El domingo 10 de enero de 1875, Joseph Joyau entró en la vivienda de su tío Pierre Collé, en el paraje de Grand-Deau, dentro del término municipal de Dolus. La casa se alzaba solitaria. El anciano, un labrador de sesenta años, yacía sin vida sobre el suelo. La Gazette refiere que había recibido golpes en la cabeza y en el rostro, y que la sangre había manado con abundancia. Los facultativos y la autopsia situaron la muerte en la tarde-noche precedente, el sábado 9 de enero, poco después de la cena.
La crónica periodística reconstruye una sucesión de impactos a partir del examen de las heridas: primero en la cara, con un instrumento asimilable a un martillo de punta roma; luego en la coronilla; y finalmente en la parte posterior de la cabeza, cuando Collé ya se había desplomado. El periódico aventura asimismo una hora probable al cotejar los alimentos no digeridos hallados en el estómago con la costumbre del difunto de acostarse temprano. La cama no estaba deshecha. Tales son las conclusiones recogidas por la Gazette, y no un dictamen pericial conservado aquí de forma independiente.
Las sospechas recayeron sobre Charles Normandin, cuñado de Collé. Contaba cincuenta y dos años, cultivaba tierras en Les Chasseries y estaba casado con la hermana de la víctima. El juez de instrucción ordenó su arresto el 20 de enero. El diario lo describe como hombre laborioso y de desahogada posición, pero empeñado por la compra de varias parcelas; adeudaba, según el relato procesal, unos doce mil francos. Al parecer, ya había solicitado el auxilio económico de Collé en repetidas ocasiones.
Pocos días antes del crimen, Normandin le pidió mil francos. Collé se los denegó. La Gazette refiere que sobrevino entonces un altercado, salpicado de palabras hirientes. Collé habría confiado luego a su sobrina, la joven Joyau, que no volvería a poner los pies en casa de su cuñado. El periódico atribuye a Normandin un rencor enconado y sugiere a renglón seguido otro móvil plausible: corría la voz de que Collé pensaba contraer matrimonio. El anciano ya había repartido sus bienes entre sus dos hermanas; de casarse, habría podido revocar el usufructo. La crónica no consigna confesión alguna de Normandin a este respecto. Yuxtapone la deuda, la disputa y las habladurías para fundamentar la sospecha.
El sábado del homicidio, Normandin pasó la jornada en una obra que mandaba erigir no lejos de la casa de Collé. Los peones abandonaron el tajo hacia las cinco y media de la tarde. El diario puntualiza que el sol se había puesto a las cuatro y veintiún minutos y subraya que Normandin no partió con ellos. Según la reseña, no regresó a su morada hasta bien entrada la noche.
Una primera testigo, la señora Henry, afirmó haber visto el caballo de Normandin atado en un alfalfar cercano a la obra, mucho después de que marcharan los operarios. Entre las seis y las seis y media, Pierre Chailloleau se cruzó con él a pie, sin montura. Llevaba en el brazo una tina o cuévano de madera, blanco por dentro, de cuyo fondo asomaba el mango de una herramienta. Caminaba en dirección a Dolus, esto es, hacia la vivienda de su cuñado.
Normandin sostuvo que había partido casi al tiempo que los obreros y que había tomado la senda directa hacia su casa. Negó en un principio haberse cruzado con Chailloleau; más tarde respondió que, de haberse producido el encuentro, no lo recordaba, y que tal vez hubiera llevado ciertos enseres a casa del matrimonio Pigeat. Los esposos Pigeat declararon no haberlo visto. Chailloleau, en cambio, aseguraba recordar con nitidez las palabras cruzadas. La Gazette presenta estos testimonios como desmentidos categóricos, sin reproducir los interrogatorios en su integridad.
La tina reconducía las pesquisas a la obra. Un recipiente que había contenido cal, con virutas de madera blanca en el fondo, había sido incautado en el escenario del crimen. El joven Joyau lo reconoció como propiedad de su tío; un peón recordaba haber visto una vasija idéntica en una dependencia de la construcción. El periódico plantea que Normandin pudo haberla tomado de casa de Collé, mediara o no su consentimiento, y que la restituía cuando Chailloleau lo divisó. Imagina entonces una nueva reyerta y un arrebato de cólera homicida. Ni la señora Henry ni Chailloleau aseguran haber visto entrar a Normandin en la morada de Collé; la crónica no da cuenta de testigo presencial alguno de los hechos. Esta concatenación de indicios responde exclusivamente a la tesis acusatoria sostenida por la Gazette.
La premeditación resulta, aun en las páginas del rotativo, mucho más dudosa. El mango entrevisto en el cuévano permitía presumir, a juicio del diario, que Normandin se había provisto de un arma; no obstante, añade, la instrucción no había recabado precisiones terminantes al respecto. Advierte asimismo que la duda debía favorecer al reo. La herramienta no figura formalmente identificada como el arma homicida en el pasaje conservado.
La falta de ciertas prendas constituía otro capítulo del sumario. Normandin poseía, al parecer, tres blusas de faena: una casi nueva, reservada para los domingos; otra con el codo raído, que vestía en el trabajo diario; y una tercera, muy desgastada, para las labores de cuadra. Solo dos fueron exhibidas ante los magistrados. La Gazette asevera que la blusa de uso cotidiano —la que presumiblemente llevaba el día del crimen— faltaba, al igual que el pantalón de las jornadas precedentes. La crónica erige esta ausencia en indicio de culpabilidad y conjetura que las ropas bien pudieron quedar manchadas. No consta, sin embargo, que análisis alguno demostrara la presencia de sangre en los atuendos desaparecidos.
Al día siguiente de la muerte de Collé, varios testigos repararon en una leve mancha tras la nuca, sobre el cuello de la camisa blanca de Normandin. Este regresaba de Le Château, adonde había acudido a afeitarse; su camisa parecía recién mudada. La Gazette especifica que la mácula no parecía deberse a una salpicadura, sino más bien al roce con un objeto ensangrentado. Semejante apreciación impide asimilarla a un vestigio cuyo origen hubiese quedado acreditado científicamente.
Algunos declarantes lo oyeron atribuir la muerte de Collé a un «golpe de sangre», sobrevenido tras el cansancio de haber picado piedra la víspera. Más tarde, cuando las personas encargadas de trasladar el cadáver hablaron de heridas en la cabeza, Normandin habría apostillado que «no debía de tenerlas en otra parte». El artículo recalca que pronunció tales palabras antes de que mediara el reconocimiento médico. No obstante, no presenta la frase como una confesión formal, sino como una prueba de cargo acomodada a la lógica del redactor.
La reseña salta luego de las diligencias previas a la vista oral sin pormenorizar cada deposición. El auto de acusación imputaba a Normandin haber causado voluntariamente la muerte de Collé el 9 de enero en Dolus. La primera jornada se consagró a su lectura y al interrogatorio del acusado. El viernes desfilaron los testigos; los informes definitivos se pronunciaron el sábado. El fiscal Denis sostuvo la acusación pública y el letrado Laverny asumió la defensa. El texto condensa aquellas tres jornadas en unas pocas líneas: no resume las declaraciones del viernes, ni los argumentos del defensor, ni los fundamentos que guiaron al jurado.
Tras una prolongada deliberación, el jurado declaró a Normandin culpable, concediéndole el beneficio de las circunstancias atenuantes. La Audiencia lo condenó a quince años de trabajos forzados; la crónica no especifica la naturaleza de tales atenuantes. El veredicto zanja la causa penal, pero no eleva cada hipótesis del periódico —la tina, las ropas ausentes, la mancha del cuello, las deudas o el proyecto de boda— a la categoría de hecho probado de forma autónoma. Tales elementos articulan la progresión del relato periodístico, desde el hallazgo del cadáver hasta la sentencia, mas su verdadero peso probatorio no queda desglosado en el texto conservado.
