisional. Era preciso, afirmó, tomar la gendarmería. La noticia no era cierta; mas los hechos que le siguieron fueron, por el contrario, inmediatos.
En el cuartel, un gendarme oyó llamar y abrió la puerta. Unos hombres armados lo sujetaron y le ordenaron guardar silencio. Otros recorrieron las estancias, hicieron descender a los gendarmes y los retuvieron prisioneros. Sonó la campana de rebato; el tambor tocó a generala. Hombres que se proclamaban «soldados de la libertad» prendieron al párroco en su propio lecho. A un juez lo aprehendieron en la calle, y a un concejal, en la casa consistorial. Allí, los insurrectos reemplazaron la bandera blanca por la tricolor. Requisaron caballos y carruajes, y luego se incautaron de armas en el taller del armero Gaspy. Se apostaron centinelas en las puertas de la villa.
El itinerario que condujo a Berton hasta aquella casa había comenzado varias semanas antes. Había partido de París a principios de enero, pretextando que iba a visitar a su hijo, subteniente de dragones en Pontivy. Pasó por Brest y Rennes. El coronel Alix, de quien se sospechaba que preparaba apoyos militares, abandonó Brest el 8 de enero, reapareció en Rennes el 9 y regresó a Brest el 11; Borrow refiere que allí se encontró con Berton. Este partió de Brest hacia Rennes el día 15. En Rennes, reconocería más tarde haber aceptado las solicitudes de varios hombres que pretendían ponerlo al frente de un movimiento en favor de la Carta. Quienes conspiraban en los contornos de Saumur le instaron a unirse a ellos; según Borrow, llegó a la comarca los días 18 o 19 de febrero y celebró conferencias en Thouars.
Tras los arrestos en el cuartel, Berton acudió a una plaza pública donde un individuo llamado Heureux, que se presentaba como diputado por Nantes, dio lectura a dos proclamas. La primera declaraba derrocado al gobierno, prometía salvaguardar a los compradores de bienes nacionales y abolir los impuestos indirectos. La segunda se dirigía a los soldados, augurándoles victoria, honor y ascensos. La multitud no respondió a una sola voz: se vitoreó tanto a la Carta como a Napoleón II o a la República. Se proclamó un gobierno provisional y se invistió a Lafayette como generalísimo. A aquel poder parisino se le atribuían los nombres de Foy, Kératry, Voyer d’Argenson y Benjamin Constant. Nombres arrojados al aire en una ciudad donde acababan de ser capturados los gendarmes y confiscadas las armas: conferían a los actos ya consumados la apariencia de una orden emanada de las altas esferas. La proclama destinada a la tropa aseveraba que Francia entera se había sublevado. Quedaba, no obstante, marchar hasta Saumur y obtener de quienes custodiaban sus puertas algo más que una promesa. Pero aquella autoridad solo había arraigado en el seno de la columna; Saumur no había reconocido el nuevo poder.
Los insurrectos tomaron el camino hacia Saumur. En Montreuil, el brigada de la gendarmería despachó a un emisario para alertar a la ciudad. El alcalde salió al paso hacia las siete de la tarde, acompañado únicamente por un guardia nacional. Berton le manifestó que lo había visto en París y que venía en nombre de la libertad. El alcalde lo tildó de rebelde y le intimó a retirarse. Desconcertado, Berton hizo retroceder a sus hombres más allá del puente.
La guardia nacional formó en orden de batalla. Los insurgentes cortaron el camino con carruajes y situaron destacamentos para evitar sorpresas. Berton mantuvo la posición hasta medianoche; ordenó entonces la retirada. La ciudad permanecía cerrada a cal y canto; la sedición no había prendido en la guarnición de Saumur. Los cabecillas se dispersaron. Berton vagó errante por Deux-Sèvres y Charente-Inférieure hasta su captura, allá por mediados de junio.
Otros treinta y siete encausados fueron arrestados en relación con el suceso; dieciocho más habían eludido el apresamiento. La vista de la causa se sustanció en Poitiers a partir del 26 de agosto y se prolongó hasta mediados de septiembre, conforme al testimonio de Borrow. La relación judicial da cuenta de muy diversos fallos. Berton, Caffé, Sauge, Fradin, Sénéchault y Jaglin fueron sentenciados a la pena capital. Caffé falleció en prisión a resultas de una herida autoinfligida; las penas de Fradin y Sénéchault fueron conmutadas. Alix fue declarado culpable del cargo principal por siete jurados contra cinco, mas la mayoría del tribunal acogió el criterio de la minoría, absolviéndolo de dicha imputación capital; resultó, con todo, condenado por no haber denunciado la conjura. Los demás sufrieron diversas penas de prisión y multa.
El proceso no tardó en desbordar la frustrada marcha sobre Saumur. Berton sostenía haber obrado de concierto con diputados liberales, entre ellos Lafayette, Foy, Constant y Voyer d’Argenson. Grandmenil, uno de los conjurados, los había mencionado en una declaración, pero se hallaba prófugo y no pudo comparecer. El fiscal general mantuvo, no obstante, dicho testimonio en el auto de acusación. Reconoció ante la sala que los vínculos imputados a los parlamentarios descansaban sobre una «prueba moral» y que se carecía de pruebas materiales. La afirmación de un conspirador ausente quedó así incorporada a la causa sin que pudiera ser contrastada en un careo o interrogatorio. El ministerio público desarrolló este razonamiento a propósito de Lafayette: una presunta connivencia con un segundo proyecto debía, a su juicio, arrojar luz sobre el primero, habida cuenta de que Berton y Grandmenil figuraban en ambos. Admitía que tal deducción no aportaba certeza material alguna, pero explicaba dicha ausencia por la prudencia de los instigadores, quienes habrían preferido las conferencias verbales a la correspondencia epistolar. Lo que faltaba en el sumario se convertía así, en su requisitoria, en testimonio directo del disimulo achacado a los sospechosos. Los diputados comprometidos habían solicitado la apertura de una investigación sobre la conducta del fiscal general; su iniciativa no prosperó.
Benjamin Constant replicó mediante una misiva en la que defendía su reputación y arremetía contra sus acusadores. Los ejemplares fueron requisados. Procesado por difamación contra el fiscal general Mangin y contra el presidente del tribunal, resultó absuelto de este segundo cargo. Por el primero, se le impuso una condena de un mes de prisión y una multa de quinientos francos. El procedimiento contra Berton constaba, pues, de dos escenarios: en Thouars, una columna pretendía expresarse en nombre de un gobierno inexistente; en Poitiers, una acusación política se apuntalaba en la declaración de un testigo que ya no podía comparecer ante los estrados.
Berton y Caffé, miembros de la Legión de Honor, fueron degradados. La sentencia dispuso la distribución de los ajusticiamientos entre Poitiers y Thouars: el fallo asignaba a cada reo la villa donde habría de ejecutarse la pena. Mas no todos subieron al cadalso. Caffé había muerto en su celda; las condenas de Fradin y Sénéchault se habían trocado en veinte y quince años de reclusión. Bajo los mismos nombres consignados en el protocolo de una sentencia, los destinos ya se bifurcaban.
Berton pereció en la guillotina el 5 de octubre de 1822, en la plaza del Pilori de Poitiers, fecha asentada en los registros del patrimonio municipal. La crónica de Borrow le atribuye hasta el último instante un absoluto dominio de sí mismo. Ocho años más tarde, su hijo Adolphe obtuvo del consistorio autorización para colocar una lápida sobre el solar de su enterramiento. Aquel poder provisional anunciado en la penumbra del alba no había sobrevivido a las proclamas; la sepultura, en cambio, halló su propio rincón en la ciudad que lo vio expirar.
