El 28 de septiembre de 1749, el sargento Arthur Davies partió del acantonamiento de Dubrach hacia las colinas de Braemar. El sumario conserva dos versiones del encuentro previsto para la patrulla: cuatro soldados declararon que no se había reunido con ellos; un cabo refirió haberlo visto llegar solo tras la partida de estos. Davies no regresó a su alojamiento. Cinco años más tarde, dos lugareños fueron juzgados en Edimburgo por su presunto asesinato; los miembros del jurado los declararon no culpables por unanimidad.
La causa se conserva en la edición de 1831 en la que Walter Scott mandó imprimir las piezas del proceso de junio de 1754. Su introducción relata el caso como un asesinato y se detiene en la aparición que supuestamente reveló los nombres de los homicidas. Las declaraciones, en cambio, pertenecen a una vista judicial donde testigos y versiones fueron confrontados. Ambas voces no deben confundirse: el jurado no asumió la conclusión con la que Scott encabeza su narración.
Davies servía en el regimiento del general Guise, apostado en Dubrach junto a varios soldados. El proceso lo describe patrullando entre dicho destacamento y otra partida en Glenshee. La presencia militar respondía a la rebelión jacobita de 1745: algunos lugareños, según los testigos, no habían entregado todas sus armas y vestían aún el atuendo tradicional de las Highlands. Scott presenta la misión de Davies como odiosa para los habitantes; se trata de su interpretación retrospectiva. El juicio no acreditó amenaza precisa alguna contra el sargento.
Su esposa, Jean Ghent, llevaba diez meses viviendo con él. Relató que había salido temprano y transmitió después las palabras de los hombres que regresaron antes de las cuatro, así como las del cabo de Glenshee, el único que volvió a verlo tras la marcha de aquellos. Ella misma no volvió a verle. Ghent describió su capote azul, su chaleco a rayas, sus borceguíes y su sombrero galardonado de plata. Afirmó que llevaba consigo un reloj, una navaja, dos anillos y quince guineas y media; la víspera, ella le había ayudado a resguardar el reloj de la humedad.
Estos pormenores se convirtieron en un inventario judicial. Davies solía exhibir sus monedas de oro; él mismo había grabado sus iniciales en el sombrero. Los objetos y su valor sirvieron para interpretar cuanto se halló más adelante. Ghent creía que lo habían matado, pero no podía precisar por quién ni de qué modo. Añadió que jamás pasaba una noche lejos de su puesto, salvo en una ocasión para consultar al médico del regimiento.
Las pesquisas iniciales no arrojaron resultado alguno. Se barajó una deserción; más tarde, algunos sospecharon de otros soldados o de bandoleros. En el verano de 1750, Alexander Macpherson, pastor y sirviente, afirmó haber hallado en la turba huesos casi desprovistos de carne, tela azul, cabellos oscuros atados con una cinta y borceguíes con las ataduras seccionadas. No reconoció a Davies por el rostro: vinculó aquellos restos al sargento por las prendas y por los rumores sobre su desaparición.
El hallazgo no dio paso de inmediato a una investigación formal. Macpherson afirmó haber vacilado antes de revelar lo que había encontrado. John Growar le habría aconsejado callar; John Shaw de Daldownie le habría instado a sepultar los huesos en secreto, por temor a que el asunto perjudicara a una comarca ya sospechosa de simpatizar con los rebeldes. Donald Farquharson, llamado a continuación, habría participado en la ocultación de los restos en la turba. Los relatos de estos hombres no describen, por tanto, una exhumación pública seguida de un examen metódico. El proceso no aporta informe médico alguno ni identificación independiente de la osamenta.
Macpherson juró que una aparición, ataviada primero de azul y desnuda en una visita posterior, lo había guiado hasta los huesos y había señalado finalmente a Terig, apodado Clerk, y a Macdonald. Farquharson declaró haber dudado hasta que los despojos fueron hallados en el paraje indicado. Isobel M’Hardie declaró haber visto una figura desnuda entrar en su cabaña, sin identificarla con Davies ni referir acusación alguna. Scott ironiza sobre este testimonio y sugiere que Macpherson pudo haber tenido noticia del caso por vías ordinarias. Tal es la conjetura del editor, no una constatación del jurado.
En el juicio, el espectro no constituía más que una parte de los indicios presentados por la acusación. Una joven llamada Isobel Ego declaró haber encontrado un sombrero con galón de plata en la colina y habérselo entregado a su amo, Alexander Macdonald. Este confirmó que la muchacha había traído un sombrero; su esposa, sospechando que pudiera pertenecer a Davies, le pidió que lo ocultara bajo una piedra junto al arroyo. El sombrero mudó luego de manos, fue hallado por unos niños y entregado después a un cartero y al barrackmaster John Cook. Este último reconoció las letras D. A. en la copa; el acta de acusación consigna A. R. D., y Ghent recordaba A. D. Aquella cadena de transmisión dotaba al relato de un objeto material, pero cada eslabón dependía de lo que un testigo había visto o sabido de oídas; nadie había presenciado cómo el sombrero caía de la cabeza del sargento.
Los anillos dieron lugar a otra cadena, aún menos sólida. Varios vecinos recordaban haber visto una sortija amarilla, bastante maciza y labrada en relieve, en el dedo de Elizabeth Downie, que llegó a ser esposa de Clerk. Algunos sospechaban que guardaba semejanza con uno de los anillos de Davies; ninguno pudo acreditar por sí solo que fuese en verdad el del sargento. Peter Macnab declaró que Downie le había dicho haberlo comprado a un mercader llamado James Lauder. Por parte de la defensa, el capitán John Forbes dio cuenta de un interrogatorio preliminar: Downie le habría mostrado un anillo de oro recibido de su madre y afirmado haber entregado un anillo de cobre a Alexander McIntosh, alias Reoch, antes de su boda. Estos testimonios no ofrecen una procedencia unívoca: exponen dos versiones del objeto y las sospechas que concitó.
La acusación contaba con un testigo que afirmaba haber presenciado una agresión. Angus Cameron refirió que, a última hora de la tarde del 28 de septiembre, se encontraba con un compañero en una hondonada. A lo lejos divisó a un hombre de azul, al que tomó por un sargento o un oficial, y vio luego aproximarse a Terig y a otro individuo de menor estatura. Según Cameron, Terig golpeó al hombre, que gritó y se volvió; ambos atacantes dispararon casi al unísono y se acercaron al cuerpo. Cameron declaró haber guardado silencio durante nueve meses o un año. No pudo identificar al segundo hombre y no supo de la desaparición del sargento hasta seis meses después de la escena que describía.
El tiempo transcurrido y el reconocimiento visual resultaban determinantes. Cameron nombraba a Clerk, a quien ya conocía, pero describía al otro individuo únicamente por su corpulencia; las actas del juicio no muestran un reconocimiento análogo que acreditara que ese segundo hombre fuese Macdonald. Duncan Cameron y Donald Dow Cameron refirieron que Angus les había contado haber visto a Clerk y a un desconocido disparar contra un oficial. Ambos declararon asimismo haberle disuadido de hablar, pues una acusación podía concitar hostilidades sobre la región. Eran testimonios de conversaciones posteriores, distintos de la observación directa que Angus afirmaba haber efectuado. Los demás indicios situaban a los acusados en las inmediaciones, pero su fuerza probatoria dependía con frecuencia de recuerdos tardíos, de objetos que pasaban de mano en mano o de habladurías locales.
La presencia de ambos hombres en los alrededores no fue rebatida. John Grant declaró que habían pernoctado en su casa el 27 de septiembre y que a la mañana siguiente ambos portaban un fusil. Anunciaron una partida de caza de ciervos y la búsqueda de unos caballos; su hijo los vio tomar el camino de Gleney, que no era la ruta directa hacia la colina de Christie. Macdonald explicó que había disparado contra unas piezas de caza y rectificó después una declaración anterior relativa al lugar donde había pasado la noche. Los letrados defensores esgrimieron tales desplazamientos, las dilaciones del procedimiento y las mudanzas de hipótesis al cabo de los años. La acusación, por su parte, presentó esa presencia armada, las declaraciones de los testigos, el sombrero y los anillos como un haz de indicios convergentes.
El 10 de junio de 1754, los jueces resolvieron que el acta de acusación era apta para ser sometida a un jurado y autorizaron a los procesados a aportar las pruebas conducentes a su descargo. Las declaraciones testificales se practicaron en la sesión del día 11. Al día siguiente, oídas ambas partes, los quince miembros del jurado declararon a Terig y a Macdonald unánimemente no culpables. Los magistrados los absolvieron y los dispensaron de comparecer ante el tribunal. El veredicto no señaló a ningún otro homicida ni dio por probada una deserción; fijó el límite de lo que había podido demostrarse contra ellos.
Scott confiere al caso una impronta novelesca: un desaparecido, una aparición, unas sortijas y un testigo que asevera haber visto los golpes y los disparos. Sin embargo, las actas judiciales conservan las dudas: Cameron no identificó al segundo hombre; Macpherson ofreció versiones sucesivas; los indicios mudaron de manos; los restos no fueron identificados mediante examen forense alguno reseñado en los autos. El jurado absolvió a los acusados sin transformar las penumbras en certezas. Bajo la turba quedaban huesos y despojos; en el expediente, las certidumbres se disuelven al desandar la cadena de las voces.
