El ama de llaves había decidido no entregarse al sueño. Junto a Maria, hilaba sin descanso, avivando con astillas de madera la tenue lumbre de la estancia. Los demás moradores ya se habían recogido. El hombre que había implorado hospitalidad aún no ocupaba el lecho dispuesto para él; se había limitado a arrojar sobre las mantas parte de sus ropas. En ese instante, permanecía de pie junto a la joven. En aquella granja finlandesa, durante la noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1852, todavía se hablaba de una boda. Desde hacía varios días, no obstante, Maria buscaba ante todo una puerta tras la cual sentirse a salvo.
Había hallado refugio en casa de Thomas Dütinen, donde su hermana Eva servía como criada. Para llegar allí, se vio obligada a dar rodeos. Su cuñado, el carpintero Gustav Luoranen, le prohibía desposar a Henrik, un hombre al que había conocido tras entrar a servir en otra aldea. Maria estaba encinta de su prometido, según las confidencias recogidas en la crónica. El hogar que anhelaba fundar debía arrancarla de aquel donde Luoranen pretendía retenerla. El caso, narrado por el Nouveau Pitaval, comenzó así: con los preparativos nupciales que todos conocían y con un consentimiento que un hombre se arrogaba el derecho de negar.
Luoranen sustentaba a su suegra y a Maria. Había trabajado primero durante once años al servicio de la familia antes de desposar a la primogénita, Anna. Tres hijos habían nacido de aquella unión. La crónica lo describe como un peón robusto, erigido en cabeza de familia tras una infancia mísera y la temprana muerte de su madre. En la aldea gozaba de buena estima; semejante reputación persistiría incluso en las declaraciones que detallarían sus violencias. Resultaba concebible considerarlo un hombre pacífico aun a sabiendas de que había golpeado a su cuñada. Los testigos declararon en ambos sentidos. Una vecina, sin embargo, había alzado la voz lo bastante como para concitar su cólera: denunciaba su continuo asedio a Maria y su infidelidad hacia Anna. Luoranen presentó una querella por injurias; el pleito concluyó en avenencia. Antes de que el crimen empujara a los lugareños a relatar las amenazas, aquel hombre ya había recurrido a la justicia para salvaguardar su propio renombre.
Maria ya había intentado marcharse en el pasado. Su madre refirió que una primera búsqueda de empleo le costó varios golpes con un atizador. En otra ocasión, la joven obtuvo del pastor el certificado preceptivo para su partida; Luoranen le salió al paso a la salida, rasgó el documento y la forzó a permanecer allí. Aquellos pasos dejaron tras de sí testigos, heridas e incluso el recuerdo de un pliego hecho jirones. No fueron patrañas urdidas tras su muerte para prestarle un pasado al crimen: las pesquisas las recabaron de boca de cuantos habían visto, oído o recibido las confidencias de Maria.
En el verano de 1851, logró no obstante colocarse como sirvienta en un pueblo distante. Allí se prometió a Henrik, hermano de su amo. Al regresar en noviembre para disponer las nupcias, tropezó de nuevo con la negativa de su cuñado. Los domingos se sucedían; la proclamación de las amonestaciones se aplazaba sin tregua. El 25 de abril de 1852, mientras Luoranen asistía a un convite, la pareja fue por fin anunciada en el templo sin advertirle previamente. Tuvo noticia de ello antes de levantarse de la mesa y regresó de inmediato a su casa. Maria había buscado cobijo entre los vecinos.
Envió primero a Anna en su busca. Esta regresó sola: su hermana se negaba a seguirla. Luoranen acudió entonces en persona a reclamarla, hasta el mismo lecho en el que se había refugiado entre sus dos anfitriones. Se la llevó por la fuerza. Más tarde, en la casa ya dormida, Anna escuchó a su hermana implorar a su esposo y prometer que rompería el compromiso. Maria explicó al día siguiente que él le había arrancado semejante palabra encañonándola con su cuchillo. Durante la vista, Luoranen sostendría una versión bien distinta: afirmó que no había pedido más que un aplazamiento, el tiempo necesario para adecentar una morada común para los futuros cónyuges.
El 27 de abril, una faena lo apartó del hogar hasta la noche del 28. Maria aprovechó su ausencia para reunirse con Eva en casa de Dütinen. El día 29, Luoranen advirtió su desaparición, la buscó en casa del prometido y luego anunció que iría a buscarla a aquella granja. Su esposa y su suegra trataron en vano de disuadirlo. Al día siguiente, partió tras haber afilado su cuchillo y proferido amenazas. Cuando los moradores de la granja lo divisaron a través de la ventana, ocultaron a Maria tras la gran estufa. Preguntó si ella se encontraba allí. Le respondieron que no. Emprendió el regreso.
Aquel primer embuste protector habría podido bastar. En el camino, sin embargo, Luoranen divisó a una campesina cuya silueta le recordó a la de Maria. Volvió sobre sus pasos hacia la casa casi al mismo tiempo que ella. La mujer no era la que él buscaba, pero Maria, creyendo conjurado el peligro, había abandonado su escondite. La vio. Caía la tarde; los anfitriones le dieron a entender que debía reanudar su marcha. Declaró que se quedaría allí. El cronista invoca en este punto una hospitalidad que vedaba expulsar a un visitante. La casa acogía a partir de ese instante al mismo hombre contra el que había pretendido escudar a la muchacha.
Todos cenaron y, acto seguido, los moradores se acostaron en la misma habitación. El ama permaneció en vela. Conocía el terror que embargaba a Maria; vio a Luoranen instalarse a su vera, hablarle en voz baja, besarla y rodear su cuerpo con los brazos. Cuando ella le requería que dejase dormir por fin a la joven, él respondía que deliberaban sobre la boda. Hacia la una de la madrugada, la centinela lo vio incorporarse de pronto y asestar a Maria una cuchillada. Al grito de la herida, los demás despertaron. El agresor salió; atrancaron la puerta a sus espaldas. Regresó para reclamar sus ropas y preguntar si Maria había muerto. Le arrojaron sus pertenencias por la ventana.
Maria aún respiraba. El 1 de mayo fue trasladada a la rectoría vecina; al día siguiente, la condujeron al hospital de la capital de provincia. El día 5 dio a luz a una niña. Falleció el 6 de mayo; la criatura murió al día siguiente. Entretanto, Luoranen había regresado a su morada declarando haber consumado lo que proyectaba desde hacía largo tiempo. Pidió que lo apresaran. Sus allegados no le dieron crédito. Insistió el 2 de mayo, sin mayor fortuna, antes de volver el día 3 a casa de Dütinen y hacerse conducir, con las manos atadas, ante la autoridad local.
En el juicio, no negó la estocada. Disputó, en cambio, la intención. Padecía, según afirmó, cefaleas capaces de nublarle el juicio; los reproches oídos en la granja y la hostilidad de Maria lo habrían sacado de quicio. Su propósito habría sido retener a su lado a una persona de gran provecho para la hacienda, no impedir por celos que perteneciese a otro. Mas su esposa, aun confirmando sus dolencias, aseguró no haber observado jamás que le hicieran perder la razón. Las amenazas pretéritas, el cuchillo afilado de antemano y sus propias palabras, referidas tras la agresión, desmentían de plano la hipótesis de un arrebato imprevisto.
Las declaraciones sacaron asimismo a la luz lo que el término «relación» amenazaba con encubrir. A varias mujeres había confiado Maria su espanto, los requerimientos carnales de su cuñado y las violencias de las que ansiaba escapar. Luoranen negó semejante coacción. El tribunal apreció un asesinato deliberado perpetrado por un hombre dueño de sus actos y dictó la pena de muerte. Conforme a la crónica, la sentencia fue conmutada por la deportación a Siberia. No fue, pues, ajusticiado. La puerta atrancada tras su huida había resistido al fin; se había cerrado demasiado tarde para Maria.
