La señora Roddis previno a John St. John Long: la llaga de su joven paciente no dejaba de extenderse y la enferma era ya incapaz de retener alimento alguno. Long examinó los síntomas, declaró que la herida evolucionaba con favorable pronóstico y aseveró que con gusto pagaría cien guineas por producir semejante efecto en otro enfermo. Aquella certidumbre, enfrentada al desasosiego de la familia, abre la crónica de dos causas que pusieron en entredicho su ejercicio. La primera atañe a Catherine Cashin, fallecida tras el tratamiento; la segunda, a la señora Colin Campbell Lloyd, cuyo óbito dio pie a un nuevo proceso y a un fallo divergente.
Hacia agosto de 1830, la señora Cashin se hallaba en Londres en compañía de sus dos hijas, alojadas en casa de la señora Roddis, en Mornington Place. La familia buscaba remedio para la hija menor, de dieciséis años, aquejada de tisis según refieren los primeros compases del relato. Long, establecido en Harley Street, había cobrado notoriedad merced a un método consistente en provocar una úlcera exterior con supuración continuada, con la pretensión de «extraer» el mal fuera del cuerpo. Pelham puntualiza que carecía de la instrucción reglamentaria de un cirujano; trátase de un juicio retrospectivo del cronista y no de un informe facultativo pericial.
Long manifestó en primera instancia que nada podía hacer por la menor. No obstante, advirtió a la familia de que la primogénita bien pudiera hallarse igualmente amenazada y se ofreció a atajar el mal de manera preventiva. Pelham no menciona el nombre de esta hermana mayor al inicio; Sweetman la identificaría más tarde como Catherine. Hallándose, según la describe Pelham, en cabal estado de salud, fue sometida al tratamiento. Apareció en su espalda una llaga; el texto omite la naturaleza exacta de la maniobra con que Long la produjo. La herida fue ganando extensión, al tiempo que la paciente se mostraba incapaz de tolerar vianda o bebida alguna. La señora Roddis se dirigió a él por escrito y luego le mostró en persona los indicios que motivaban su zozobra. Long replicó que la úlcera seguía un curso excelente, restó importancia a los síntomas y prescribió vino de Oporto caliente contra las náuseas. El licor fue devuelto de inmediato. Cuando la familia le hizo ver el empeoramiento manifiesto, él rehusó mudar de proceder.
La señora Cashin terminó por requerir los servicios del cirujano Brodie. Este descubrió una profunda lesión en la espalda y juzgó que restaban escasas esperanzas. A la mañana siguiente sobrevino la muerte de la joven. El texto no pormenoriza el acto inicial ni aporta un historial clínico completo; Brodie, por su parte, testificó que la llaga había desatado los vómitos y provocado el deceso. Manifestó no comprender de qué suerte una herida semejante pudiese prevenir o sanar la tisis.
La pesquisa del *coroner* quedó abierta el sábado 21 de agosto de 1830. La señora Roddis relató las visitas de Long y la declinación de la enferma. Interrogada por la defensa acerca de unas ciruelas que Catherine habría ingerido en desmedida abundancia, negó tajantemente tal extremo. Añadió que la joven gozaba de perfecta salud apenas diez días antes de expirar. Brodie atribuyó el óbito a la llaga. La inspección del cadáver continuó tras requerir el jurado una autopsia más minuciosa; los facultativos consultados con posterioridad afirmaron que el cuerpo no presentaba afección alguna salvo la provocada por la herida.
Sweetman identificó formalmente a la extinta: declaró haber conocido a Catherine, de veinticuatro años, y a su hermana Ellen, de dieciséis, enferma de consunción. Conforme a su testimonio, la menor había acudido en demanda de alivio, mas Long declinó emprender su curación. Refirió asimismo que Long había augurado a Catherine que contraería la tisis de no mediar su intervención, y que la señorita Ellen Cashin había sido desahuciada del pecho por médicos dublineses. Sweetman describió un libro de registro que Long hacía firmar a quienes acudían a su consulta, exigiéndoles guardar riguroso secreto sobre su mixtura y las inhalaciones prescritas. Declaró que Long tarifaba una guinea por consulta y por doncella; precisó no haber abonado él suma alguna de su peculio.
La defensa de Long presentó a continuación diversos testimonios de pacientes que ensalzaban su método y aseguraban haber obtenido notable provecho. Sir Francis Burdett lo había probado en su propia mano; la señorita Matilda Christian y la señora Sharpe sostuvieron haber experimentado gran alivio tras la aparición de las llagas y el uso de las inhalaciones. Otros deponentes evocaron mejorías en casos de gota, dolores articulares o postración general. Tales declaraciones fueron admitidas entre las pruebas aportadas por el encausado.
Tras varias sesiones, el juez de instrucción resumió los términos del dilema: ¿poseía Long la pericia debida y había obrado con el cuidado exigible, o constituía su proceder una negligencia criminal? Los jurados se retiraron a deliberar a las cinco y regresaron a las ocho con un veredicto de homicidio imprudente (*manslaughter*) contra Long. Hallándose este ausente, se expidió orden de arresto. Se entregó voluntariamente a la justicia poco después y obtuvo la libertad bajo fianza.
La vista penal señalada para el 18 de septiembre en Old Bailey fue aplazada ante la incomparecencia de testigos esenciales para la acusación. El 30 de octubre, Long compareció de nuevo. Los hechos ya ventilados se expusieron ante el tribunal; el jurado ratificó por segunda vez un veredicto de homicidio culposo. Long fue conducido a la prisión de Newgate a la espera de sentencia. El lunes inmediato, el tribunal le impuso una multa de 250 libras a beneficio de la Corona. La suma fue satisfecha al instante, recobrando así la libertad. La declaración de culpabilidad en la causa de Cashin no se tradujo, por ende, en pena privativa de libertad dentro de la crónica de Pelham.
En el proceso independiente concerniente a la señora Colin Campbell Lloyd, esposa de un capitán de la Marina Real británica y de cuarenta y ocho años de edad, la instrucción forense dio comienzo el 10 de noviembre, dos días después de su fallecimiento. Había acudido a Long durante el otoño. El capitán Lloyd relató haber acompañado a su cónyuge el 5 de octubre para una primera entrevista. Regresó ella al día siguiente y se sometió a inhalaciones en las jornadas sucesivas; el día 9 le fueron aplicadas por vez primera fricciones en el pecho. El día 10, según refirió el esposo, se repitió la aplicación, sobrevino un dolor abrasador y se requirió la presencia de Long. Este quitó importancia al percance diciendo que se trataba de una nimiedad pasajera. Al día siguiente, la piel mostraba una intensa rojez, el centro del pecho presentaba un color negruzco y la señora Lloyd ya no podía alimentarse ni conciliar el sueño a causa del dolor.
La declaración del capitán detalló los remedios que afirmó haber presenciado: hojas de col dispuestas sobre la llaga, brote de flictenas y el empleo de un arco de mimbre ideado para evitar el roce de las sábanas con el cuerpo. Cuando Long regresó, la señora Lloyd protestó enérgicamente contra cualquier nueva fricción. El práctico aconsejó lienzos secos para enjugar el exudado, frotó la mancha oscura con una servilleta y convino al fin en que se emplease un apósito simple. El capitán Lloyd refirió estos trances con honda emoción ante la instrucción. Los cirujanos Vance y Campbell describieron una llaga extensa y necrosada; atribuyeron la muerte de la señora Lloyd, acaecida el 8 de noviembre, a la acción de una sustancia corrosiva aplicada sobre el pecho. La necropsia, según su informe, no reveló afección alguna en los pulmones ni en el corazón.
El *coroner* solicitó al jurado determinar si la señora Lloyd había perecido a causa de una ignorancia crasa o de una negligencia culpable de su terapeuta, o bien por causas naturales. Al día siguiente, el jurado concluyó con un veredicto de homicidio imprudente, aduciendo «ignorancia manifiesta y otras consideraciones». Aquel dictamen forense no equivalía a una condena en juicio penal ordinario. El 19 de febrero de 1831, Long compareció ante Old Bailey para responder de la muerte de la señora Lloyd.
El ministerio fiscal reiteró los testimonios del capitán y de los cirujanos. La defensa arguyó con insistencia que Long había sido apartado de la asistencia tras manifestarse la úlcera y sostuvo que los tratamientos posteriores de Campbell habían precipitado el funesto desenlace. El propio Long asumió la palabra: aseguró que habría devuelto la salud a la señora Lloyd de habérsele permitido tratarla unos días más, y achacó a los médicos rivales una bajeza motivada por los celos profesionales. El tribunal circunscribió las deposiciones de antiguos pacientes a la reputación general del encausado, impidiendo que desgranaran pormenores de otros casos individuales. El magistrado conminó a los jurados a dilucidar si Long había obrado con imprudencia temeraria o ignorancia culpable, y si abrigaban el pleno convencimiento de que la muerte derivaba de la herida infligida por su mano.
Retirados a deliberar en torno a las ocho y media, los miembros del jurado regresaron cerca de una hora después con un veredicto de no culpabilidad. En esta ocasión, Long resultó absuelto en la instancia penal, pese a la resolución preliminar adversa del jurado forense. Reanudó de inmediato su clientela. Una publicación difamatoria motivó más tarde una querella por libelo; el 14 de junio de 1831 obtuvo sentencia favorable e indemnización de cien libras por daños y perjuicios. Pelham concluye la semblanza evocando los orígenes de Long, nacido en Mallow en el seno de una familia de cesteros, luego dibujante y finalmente práctico médico en Londres antes de fallecer en 1834. Entre una causa y otra, había conocido dos fallos penales radicalmente opuestos: la condena pecuniaria por el caso de Catherine Cashin y la absolución formal por el de la señora Lloyd.
