El 2 de noviembre de 1807, día de difuntos, Anna Eichstädter se presentó en el Thomashof, en la parroquia de Ober-Lauterbach. Acudía a exigir de Francis Salesius Riembauer el dinero y la protección que este le había prometido. Al anochecer, se había esfumado. Seis años después, una denuncia llevó a los investigadores a remover la tierra junto a una dependencia de la granja. Feuerbach, que consigna los interrogatorios y las actas del juicio, señala a Riembauer como autor del homicidio a partir de su propia confesión, las testificaciones y los indicios hallados en el lugar.
Riembauer era sacerdote. Sabía mostrarse austero y caritativo, y semejante reputación le había granjeado la confianza de las familias del campo. En el Thomashof residían la viuda Frauenknecht y sus hijas, Magdalena y Catherine. En diciembre de 1806, Riembauer les compró la heredad por cuatro mil florines. La escritura reconocía falsamente que la mitad del precio ya había sido satisfecha. Más adelante, el clérigo entregó a la familia una liquidación de costas que pretendía saldar la cantidad restante. La viuda y sus hijas continuaron, no obstante, viviendo en la casa, atrapadas en un negocio cuyos documentos no reflejaban la realidad de los hechos.
Magdalena se convirtió en amante de Riembauer. Él la envió a Múnich con el pretexto de aprender el oficio de cocina. En junio de 1807, la joven dio a luz un varón. Los desembolsos de su estancia —quinientos florines, según la cuenta rendida por el presbítero— se descontaron de la suma que aún adeudaba a la familia por la hacienda. Anna Eichstädter, antigua concubina de Riembauer, había tenido asimismo un hijo con él. Hasta entonces, él había atendido a sus necesidades, pero la relación se disolvía sin remedio y Anna le escribía apremiándole a cumplir sus compromisos.
Durante el estío, mientras Riembauer se hallaba en Múnich por diligencias administrativas, Anna acudió al Thomashof. Registró su alcoba en busca de numerario y partió sin haber conseguido lo demandado. Redactó entonces cartas apremiantes. Riembauer fue a visitarla a Ratisbona y le entregó algunas monedas. Conforme a las declaraciones que vertió más tarde, ella le requirió mayor socorro y la ruptura con Magdalena. Él se despidió. Ella, por su parte, carecía de recursos para subsistir y criar al hijo común.
El 1 de noviembre, Anna entró como criada al servicio de un nuevo amo. Dejó en fianza un collar de plata y otros efectos de valor, y tomó prestado un paraguas de algodón verde con las iniciales J. O. para ir a ver a unos parientes. Jamás regresó. Se echó de ver su falta, mas nadie acertaba con su paradero. Su nuevo señor, un cura rural cuya aldea solo se designa en la fuente por su inicial, sospechó que había ido en busca de Riembauer. Le escribió al punto: a falta de presentarse a cumplir su servicio, Anna bien podía al menos restituir el paraguas. El destinatario contestó no haber visto a la mujer ni al objeto. Esta negativa, humilde misiva entre eclesiásticos, cobraría un peso muy distinto cuando Catherine rompiera el silencio: la muchacha había vislumbrado el paraguas en el Thomashof. Con el tiempo, Riembauer reconocería haberlo conservado. Entretanto, los allegados de Anna la buscaron en vano, tanto en Ratisbona como en su pueblo natal. Se habló de un ahogamiento o del asalto de bandoleros. Ninguna conjetura devolvía a la muchacha.
Al día siguiente de su partida, Anna había comparecido en el Thomashof. Las actas sitúan allí su postrer jornada. Durante largo tiempo, Catherine Frauenknecht guardó silencio sobre lo presenciado. Terminó por declarar que su hermana Magdalena le había confiado que el sacerdote había empuñado una navaja de afeitar para degollar a Anna. Catherine aportó asimismo pormenores sobre el traslado del cadáver, la inhumación en un sótano bajo el entarimado de un cobertizo y los afanes desplegados para borrar las manchas de sangre. Había visto un zapato manchado y el paraguas verde. La declaración de Catherine circuló primero en el fuero reservado de los confesores y directores espirituales a quienes consultó; varios le aconsejaron sepultar el asunto en el olvido.
En 1813, presentó al fin su acusación ante la justicia. La desaparición de Anna dejaba de ser una ausencia enigmática para convertirse en causa de homicidio. Los jueces interrogaron a los moradores del Thomashof, inspeccionaron las dependencias y cavaron en el sitio señalado. A poca profundidad, desenterraron el esqueleto de una mujer y un zapato. El cráneo conservaba dos hileras de dientes blancos y regulares. La dentadura, las prendas y los antecedentes concordaban con la descripción de Anna Eichstädter. En la estancia, la pesquisa descubrió vestigios hemáticos y tablas cepilladas. Un carpintero de nombre Michael recordó haber prestado su garlopa a la familia.
Riembauer fue reducido a prisión. Al principio, lo negó todo. Intentó imputar el crimen a Magdalena y a la madre, afirmando que habían sido ellas quienes ultimaron a Anna y que él se había limitado a encubrir el hecho. Tal versión contradecía de plano el testimonio de Catherine y las evidencias materiales. Se sucedieron los interrogatorios: Feuerbach da cuenta de más de un centenar; el expediente abarcaba cuarenta y dos legajos. El eclesiástico proponía nuevas justificaciones, se desdecía de las precedentes, procuraba condicionar a los testigos y esgrimía sutilezas de casuista para excusar lo que rehusaba admitir.
La investigación se amplió a las muertes de Magdalena y de su madre, fallecidas ambas en junio de 1809 a resultas de unas fiebres que asolaron la comarca. Catherine sospechaba que Riembauer las había emponzoñado. La magistratura ordenó la exhumación de los restos, mas los peritos no hallaron rastro de veneno. Feuerbach recoge la inculpación sin considerarla demostrada. No debía confundirse con el asesinato de Anna, que Riembauer acabaría por confesar.
El 2 de noviembre de 1815, ocho años justos tras la desaparición, se exhibió ante el reo la calavera rescatada en el Thomashof. El clérigo perseveró en su negativa. Transcurrieron dos años más. En noviembre de 1817, presenció cómo conducían al patíbulo a un ajusticiado llamado Lammfromm, convicto confeso de un crimen. La serenidad de aquel reo lo turbó; le hicieron saber que gozaba de esa paz desde su confesión. Riembauer declaró haber quedado hondamente impresionado por aquel ejemplo. Comenzó entonces a declarar de nuevo: primero mediante una versión acomodaticia, luego, a lo largo de trece sesiones, reconociendo haber quitado él mismo la vida a Anna.
Adujo que temía que ella hiciera público el concubinato, manchando su crédito y arruinando sus aspiraciones de ascenso en la jerarquía eclesiástica. Insistió en haber obrado impulsado por un supuesto «recto fin», invocando los sofismas teológicos de Benedict Stattler relativos al sigilo y al decoro. Estos argumentos, consignados por Feuerbach, ilustran el modo en que Riembauer intentaba revestir de barniz doctrinal su conveniencia personal; nada de ello atenúa, con todo, la verdad de su confesión ni la prueba material de la ocultación del cadáver.
La causa se falló el 1 de agosto de 1818. Riembauer fue declarado culpable, mas se le conmutó la pena capital por la reclusión perpetua en fortaleza. Cinco años de pesquisas mediaron entre las primeras excavaciones y el pronunciamiento del tribunal. La sala alegó dos fundamentos para descartar el cadalso: el esqueleto no exhibía fracturas violentas que bastaran, por sí solas, para acreditar la muerte violenta; asimismo, el reo no gozaba de fama anterior de criminal empedernido. Feuerbach impugnó tales consideraciones, teniendo los testimonios y la confesión por méritos bastantes para el último suplicio. La controversia se reducía ya a la cuantía del castigo. En los autos, el paraguas había seguido un derrotero más nítido: prestado a Anna, reclamado por su dueño, negado por Riembauer y al cabo inventariado entre los efectos que había hecho suyos. Su carta de falsedad quedaba archivada a sus espaldas. Le aguardaba la fortaleza.
