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Justicia y escándalos · Alemania

El sombrero del bosque de Haina

En la primavera de 1815, el comerciante de lienzos Hau fue hallado muerto en un bosque de Haina, en Hesse-Cassel. Un sombrero ensangrentado condujo hasta Jakob Gräbe; sometido a malos tratos bajo custodia, acabó confesando y señalando a cuatro cómplices. El reconocimiento de un reloj en una posada guio después las pesquisas hacia Jakob Roßbach y Georg Müller. La crónica de 1861 relata la ejecución de Roßbach, la fuga de Müller y las muy desiguales reparaciones concedidas a los cinco hombres encarcelados por error.

Tres tratantes de aves partían de Spangenberg rumbo al mercado de Cassel cuando advirtieron, en el bosque de Haina, matorrales aplastados y rastros de sangre. A escasos pasos del sendero yacía un hombre cuyo rostro había sido destrozado casi por completo. Dos garrotes pesados y grandes piedras, igualmente manchados, se hallaban junto al cadáver. La relación del Pitaval evoca un combate que debió de ser largo y violento. Sin embargo, en los bolsillos del difunto se encontrarían más de dos mil florines. El dinero seguía allí; su nombre, en cambio, faltaba.

Los tres viajeros desanduvieron el camino y despertaron al oficial judicial Koch. Este envió aviso al municipio de Haina y acudió después al bosque con un actuario, un médico y un cirujano. El examen forense confirmó las heridas apreciadas a primera vista: la muerte había sobrevenido a causa de graves golpes en la cabeza, el pecho, los hombros y el vientre. El finado parecía ser un joven comerciante forastero, pero nadie reconoció sus facciones. Ninguna prenda desgarrada ni cabello ajeno ofreció de inmediato sospechoso alguno, y las primeras indagaciones no arrojaron indicio de provecho.

La hipótesis del robo se impuso a pesar del dinero conservado sobre el cuerpo. Las pesquisas prosiguieron durante tres días sin fruto. Fue entonces cuando un sombrerero de Melsungen reparó en manchas de sangre dentro del sombrero que acababa de entregarle Jakob Gräbe, un vecino humilde de Haina de unos cincuenta años de edad. Gräbe declaró haberlo encontrado en el bosque y habérselo quedado. Nada permitía todavía asegurar que la prenda perteneciera a la víctima; con todo, la falta de tocado en el cadáver bastó para convertir aquel objeto en un indicio capital.

La sospecha se fijó con rapidez. Gräbe gozaba de mala fama y escasos recursos; sometido a interrogatorio, incurrió en contradicciones sobre el origen del sombrero. Protestó que jamás había visto al comerciante. El cronista asevera que Koch, descrito no obstante como hombre instruido y humano, delegaba en demasía en los subalternos y vigilaba mal a los detenidos. El carcelero, un alguacil y dos guardas locales compartían ya la certeza de que Gräbe era culpable. A sus ojos, las negativas del reo solo demostraban su obstinación.

La crónica retrospectiva refiere que dichos subalternos lo golpearon y lo privaron en ocasiones de sustento, calefacción o luz. Procedieron, según se puntualiza, sin orden alguna de Koch. Un guardia, llamado Hoffmann, fue aún más lejos: tras conminar al recluso con el tormento, habría fingido la aparición del diablo durante la noche. Golpes, hambre, frío y pavor acabaron por arrancar lo que la investigación formal no había establecido. Tras un dilatado encierro, Gräbe solicitó audiencia y reconoció el homicidio.

Su confesión no se detuvo ahí. Señaló a cuatro cómplices: dos ciudadanos de Melsungen apellidados Kothe, el guardabosques Fehr y el antiguo húsar Kratzenberg. Al ignorar Gräbe los nombres de pila de los dos Kothe, la autoridad hizo comparecer a los doce vecinos de Melsungen que ostentaban dicho apellido. Gräbe designó al quinto y al sexto de la fila. El cronista los presenta como madereros acomodados y respetables. Sus protestas no impidieron el arresto. Los cuatro hombres fueron encadenados junto a Gräbe y recluidos como autores de un asesinato con alevosía y lucro.

La noticia conmocionó a Melsungen. La hermana mayor de Johannes Kothe, soltera y resuelta, viajó a Cassel con el propósito de solicitar su excarcelación bajo fianza. En la posada donde tomó aposento relató su viaje y el lance a la hermana del mesonero. Esta recordó de pronto un suceso acontecido meses atrás, que no había acertado a vincular con el cuerpo hallado en la espesura.

El 2 de mayo, al despuntar el alba, un joven comerciante de lienzos había entrado en la posada Heerwagen. Venía de Hamburgo, donde había cobrado el fruto de sus ventas, y cargaba una pesada saca de viaje. Solicitó que le proporcionasen un mozo de cuerda fiable para alcanzar Haina. Dos jóvenes forasteros se ofrecieron pronto para acompañarle. Aseguraron que conocían la ruta y que se turnarían en llevar el bulto; el viajero despidió entonces al mensajero al que ya se había mandado llamar. Según el recuerdo consignado en el Pitaval, los sujetos comieron y bebieron con él, inquiriéndole acerca de sus negocios. Él les reveló que se llamaba Hau, que regresaba junto a su joven esposa y que el año le había sido propicio.

La hermana del posadero rememoraba asimismo un reloj de oro, depositado sobre la mesa de la habitación del piso superior adonde se había subido agua para Hau. El viajero le había explicado que lo compró para su cónyuge. Cierto parroquiano había juzgado inquietantes a ambos compañeros y comentado que jamás cruzaría con ellos un bosque al caer la noche. Mas en aquella sazón nadie había dado parte de delito alguno. Tras descubrirse el cadáver, el ama de la casa había pensado en Hau, sin que la memoria fuese tan precisa como para trasladarla a la justicia.

La hermana de Kothe indagó en qué lugar habían abonado su consumo los dos desconocidos. La respuesta la condujo a la posada Ziller, en el barrio de la Unterneustadt. El registro de forasteros y los recuerdos del servicio permitieron dar con dos viajeros: Jakob Roßbach, natural de Sterbfritz, y Georg Müller, de Schwarzenfeld. La mujer hizo llegar tales nombres al juez del crimen Hausmann, en Cassel, quien recabó informes ante las autoridades de Schwarzenfeld. Las primeras respuestas describieron a los dos individuos como comerciantes en quiebra e hicieron constar sus recientes dispendios, sin acreditar aún la autoría de la muerte.

La pista cobró solidez cuando uno de ellos regresó a Cassel. La hermana del mesonero reconoció el reloj de Hau, el mismo que había visto sobre la mesa del cuarto superior. Avisó a su hermano y este alertó al magistrado. El sospechoso fue detenido; se trataba de Georg Müller. Poco después se aprehendió a Jakob Roßbach. Sometido a interrogatorio tras carearse con los testigos y las piezas de convicción, acabó por confesar. El relato expone que ambos hombres, arruinados en el comercio y con cargas familiares, habían proyectado alistarse como voluntarios ante la reanudación de la contienda contra Francia. El encuentro con Hau les brindó, en su designio, la oportunidad de hacerse con los fondos precisos.

El Pitaval narra que, tras caminar en su compañía, ambos hombres lo asaltaron en la espesura. Müller descargó el primer golpe con un garrote; Roßbach se abalanzó sobre el mercader. El texto atribuye luego a Roßbach la orden de seguir golpeando y consigna que Müller terminó por replicar que Hau ya no respiraba. Esta escena procede de la narración retrospectiva y de la confesión comunicada, no de un acta procesal consultada de primera mano. Los homicidas se apoderaron de la saca y del reloj; con la prisa, no registraron los bolsillos, donde la crónica sitúa más de 2090 florines de oro y moneda de plata hamburguesa. Se desprendieron de sus ropas manchadas, tomaron las de Hau y regresaron a la comarca por etapas diversas. El reloj, más que el dinero, terminó por perderlos.

La justicia, con todo, no retuvo juntos a ambos hombres hasta la conclusión de la causa. Durante el traslado a Haina para la inspección ocular del paraje, Müller se fugó; el cronista reprocha a los custodios, miembros de la milicia territorial, su negligencia. El fugitivo se esfumó pese a las batidas y jamás volvió a ser hallado. La viuda de Hau, domiciliada en Baviera, fue convocada a declarar. Reconoció los vestidos y enseres de su esposo; otros indicios terminaron por certificar la identidad del comerciante. Únicamente Roßbach compareció en el curso de la instrucción especial. El tribunal lo condenó a muerte, la más alta instancia ratificó el fallo y fue decapitado por la espada en Cassel en 1816.

La confesión de Gräbe, por su parte, no había cerrado el caso: había arrastrado a presidio a cuatro inocentes. El cronista atribuye aquella primera inculpación a la debilidad de juicio del recluso y a los rigores padecidos; al no obrar aquí autos originales, esta explicación subsiste como la propia del Pitaval, del mismo modo que sus pormenores sobre el suplicio nocturno. Se calcula que el encierro de los cinco hombres se prolongó alrededor de un año, si bien se reconoce ignorar la fecha exacta. Su puesta en libertad se da por supuesta en las páginas postreras, huérfana de menciones cronológicas precisas.

La reparación no resultó uniforme ni cumplida. A Gräbe las autoridades le otorgaron una exención perpetua de tributos, extendida a su modesta finca. La comuna de Haina hubo de satisfacer con posterioridad dicha contribución en lugar del beneficiario: la gracia concedida al preso recayó así sobre convecinos libres de toda culpa. Johannes Kothe, cuyos negocios habían quebrado a consecuencia del arresto, obtuvo dos mil táleros del Erario tras no pocas gestiones. Werner Kothe, Fehr y Kratzenberg reclamaron asimismo compensación; la memoria de los hechos apunta que no percibieron indemnización alguna ni desagravio público que proclamase su inocencia.

Los agentes que habían vejado a los reos fueron encausados. El alcaide, el alguacil y los dos guardas resultaron depuestos y condenados a un año de prisión en las mismas celdas donde habían atormentado a sus víctimas. El destino de Koch fue distinto. Pesaba sobre él un procedimiento disciplinario, mas el relato asegura que jamás se sustanció por completo. En 1815, el territorio de Katzenelnbogen pasó de Hesse-Cassel al dominio de Nassau; Koch fue traspasado junto con la demarcación y pasó a ejercer como funcionario judicial del nuevo Estado. El cronista imputa a dicho traslado el carpetazo definitivo de las diligencias.

En su inicio, la muerte de Hau pareció no arrojar sino un cadáver, un sombrero equívoco y una confesión arrancada. El crimen verdadero se resolvió mediante un reloj reconocido y evocaciones largo tiempo postergadas; la confesión, en cambio, no había hecho sino fabricar a cuatro cómplices. El relato no reserva a los cinco encarcelados un desagravio proporcionado a su año de presidio, como tampoco conduce a Koch ante una pena terminante. Un expediente esclarecido podía dejar tras de sí una segunda iniquidad: la de aquellos hombres a quienes la vindicta pública había sentenciado en el ánimo antes de verificar los hechos.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro «Ein Raubmord in Kurhessen. 1815–1816», págs. 436–455, consultado en la segunda edición de 1861, XXI. Theil, Zweite Folge, Neunter Theil. El extracto OCR de referencia abarca desde la línea 18712 hasta la 19552 inclusive; el comienzo del volumen sucesivo se inicia en la línea 19567 y queda excluido. La crónica declara haber recibido de un corresponsal apuntes fidedignos extractados de actuaciones judiciales ulteriormente destruidas: no constituye, por ende, un acta procesal ni un traslado coetáneo. En ella se relata el homicidio del comerciante de lienzos Hau, la detención de Jakob Gräbe, los vejámenes infligidos y su confesión señalando a cuatro cómplices, así como el posterior descubrimiento de la autoría material en las personas de Jakob Roßbach y Georg Müller. Da cuenta asimismo de la evasión de Müller, la condena y suplicio de Roßbach en Cassel en 1816, y las desiguales indemnizaciones y correcciones disciplinarias. La pertenencia del sombrero hallado en poder de Gräbe no queda demostrada en el capítulo; las reminiscencias de los testigos de la posada son retrospectivas y aparecen atribuidas a sus narradoras. El texto en letra gótica Fraktur no ha sido cotejado contra facsímil ni se han examinado legajos judiciales directos. El escaneo de Archive.org procede de una digitalización de Google sujeta a advertencias de uso privado no comercial y desaconseja peticiones automatizadas; ninguna transcripción sustancial, imagen o literalidad de la fuente se reproduce en esta recreación, que se limita a compilar hechos históricos asignándolos a la mencionada recopilación.

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