La acusación de asesinato ritual esgrimida contra los judíos de Tisza-Eszlár no era más que una añeja calumnia antisemita, desprovista de fundamento alguno en la fe mosaica como en los hechos materiales del caso. Cobró, no obstante, el vigor de una certidumbre judicial tras la desaparición de Ester Solymosi, una doncella cristiana de catorce o quince años, en la primavera de 1882. En agosto de 1883, los encausados fueron absueltos. Entre una y otra fecha, una aldea ribereña se vio mudada en teatro de pesquisas, proceso y persecución.
Ester servía como doméstica en la casa de la señora Huri. El 1 de abril, su dueña la envió a comprar pintura a otro extremo del pueblo. Ciertos testigos la vieron en la tienda de Joseph Kohlmayer; su hermana se cruzó con ella en el camino de vuelta. Después, se desvaneció. Su madre salió en su busca, puso el hecho en conocimiento de las autoridades y aguardó. El acta del juicio consigna que vecinos judíos intentaron consolarla recordando que un infante desaparecido en una aldea cercana había regresado con bien. Nada, en aquel trance, permitía presumir la suerte que hubiese corrido Ester.
La incertidumbre quedó pronto sepultada bajo una fábula prefabricada: varios judíos habrían atraído a la joven al interior de la sinagoga para degollarla en un rito. El rumor corrió como reguero de pólvora por todo el país. La crónica de 1884 da cuenta de violencias perpetradas contra la comunidad hebrea, saqueos de moradas, criados cristianos que abandonaban el servicio de sus patronos judíos y tempestuosos debates parlamentarios. El 19 de mayo de 1882, el juez de instrucción Bary llegó a Tisza-Eszlár. Se sometió a estrecha vigilancia a los residentes judíos, seguidos de prontas detenciones. Una sospecha colectiva usurpó el lugar de las cuestiones cardinales que la pesquisa debía dilucidar: ¿dónde se hallaba Ester, yacía muerta y quién tenía noticia de ello?
La acusación descansó principalmente sobre los hombros de Moritz Scharf, el hijo adolescente del bedel de la sinagoga. En su primera comparecencia, el muchacho había manifestado no saber nada. El 21 de mayo, tras ser puesto bajo la custodia del escribano Peczely y del comisario Recsky, afirmó que Ester había entrado en su morada, que un pordiosero la había conducido a la sinagoga y que varios hombres la habían degollado allí mismo. Afirmó haber contemplado el degolladero a través del ojo de la cerradura. Aquella versión se fue transformando al compás de los interrogatorios: qué acusados se hallaban presentes, quién sujetó a la muchacha, qué vio con precisión Moritz y qué meras suposiciones abrigaba. Su relato devino el eje de la acusación, si bien no concurría prueba material alguna que vinculase crimen alguno con el recinto sagrado.
El modo en que se obtuvo semejante declaración constituyó una de las más enconadas controversias de la vista pública. Peczely declaró ante el tribunal haberle asegurado a Moritz que, si hablaba, podría «librar» a su padre del peso de la culpa. Recsky sostuvo que jamás nadie lo había amenazado, si bien admitió que se le advirtió de que sería conducido al presidio de Nyíregyháza de negarse a declarar. Una criada y un cochero al servicio de Recsky revelaron preguntas insistentes, tirones de orejas y bofetadas; extremos que Recsky negó categóricamente. El detective Barcza testificó que Moritz le había confesado en privado que nada había visto y que había incriminado a los demás acatando instrucciones; el celador Henter impugnó estas afirmaciones. Los testimonios se contradecían abiertamente, mas la total subordinación del muchacho respecto de las autoridades y la palmaria ausencia de un interrogatorio legal impedían tomar su narración primigenia por palabra libre y fidedigna.
En la audiencia, Moritz reiteró sus imputaciones cara a cara con los hombres a quienes incriminaba. Su padre, Joseph Scharf, prorrumpió en gritos tachándolas de falsas; otros reos lo increparon agriamente, viéndose el tribunal obligado a imponer orden. Los letrados de la defensa inquirieron si el mancebo había sido amenazado o adiestrado. Sus respuestas fluctuaban en pormenores de bulto, como la postura del hombre que supuestamente sujetaba a Ester. No acertó a justificar por qué había permanecido mirando por el ojo de la cerradura durante una escena que describía como dilatada, ni cómo había tolerado guardar silencio. Más adelante, el presidente de la sala dispuso que el tribunal no le recibiría juramento: su corta edad y su confeso encono hacia su progenitor y su comunidad infundían severas dudas sobre su credibilidad. Dicha resolución no esclarecía de suyo lo acaecido, mas desmoronaba la piedra angular de la acusación.
Un hallazgo en las aguas del Tisza pareció insuflar nuevos bríos al procedimiento. El 18 de junio fue rescatado el cadáver de una mujer, vestida con las ropas que portaba Ester el día de su desaparición y con un hatillo de pintura en una mano. Su madre reconoció las prendas, mas aseveró con vehemencia que los despojos no pertenecían a su hija. Los facultativos de la comarca dictaminaron que la finada era una mujer adulta, que tal vez superaba los veinte años, y no advirtieron huellas de violencia. En diciembre, la defensa recabó de la fiscalía licencia para exhumar el cadáver; el tribunal no intervino en la diligencia y la declaró después nula de pleno derecho por vicio de forma, desechando las pruebas que de ella dimanaban. Preciso es deslindar este primer peritaje, anulado por defecto procesal, de las declaraciones oídas durante la vista: tres catedráticos de Budapest censuraron la autopsia local por considerarla deficiente y juzgaron harto probable que el cuerpo fuese el de Ester, sin llegar a sentar dicha identidad de manera indiscutible. El fiscal se apoyó en este último dictamen para sostener que ningún asesinato se había cometido; el tribunal absolvió a los encausados sin determinar en definitiva la identidad del cadáver.
El ministerio público persiguió asimismo una presunta trama de «tráfico de cadáveres», concebida bajo la tesis de que los acusados habrían sustituido a Ester por otra finada con el propósito de burlar a la vindicta pública. Varios barqueros, entre ellos Jankel Smilovics y David Hershko, habían admitido inicialmente haber trasladado un cuerpo y haberlo vestido con las ropas de la desaparecida. Ante el estrado, se retractaron. Smilovics declaró haber urdido tales detalles impelido por las coacciones de la instrucción. Hershko afirmó que se le había golpeado, atado y obligado a beber agua a la fuerza antes de dictarle respuestas en una lengua que no comprendía. El testimonio del pandur Kasimir vino a corroborar parte de estos abusos: manifestó haber apaleado al barquero Mathej en la planta de los pies hasta arrancarle la palabra. Las autoridades desmintieron todo maltrato y las confesiones continuaron siendo inconciliables; el sumario no brindaba base bastante para transformar aquellas primeras declaraciones en verdades jurídicas inconcusas.
La defensa demostró asimismo hasta qué extremo la pesquisa de «pruebas» se hallaba viciada por el clamor popular. Delaciones anónimas aseguraban que yacían restos despedazados en una bodega, que un niño había sido emparedado en una sinagoga o que otras comunidades hebreas custodiaban cadáveres. Los pesquisidores siguieron en vano varias de estas pistas infundadas. Un libelo apócrifo que detallaba una receta ritual a base de sangre fue incorporado a los autos y acogido con seriedad por los magistrados. Entretanto, se detenía o vigilaba a los miembros de la grey judía por el mero hecho de no poder justificar una coartada incontestable. El letrado Eötvös alegó con elocuencia que la instrucción judicial había partido de una tesis preconcebida en lugar de examinar los hechos susceptibles de desbaratarla.
Las sesiones del juicio se prolongaron desde el 19 de junio hasta el 3 de agosto de 1883. Los testigos incurrían en contradicciones flagrantes acerca de los alaridos supuestamente escuchados junto a la sinagoga y los andares de Ester. Diversos testigos la habían visto en el comercio y de camino a su hogar; testimonio fidedigno alguno la situaba en el templo tras dichas compras. El cronista califica la inspección ocular del ojo de la cerradura de inconcluyente; semejante diligencia no bastaba para dar por bueno lo que Moritz afirmaba haber atisbado. El litigio no admitía resolverse mediante la simple elección entre las imputaciones de un menor y la negativa de unos adultos. Se imponía sopesar narraciones fluctuantes, confesiones arrancadas con violencia, una autopsia a todas luces deficiente y una acusación atizada por el odio confesional.
El fiscal del Estado, Szeiffert, acabó por solicitar de su propio puño la absolución de todos los procesados. Declaró solemnemente que la acusación de asesinato ritual carecía de fundamento real y que Ester era, con toda probabilidad, la mujer extraída de las aguas: de ser así, no había homicidio que juzgar. La acusación particular en nombre de la madre de Ester perseveró en sostener la calumnia y exigir una condena ejemplar; su alegato exhibió sin rebozo el antisemitismo que emponzoñaba la causa. El 3 de agosto, el tribunal sentenció la libre absolución de todos los acusados, fallo que las instancias superiores ratificaron puntualmente.
La sentencia absolutoria clausuró el sumario, mas no sofocó la cólera. Estallaron motines y asaltos contra la población judía en diversos condados y en las calles de Budapest, debiendo protegerse la vida de los recién absueltos. Moritz quedó restituido a la potestad de su familia, ignorando el cronista el destino final que le aguardaba. Sobre la suerte postrera de Ester, el juicio no ofreció una certidumbre absoluta. Mas dejó asentado lo que la animadversión se negaba a admitir: que un rumor antisemita no constituye prueba en derecho y que ninguna religión puede ser declarada convicta de un crimen forjado por la fantasía.
