El domingo 18 de febrero de 1827, John Holzinger pidió a Rosina Ott que se reuniera con él para una última entrevista. Le había manifestado su deseo de entregarle un obsequio antes de poner distancia entre ambos. La tía de Rosina la acompañó hasta el paraje convenido, a las afueras de la ciudad de Ansbach. Holzinger y Rosina se besaron; él la estrechó contra su pecho diciéndole que le pertenecía. De camino de regreso, convenció a la tía para que los dejara a solas. Rosina vaciló. Su tía, inquieta, los siguió a cierta distancia.
Aquella escena había sido preparada por una concatenación de resoluciones. Holzinger era posadero y tratante de vinos en Ansbach. Poseía algunos bienes, si bien varios de ellos se hallaban hipotecados; tenía cuatro hijos de sus primeras nupcias. Su primera esposa falleció en junio de 1818; Christiana, hermana de la difunta, asumió el gobierno del hogar. La intimidad entre ambos derivó en un lance amoroso y Holzinger quiso desposarla. Christiana, no obstante, rechazó el matrimonio, aun permaneciendo a su lado. Él la consultaba antes de emprender acción alguna, le estrechaba la mano y le preguntaba con frecuencia: «¿Me amas?». Ella respondía a veces que sí, a veces que no comprendía semejante pregunta. Sus reproches, sus partidas y sus regresos marcaban el compás de una relación que Holzinger pretendía mantener bajo su dominio.
Meses más tarde, eligió a Johanna R., una mujer de unos cuarenta años con quien tenía intención de casarse. Aquella determinación no puso fin a su vínculo con Christiana. Esta debía continuar al frente de su casa para marcharse luego a su domicilio tras el enlace; Holzinger proyectaba visitarla con asiduidad. No ocultaba tales disposiciones a sus allegados, pero resultaba incapaz de tolerar que Christiana pudiera escapar de su esfera. Comenzó a sospechar que Carl Schulz, sobrino de su futura esposa, era su rival. La víspera del desposorio, Christiana lo increpó al advertir que había bebido en demasía. Intentó él aplacarla, pero acabó quebrando un cántaro y profiriendo gritos destemplados.
Al día siguiente, 3 de enero de 1819, el matrimonio se celebró a temprana hora matutina. Los convidados consumieron arrack, cerveza y vino. Holzinger aparentaba buen talante, si bien diversos testigos consideraron que se hallaba embriagado antes del mediodía. Finalizada la comida, Christiana acudió al peinador antes de partir hacia un bautizo. Holzinger columbró al peluquero rodeándole el talle con un brazo. Irrumpió en el aposento, le propinó una bofetada y descendió a la bodega a proveerse de vino. Al retornar, Christiana se encontraba en compañía de Schulz. Le echó el brazo al cuello con ánimo de dirigirle la palabra; ella lo rechazó, advirtiéndole de que no deseaba hablarle más. Minutos después, Schulz percibió estrépito en el piso superior y gemidos de dolor. Subió con presteza y sorprendió a Holzinger acometiendo a Christiana, tendida en el suelo. Empuñando un cuchillo de mesa, Holzinger se declaró culpable en su presencia. Reiteró su confesión ante el facultativo y, con posterioridad, ante la policía, atribuyendo su proceder a los celos y a la cólera.
Aquel primer litigio planteó un dilema preciso al tribunal: ¿había premeditado Holzinger la muerte de Christiana, o bien le había quitado la vida en un arrebato súbito de furia? El encausado sostuvo haber obrado embriagado y fuera de sí. Su letrado solicitó un examen pericial para argumentar la enajenación de sus actos. Los dos facultativos inicialmente requeridos discreparon: uno de ellos no halló vestigio alguno de demencia, en tanto que el otro atribuyó la privación del raciocinio a la embriaguez, los celos y la ira. El 20 de abril de 1819, el colegio médico dictaminó la existencia de una perturbación mental vinculada a una pasión violenta y a tendencias hereditarias. El médico de distrito, empero, no apreció síntoma incontrovertible de locura, y el facultativo que atendía a Holzinger reconoció no haber observado jamás anomalía alguna antes o después del crimen. Semejante divergencia obligó a la sala a sopesar el criterio pericial en lugar de acatarlo de manera automática.
Los jueces no se plegaron sin más a dicho parecer. Confrontaron las distintas versiones de Holzinger con los actos observados. Se había presentado desarmado en la estancia donde yacía Christiana; el cuchillo reposaba sobre la mesa. Schulz lo había presenciado acometerla inmediatamente después de una disputa, y Holzinger había clamado su confesión ante los testigos. La corte consideró asimismo los elementos que denotaban un designio irrevocable: la excitación de la víspera, el alcohol ingerido y la determinación de seguir a Christiana escaleras arriba. Mas juzgó que la publicidad del lance, la carencia de arma dispuesta con antelación y su desesperación ulterior tornaban más verosímil una agresión surgida al calor del instante. Lo declaró culpable de homicidio sin premeditación —manslaughter en la versión inglesa— y no de asesinato. El código preveía reclusión por tiempo indeterminado, pero autorizaba una atenuación cuando la víctima hubiera provocado el ataque mediante ofensas extraordinarias o cuando el acto se hubiese perpetrado en estado de embriaguez. El tribunal estimó concurrentes ambas circunstancias y señaló la pena de ocho años en una casa de corrección.
Holzinger recobró la libertad tras cumplir seis años, merced a un informe favorable del alcaide. Habiendo perdido la vista de un ojo, se había ocupado en labores livianas en la fortaleza. El cautiverio no solo lo había arruinado en sus caudales; la crónica lo describe de regreso en Ansbach sin asomo aparente de pesadumbre. Se ganó el sustento conduciendo un coche de alquiler. Se encaprichó de Rosina, una joven de veinticinco años, y se aposentó en casa de la madre de esta para no apartarse de su vera. Careciendo Rosina de hacienda, Holzinger puso también la mira en Margaret Heimstadt, de treinta y nueve años, quien poseía seiscientos florines. Su propósito consistía en desposar a Margaret al tiempo que preservaba su comercio íntimo con Rosina.
Ambas mujeres desestimaron semejante componenda. Margaret le exigió cesar en el trato con Rosina; la madre de esta última le vedó el acceso a la doncella. Comparecieron las dos ante el magistrado: una para romper el compromiso y atajar las amonestaciones matrimoniales, la otra para cortar de raíz sus visitas. Holzinger prometió a Margaret renunciar a Rosina. La desavenencia quedó zanjada por mediación de amistades comunes, y las proclamas continuaron leyéndose. El magistrado le había impuesto, con todo, la prohibición terminante de comunicarse con Rosina. Holzinger quebrantó su palabra. Habiéndole vedado de nuevo la entrada la madre de Rosina, se presentó no obstante y espetó que poco le importaba el magistrado y que obtendría a Rosina a despecho de cuantos se opusieran.
El 18 de febrero, fecha de la tercera amonestación, Holzinger recabó de Rosina aquel postrer encuentro. La tía la acompañó. Al aproximarse a las lindes de la ciudad, Holzinger demandó apartarse a solas con la muchacha para entregarle su regalo. La tía rezagó el paso, pero los siguió en cuanto enfilaron hacia los campos. No tardó en escuchar una querella y, a renglón seguido, el clamor de Rosina: «¡Tía, que me va a disparar!». Vio a Holzinger apuntar y abrir fuego. Al romper ella en gritos, el agresor la encañonó y amenazó a su vez. Corrió la mujer en demanda de socorro. La justicia halló a Rosina sobre la nieve, junto a un cobertizo situado más allá de los arrabales. Cerca yacían los fragmentos de la pistola rota.
Holzinger se alejó de Ansbach y buscó cobijo en una hostería de Schalkhausen. Sentado en un rincón, demandó varias jarras de cerveza y solicitó lecho, pretextando rendición por el cansancio y que la crudeza del frío le impediría retornar a la ciudad. A la mañana siguiente, la hija del mesonero atisbó por el ojo de la cerradura y lo divisó junto a la ventana. A las once, el posadero penetró en la alcoba y descubrió que su huésped se había quitado la vida. El hostelero alertó a las autoridades; en Ansbach, la tía de Rosina ya había prestado su declaración judicial.
