En su recopilación de crónicas criminales publicada en 1825, George Borrow atribuye a Sawney Cunningham una serie de fechorías que este expediente no puede corroborar mediante fuentes judiciales independientes. En dicha crónica, el primer asesinato pormenorizado no es el que lo condujo al patíbulo: el procurador Hamilton habría sido ultimado en la alcoba de los Cunningham, después de que la esposa de Sawney lo atrajera a la vivienda. El marido aguardaba tras una puerta, dispuesto a abalanzarse. El cadáver pasó luego de mano en mano; seis ladrones resultaron acusados en su lugar y Cunningham dispuso de tiempo suficiente para abandonar Glasgow.
A juicio del cronista, su infancia no podía servirle de atenuante: sus padres le habían brindado una crianza esmerada y una posición acomodada. Contrajo matrimonio con la hija de un allegado de la familia, quien aportó una renta anual de ciento cuarenta libras. Sin embargo, Cunningham disipó la dote y sus propios haberes en las tabernas. Empeñó los bienes de su cónyuge y respondió a sus zozobras con ultrajes. Ambas familias sopesaron la disolución del enlace; la joven esposa rehusó marcharse. Este detalle, en el que insiste el antiguo relato moral, prefigura una lealtad que no tardaría en trocarse en trampa.
Un procurador de Glasgow, llamado Hamilton, la importunaba con sus requiebros. Una noche, la mujer puso el hecho en conocimiento de su esposo, manifestando su deseo de zafarse de aquel asedio. Borrow transforma este diálogo en una estampa de corrupción conyugal: Cunningham le aconsejó hacer creer a Hamilton que acabaría por ceder a cambio de dinero. El letrado, escribe el autor, prometió una bolsa de cien libras. El encuentro se concertó bajo el pórtico de un templo y se trasladó luego a la morada de los Cunningham. La esposa le hizo creer que su marido se había ausentado por ocho días; en realidad, permanecía oculto en el aposento.
Hamilton franqueó el umbral y entregó dos bolsas a la mujer. En ese instante, Cunningham surgió de su escondite y lo derribó de un golpe de garrote. Le despojó asimismo de sus vestiduras, cargó el cuerpo y lo trasladó por una puerta excusada hasta la vivienda del propio letrado. En la letrina de la casa, dispuso al difunto de tal suerte que pareciera haber sucumbido allí de muerte natural. Borrow retrata a la esposa sobrecogida por el proceder de su marido; nada en la escena sugiere que hubiese previsto el desenlace fatal.
Un allegado de Hamilton, que residía bajo su mismo techo, estaba al corriente de la cita. Desvelado a media noche por una perentoria necesidad corporal, descendió a la letrina y halló a Hamilton sentado. Aguardó un instante, creyendo que su amigo se encontraba allí por idéntico motivo. Mas al tocarlo y ver desplomarse el cuerpo, comprendió que yacía sin vida. Temiendo ser tenido por sospechoso, cargó con el cadáver hasta el zaguán de los Cunningham y huyó a la carrera. Al rayar el alba, la esposa abrió la puerta; el cuerpo cayó hacia el interior de la casa. Subió presurosa a prevenir a su marido, quien creyó en un primer momento que Hamilton había vuelto a la vida. Se vistió de nuevo, tomó el cadáver y buscó un paraje donde ocultarlo.
En la vía pública, Cunningham se cruzó con seis ladrones que acababan de sustraer dos grandes piezas de tocino. Aguardó a que ocultasen el saco en un sótano y a que despertasen luego al tabernero de un mesón célebre por su buen vino. Los truhanes carecían de numerario y ofrecieron el tocino para saldar el gasto. Uno de ellos regresó a buscar el fardo. La pesadumbre del bulto lo desconcertó: «¿acaso el tocino se había multiplicado?». Al desatarlo, el mesonero reconoció a Hamilton. Refiere Borrow que los seis ladrones fueron prendidos, juzgados y ajusticiados. El tabernero, al verlos intentar la fuga, dio la voz de alarma al grito de asesinato; la servidumbre saltó del lecho y los hombres de la ronda acudieron a la puerta para inquirir la causa del alboroto. Pasaron la noche bajo custodia antes de ser trasladados a la prisión principal y sometidos a juicio. Cunningham había trocado el cadáver por el botín, desviando de paso toda sospecha.
Cunningham no detuvo su carrera. El caudal obtenido de Hamilton se agotó; se echó al camino real y, según la narración de Borrow, dio muerte a cuantos osaron oponer resistencia a sus despojos. En Edimburgo trabó relación con una cuadrilla y asumió su mando. Se hacía pasar ante los caminantes por un viajero forastero, los convidaba a cenar, costeaba la cuenta y disponía luego el asalto de la comitiva en la ruta de regreso. Sus propios cómplices lo desvalijaban también a él, lo bastante para revestir la escena de verosimilitud; a la jornada siguiente, recobraba su parte y una porción del botín. El bienhechor y el salteador se fundían ante los ojos de sus huéspedes, convencidos de haber topado con un generoso desconocido.
Cierto día, tres vecinos se vieron forzados a ceder sus cabalgaduras y su dinero a Cunningham y a dos de sus secuaces. Declaró al que vestía con mayor primor que aquel caballo le pertenecía, que se lo habían hurtado, y que su espada sabría hacerle justicia si rehusaba restituirlo. Sus compinches increparon a los otros dos viajeros de idéntica traza. Los tres hombres terminaron por apearse y hacer entrega de sus caudales. Cunningham prosiguió sus correrías por las sendas, alternando la fingida hospitalidad con la amenaza desembozada; el dinero mal habido no representaba sino una tregua antes de acometer una nueva empresa.
Tras sus andanzas por Edimburgo, regresó a morar por algún tiempo junto a su esposa. Aparentaba una conducta enmendada, lo bastante persuasiva para disipar ciertos recelos. Ella, empero, no lograba dar crédito a semejante conversión: las rapiñas y las muertes de las que tenía noticia pesaban más que los juramentos del lecho conyugal. Sostiene Borrow que Cunningham fingía su regeneración para que los convecinos depusieran sus sospechas y él pudiera obrar con mayor holgura. Aquella calma no constituía un retorno a la vida común, sino un nuevo disfraz que la recobrada confianza del vecindario volvía provechoso.
Tiempo después, Cunningham mandó llamar a su anciana nodriza, quien le había vaticinado en su niñez que alcanzaría grandes riquezas. Creía que las ganancias obtenidas en Edimburgo colmaban aquel pronóstico y deseaba recompensarla. Disfrazado, la acompañó a casa de un astrólogo fingiendo que acudían a consultar la suerte para sí mismo. En una dilatada plática, bromeó sobre sus robos y crímenes, inquiriendo luego si los astros podían augurar su postrimería. El astrólogo lo reconoció y predijo que moriría ahorcado en el transcurso del mes, tras haber quitado la vida a su tío William Bean. La nodriza se arrojó a su cuello; Cunningham se mofó del vaticinio y lo desterró de su pensamiento.
Acudió, no obstante, a casa de Bean, quien lo recibió y le afeó largamente su conducta. El anciano estaba al corriente de los rumores sobre Hamilton y las fechorías; le recordó que su esposa le había guardado fidelidad y afirmó que de buen grado le habría legado su hacienda de haberse enmendado. Evocó asimismo la honra de la estirpe, preservada durante centurias, y la imputación de homicidio que pesaba sobre Sawney. Añade Borrow que, a falta de heredero varón, la propiedad debía recaer en Cunningham tras la muerte del tío: la expectativa de entrar en posesión del dominio brindaba al visitante un móvil inmediato. Pretende Borrow que Cunningham vertió algunas lágrimas, fingiendo conmovimiento. Mas en cuanto concluyó la exhortación, apuñaló a su tío, degolló a la criada que acudía al estrépito, saqueó la morada para alzarse con las alhajas y le prendió fuego. Una humareda insólita alarmó a los vecinos; se congregaron para sofocar el incendio, penetraron en la casa y descubrieron a los dos occisos.
Cunningham se había esfumado. De acuerdo con Borrow, unos ladrones encarcelados que conocían parte de sus fechorías lo delataron. Fue encerrado en la Tolbooth, condenado en virtud de los testimonios aducidos en su contra y ahorcado en Leith el 12 de abril de 1635. El narrador lo describe marchando al cadalso sin temor aparente, fiel hasta el postrer instante a la máscara de invulnerabilidad que se había forjado.
