El 15 de julio de 1876, según el relato de la acusación publicado casi un año después, Henri de Tourville llegó a Spondinie con su esposa. A la mañana siguiente, partieron juntos en coche para realizar una excursión. En cierto punto, descendieron y despidieron al cochero, manifestando que continuarían a pie. Hacia el final de la jornada, Tourville regresó solo. Refirió que su mujer había resbalado y se había despeñado. Los hombres enviados hacia el paraje que él señaló hallaron un sombrero, una sombrilla rota, un pañuelo cubierto de sangre y un rastro rojo sobre el suelo. El cuerpo yacía en el fondo de un precipicio, junto a un pequeño torrente.
En junio de 1877, la Gazette des Tribunaux abrió su crónica del proceso con la hipótesis de la acusación: Tourville había arrojado a su esposa desde lo alto de una montaña del Tirol. El veredicto, consignado el 4 de julio, declararía probado que había cometido un asesinato el 16 de julio de 1876. Entre estas dos fechas, la audiencia de lo criminal de Botzen escuchó a los testigos, examinó los informes médicos, vio la fotografía del cadáver y resolvió constituirse en el lugar de los hechos.
El primer artículo nombraba al acusado como Henri de Tourville. Refería que la acusación lo tenía por nacido en Valenciennes bajo el nombre de Henry Perreau y naturalizado en Inglaterra bajo su nombre supuesto. El mismo despacho presentaba a su segunda esposa como una viuda, la señora Peke, de cuarenta y siete años de edad, mientras que él contaría treinta y siete. Le atribuía una fortuna de setenta mil libras y un testamento que legaba treinta y siete mil libras a su marido. El veredicto, por su parte, llamaba a la víctima Madeleine Miller y la designaba como la esposa de Tourville. Las cuatro crónicas no vinculan explícitamente estos dos nombres; dicha discrepancia permanece en el expediente.
El primer despacho refiere que los médicos encargados del examen pericial consideraban a la víctima casi muerta antes de alcanzar el fondo. Advirtieron asimismo manchas de sangre en el pantalón del encausado.
Detenido, Tourville explicó en primer término que su esposa padecía de vértigos y calzaba botines de tacón muy alto. En otro interrogatorio, dio a entender que ella habría podido suicidarse. La Gazette resume estas respuestas sin reproducir los interrogatorios en su integridad.
En el despacho publicado el 21 de junio, la Gazette informaba de que el tribunal y el jurado habían oído a varios testigos y acordado inspeccionar los parajes. El boletín siguiente, fechado en Botzen el 23 de junio, se detenía en algunas deposiciones. La señora Scott, amiga de la finada y presente en su boda, afirmó haberla conocido dichosa en los comienzos de su unión. Relató que la señora de Tourville había otorgado un testamento que no deseaba divulgar, y que se disgustó vivamente cuando su esposo la apremió para conocer su contenido. La señora Scott había oído decir asimismo que la difunta había hablado de quitarse la vida si su marido la abandonaba. A la fortuna del testamento se añadía así una palabra referida sobre la separación.
Johann Zoller, que había transmitido a Tourville la noticia de la muerte de su esposa, afirmó que el acusado le había ofrecido primero cien, y luego doscientos florines si lograba recuperar el cuerpo. Zoller había respondido que tal cosa resultaba imposible. No recordaba que ningún hombre de la partida enviada hacia el cadáver hubiera encontrado un pendiente. Kircher, propietario de un hotel en Trafoi, declaró que Tourville había regresado sin su mujer y que, ante sus preguntas, se había limitado a contestar que ella se sentía indispuesta; nada le dijo entonces acerca de la caída.
El pastor Antoine Gutsell se encontraba en la montaña con su rebaño. Desde su posición, alcanzaba a divisar el paraje donde la mujer se había despeñado. Nada anormal observó, no escuchó grito alguno y vio a la pareja caminar junta por un sendero; no volvió a verlos en el curso de la jornada. La esposa del dueño del hotel relató que los cónyuges le habían parecido en buena armonía al partir. Al anochecer, Tourville regresó solo. A su pregunta, él contestó, según ella: «¡Mi mujer es tan caprichosa! Quiso pasear; fuimos demasiado lejos; el pie le resbaló y se cayó». Hizo aparejar un carruaje para ir en busca de su esposa y luego alcanzó a los dos hombres que ya habían partido. Al regreso de estos, se manifestaron las sospechas y Tourville fue detenido.
En la vista, la fotografía del cadáver pasó ante los ojos de los magistrados y los jurados; la Gazette señala que causó una viva impresión. El periódico describió al acusado como sereno y de sangre fría al interrogar a los testigos. No obstante, lo que se perfilaba en la crónica dependía menos de un retrato que de las divergencias entre los relatos: la explicación de la caída referida por la hotelera, la ausencia de gritos atestiguada por Gutsell, el silencio inicial sobre el despeñamiento relatado por Kircher y el ofrecimiento de dinero descrito por Zoller.
El boletín del 28 de junio añadió la declaración del gendarme que había practicado la detención de Tourville. Este manifestó que Tourville había dicho de su esposa que «no era en absoluto una mujer decente» y que estaría involucrada en un pleito de divorcio. Vio asimismo manchas de sangre en el pantalón. La Gazette resumió seguidamente los informes médicos: el cuerpo habría sido arrastrado primero por el suelo y luego precipitado al abismo. Los médicos estimaban que la víctima no había muerto por suicidio y que había sucumbido antes de alcanzar el punto donde fue hallada.
Los primeros facultativos llamados al lugar habían sostenido, sin embargo, que no podían inclinarse entre el homicidio y el suicidio. La crónica precisa que en lo sucesivo se sumaban al criterio de los peritos. Las magulladuras y contusiones apreciadas en las manos de la finada les inducían a pensar que una lucha violenta había precedido a la caída. La diferencia entre las primeras comprobaciones y los dictámenes ulteriores no se desvaneció: fue expuesta ante el jurado, junto con las heridas y las demás circunstancias descritas en el despacho.
Otro testimonio siguió un cauce singular. El señor de Quillinan, secretario de la legación de Portugal en Londres, aceptó declarar, mas rechazó someterse al interrogatorio ordinario, invocando su condición diplomática. El tribunal resolvió que prestaría su declaración en la sala de deliberaciones, en presencia de dos testigos, antes de que fuese hecha pública. El boletín del 4 de julio consigna que el presidente dio lectura a la misma en alemán. Quillinan había conocido a Tourville en América y lo consideraba un hombre incapaz del crimen que se le imputaba.
El juicio prosiguió los días 1 y 2 de julio. Los facultativos fueron finalmente oídos ante el jurado. Dos de ellos, cuyas declaraciones iniciales habían resultado favorables al encausado al principio de la instrucción, opinaban ya que la víctima había sido asesinada. Otros dos, designados como peritos, llegaban a idéntica conclusión. Tras sus deposiciones, el ministerio fiscal tomó la palabra, seguido por la defensa, encomendada al doctor Markbreiter, de Viena.
El jurado se retiró y regresó con su veredicto. La Gazette informó de que Tourville era declarado culpable de haber asesinado, el 16 de julio de 1876, a Madeleine Miller, su esposa; el delito se hallaba tipificado en el artículo 136 del Código Penal. Once jurados contra uno lo declararon culpable y lo condenaron a muerte. Los despachos reunidos aquí concluyen en esta sentencia; no documentan su ejecución ni una eventual conmutación.
Gutsell divisó a los esposos caminando juntos por el sendero y luego no volvió a verlos. En el lugar señalado por Tourville, se hallaron el sombrero, la sombrilla rota y el pañuelo manchado de sangre; los jurados vieron después la fotografía del cuerpo antes de pronunciar su veredicto.
