El matrimonio Baudy aguardaba a Rosalie Dusser junto a las reses que de ordinario traía de vuelta del bosque de Chambasse. Dieron las ocho de la tarde sin que la muchacha regresara. En un principio, sus amos decidieron esperar aún un poco; después salieron en su busca. Las vacas retomaban solas el camino del establo. A poca distancia, Rosalie yacía entre la hierba. Ya era demasiado tarde para devolverle la vida. Esa misma noche, un vecino recordó haber oído dos disparos de escopeta; muy cerca del cuerpo, reconoció el arma destrozada de Antoine Gouy, primo de la joven.
Rosalie trabajaba al servicio de los esposos Baudy, propietarios de una aparcería en el municipio de Nozières, en el departamento de Ardèche. Antoine Gouy, primo hermano suyo, servía como criado en la misma casa. Aquel parentesco distaba de garantizar una convivencia pacífica. Gouy había hecho a Rosalie proposiciones que ella rechazó con firmeza; la joven se quejó entonces a sus amos por las libertades que él se tomaba y por las violencias que afirmaba padecer. El criado llegó incluso a amenazarla. Cierto día, según consta, le espetó: «¡Huyes de mí, pero tarde o temprano me las vas a pagar!». La crónica recoge esta frase al historiar los hechos que precedieron a la tragedia.
Rosalie advirtió al matrimonio Baudy de que abandonaría su servicio si Gouy permanecía bajo el mismo techo. Satisfechos con su labor, los amos no tardaron en despedir al primo, de cuyo proceder también estaban descontentos. Este buscó acomodo en otras casas, pero su reputación entorpeció sus gestiones. Volvió entonces a implorar que lo readmitieran. Movidos por la compasión, los Baudy acabaron por consentir, exigiéndole el juramento de no volver a importunar a Rosalie. El regreso del sirviente a la hacienda quedó así sujeto a una condición explícita, nacida de las quejas de su prima. Champagnac sitúa en este episodio el origen del encono de Gouy: no volvió a mirar a Rosalie con semblante sereno, sino con rencor y odio reconcentrado, a juicio del cronista. Nada en las fuentes describe el tenor de su trato cotidiano tras la readmisión; la crónica se ciñe ante todo a la promesa empeñada ante los Baudy y a los preparativos que sobrevinieron poco después.
Pocos días antes del 27 de julio de 1828, Gouy trató de procurarse pólvora y plomo para su arma de fuego. Pidió a Romain Betton dos balas de plomo, ofreciéndole a cambio una pizca de pólvora. Más adelante, solicitó dos onzas más de pólvora aduciendo que deseaba salir de caza. Afirmó disponer de una carga de siete dedos. Aquellas compras adquirieron un cariz muy distinto cuando, el domingo 27 de julio, Rosalie no regresó del bosque de Chambasse; sin embargo, en el instante en que tuvieron lugar, Gouy ofreció una justificación corriente: la de una jornada cinegética. Aquel mismo domingo, Betton se hallaba en su pajar cuando le preguntó a Gouy si había salido de batida y si se había cobrado alguna pieza. Gouy contestó que no había disparado: no había visto más que pajarillos, que no merecían el gasto de un tiro. Betton relató después que recordaba haber oído él mismo dos detonaciones desde su pajar, hacia las ocho o las ocho y media de la tarde.
Rosalie pastoreaba el ganado y acostumbraba conducirlo a la granja alrededor de las ocho. Aquella tarde, sus amos aguardaron más allá de la hora acostumbrada. Al ponerse en camino, hallaron primero a los animales que regresaban descarriados y sin guía, y poco después descubrieron el cuerpo de la muchacha. La crónica refiere que aún conservaba un resto de calor; los esposos Baudy intentaron socorrerla, pero sus esfuerzos resultaron vanos. De inmediato alertaron a cuantas personas encontraron a su paso.
Betton fue de los primeros en conocer la infausta noticia. Recordó que entre las ocho y las ocho y media había escuchado dos disparos hacia el paraje donde acababa de hallarse a Rosalie. Corrió hacia la espesura y reconoció, a pocos pasos del cadáver, la escopeta de Gouy, rota en varios pedazos. Las sospechas ya recaían con fuerza sobre el criado; el hallazgo del arma les confirió un fundamento material incontrovertible. Los magistrados y los facultativos certificaron que la doncella había perecido a consecuencia de dos disparos. Los signos de violencia apreciados en el cuerpo quedaron detallados en la crónica de época, mas no es preciso reproducir su crudeza para comprender el tenor de la acusación.
Gouy fue aprehendido de inmediato. Confesó sin dilación y ratificó durante el sumario lo declarado en un primer momento. Reconoció haberse internado en el bosque con aviesas intenciones y que llevaba varios días planeando herir a Rosalie con su escopeta para infundirle terror. La joven rompió a llorar al cruzarse en su camino, según refiere su propia declaración; él abrió fuego. La mujer no cayó al suelo. Echó a correr advirtiéndole de que le harían expiar la suerte que pretendía reservarle a ella. Gouy relató que en ese instante sopesó las consecuencias de una delación y decidió disparar por segunda vez. Confesó asimismo haberla golpeado con la culata del arma antes de abandonarla cerca del sitio donde yacía desplomada.
La declaración de Gouy enlazaba la violencia del 27 de julio con las negativas previas de Rosalie. Manifestó guardarle rencor por haber rechazado sus proposiciones y por acusarlo de buscar su descrédito, proceder que él mismo admitía haber desplegado ante otras mujeres. Tales fueron los móviles que él alegó durante la instrucción, y no una explicación que atenúe o justifique su crimen. Aunque la crónica recurre a la retórica pasional para ambientar la tragedia, la secuencia procesal revela con claridad a una joven que se había quejado y demandado amparo a sus patronos, frente a un hombre al que se permitió regresar bajo la promesa formal de cesar en su persecución.
En enero de 1829, Gouy compareció ante la Audiencia de lo Criminal de Ardèche. Al inicio de la vista pública, se mostró atemorizado y vacilante, paseando la mirada con desasosiego por la sala. Más adelante respondió con mayor aplomo, reconociendo cuanto habían depuesto los testigos y ratificando los términos del acta de acusación. Su letrado defensor no intentó rebatir los hechos; se encomendó a la prudencia y benevolencia de los jurados. Tras una breve deliberación, el jurado emitió veredicto de culpabilidad y el reo fue condenado a la última pena.
El tribunal dispuso que la ejecución capital tuviera lugar en el propio escenario del crimen, en el bosque donde Rosalie había exhalado el último suspiro. Gouy no mostró turbación visible al escuchar el fallo ni interpuso recurso de casación ante instancias superiores. La sentencia se ejecutó pocos días después. La crónica concluye con este ajusticiamiento, sin extenderse sobre el devenir ulterior de la familia Dusser o de los esposos Baudy tras el juicio. El paraje elegido para el cadalso devolvía el castigo al punto exacto donde la incriminación había cobrado cuerpo: entre las reses que regresaban solas a la granja y el arma rota abandonada junto a la doncella.
Los indicios reunidos aquella noche no participaban de la misma naturaleza: detonaciones lejanas percibidas por Betton, un arma deshecha hallada junto al cuerpo, las declaraciones iniciales de Gouy y sus confesiones plenas ante los jurados. La deposición de Betton situaba los disparos hacia las ocho o las ocho y media; los Baudy sabían que Rosalie se demoraba, aunque no hubiesen presenciado el ataque. En cuanto al encausado, admitió haber disparado tras salir al paso de su prima en la arboleda. Los testimonios y la confesión determinaron la condena; ninguna de estas circunstancias desvirtúa la verdad primordial: que la joven había rechazado sus pretensiones y que su muerte fue la consecuencia directa de la deliberada agresión del homicida.
