Durante años, la señora Kidderminster buscó a un marido que se había marchado de casa prometiendo regresar. Creyó que había partido hacia Ámsterdam, luego a Cork y más tarde a Barbados; mandó verificar cada rumor, sin obtener jamás una certeza. Un día, al leer la gaceta en compañía de su hermana, dio con un aviso: se habían hallado unos restos humanos sepultados en el patio de una posada en Chelmsford. El hombre, según parecía, había sido robado y asesinado. La fecha indicada, pensó de inmediato, bien podía coincidir con la desaparición de su esposo.
La crónica del caso, recogida en una recopilación criminal de 1825, sitúa el asesinato en abril de 1654. Thomas Kidderminster, antiguo mayordomo de un obispo, viajaba con varios cientos de libras y documentos relativos a una propiedad familiar que se proponía vender o recuperar. Su esposa, encinta, había partido hacia Londres; él le había asegurado que volvería en unos diez días. Al llegar a Chelmsford, descabalgó en el White Horse, una hostería donde ya se había alojado con anterioridad. Fue asesinado aquella misma noche. Durante años, nadie supo qué había sido de él.
El nuevo propietario del White Horse, Turner, relató que unos peones que reparaban una cerca entre un prado y un huerto sacaron a la luz un cráneo con una herida en el lado izquierdo. Al ahondar la fosa, hallaron el cuerpo doblado sobre sí mismo. El forense y su jurado concluyeron que se trataba de una muerte violenta provocada por un golpe en la cabeza. Puesto que nadie lograba identificar al difunto, el juez ordenó publicar un aviso en la prensa; Turner hizo insertar el anuncio que acabaría llegando a manos de la viuda de Kidderminster.
Antes de que el cadáver fuera formalmente identificado, Turner ya había denunciado los hechos ante los magistrados y obtenido órdenes de arresto contra el antiguo posadero, Sewell, y su esposa. Ambos negaron tener conocimiento alguno del crimen. Sewell fue emplazado a comparecer ante el tribunal de assizes, pero falleció poco antes de la apertura del juicio. Su viuda se presentó y quedó bajo fianza.
La señora Kidderminster emprendió viaje hacia Chelmsford en compañía de una amiga. Al carecer de carruaje, hicieron el camino a pie. Se extraviaron tras pasar Stratford y llegaron rendidas a Romford, donde se detuvieron en la posada del Black Bull. Una vecina originaria de Chelmsford, Mary Mattocks, escuchó el propósito de su viaje. Conocía el antiguo mesón y confirmó que siempre se había sospechado un crimen entre aquellas paredes. Nombró asimismo al viejo posadero Sewell e indicó dónde dar con él, guiando así a la forastera hacia las personas que habían prestado servicio en el White Horse.
Surgió entonces en la conversación el nombre del antiguo mozo de cuadra, Moses Drayne. Mattocks refirió haber oído que el hombre había recibido sesenta libras y un traje. La viuda acudió a Romford para interrogarlo. Le pidió que describiese al viajero que antaño dejara su montura en el establo. Drayne respondió que se trataba de un hombre alto y corpulento, de cabellos castaños, que cubría su cabeza con un casquete de raso negro y vestía un sayo gris oscuro. Aseguró que el sombrero era negro. La señora Kidderminster rectificó al instante: su marido llevaba un sombrero gris. Según la crónica, Drayne mudó de color y bajó la mirada; acto seguido, remitió a la viuda a Mary Kendall, antigua criada del White Horse.
Mary Kendall ofreció una relación mucho más minuciosa. Declaró que la habían enviado a llevar ropa blanca a una alcoba llamada King’s Arms, donde vio al viajero de pie junto a la lumbre. El posadero, su mujer y aquel hombre cenaban juntos. El viajero confió su bolsa a Sewell, advirtiéndole de que contenía cerca de seiscientas libras y escrituras de gran valor. Más tarde, la patrona mandó a Kendall a dormir con los niños a una estancia apartada de la casa y echó la llave por fuera. La joven afirmó haber escuchado en mitad de la noche un formidable estrépito, de tal violencia que hizo estremecer su cuarto.
A la mañana siguiente, halló a Sewell, a su esposa, a Drayne y a las hijas congregados alrededor del fuego. Nadie, según le dijeron, se había movido de la casa: el forastero había marchado antes del alba. Dieron a la sirvienta una moneda de cuatro peniques y le prohibieron limpiar la alcoba. La puerta permaneció cerrada durante nueve semanas. Cuando Kendall pudo al fin entrar de nuevo, encontró prendas y enseres que reconoció como pertenecientes al caballero: su sombrero, sus botas, su espada colgada y el casquete de raso. La bolsa vista la víspera tampoco había salido de la casa. En el arca de Sewell descubrió el sayo del viajero.
Kendall relató asimismo que había acusado al mozo de haberse quedado con sesenta libras y las ropas. Sewell y su mujer, según su testimonio, la golpearon y le conminaron a callar. El posadero llegó a ofrecerle veinte libras para que abandonase el lugar. Declaró también sobre la súbita fortuna de los Sewell: compraron y reedificaron un molino de malta, y sus hijas lucían ropas mucho más caras. Los testigos cotejaron estos gastos con las sumas y las prendas desaparecidas. Cuando más tarde refirió la escena a una parienta, esta le aconsejó devolver el dinero y acudir a la justicia. Kendall acabó testificando tras una larga renuencia, explicando que las hijas de Sewell la habían amenazado con culparla a ella si revelaba cuanto sabía.
Otros vecinos corroboraron diversos extremos de su declaración. Dos mujeres que vivían en las inmediaciones aseguraron haber oído, entre la una y las dos de la madrugada, a un hombre que gritaba que le robaban su hacienda y le quitaban la vida. Escucharon después un golpe sordo, muebles derribados y luego el silencio. Al día siguiente, la gente de la posada les aseguró que debían de haberse equivocado, pues ningún forastero había pernoctado allí. El criado de Kidderminster reconoció el caballo y las ropas de su amo. Un sombrerero identificó un rasgo particular en el forro del sombrero. La prueba cobraba cuerpo en aquellos objetos conservados: el sayo, el sombrero, las botas y el dinero prestado por un hombre hasta entonces miserable.
Drayne se declaró inocente. En la vista judicial, las declaraciones reconstruyeron la noche del crimen y la ocultación posterior. El jurado lo halló culpable. Tras pronunciarse la condena, pareció dispuesto a confesar, pero su esposa lo interrumpió rogándole que no arrastrase a nadie más. La crónica añade que terminó por implicar a la primogénita de los Sewell. Ambas hermanas comparecieron ante el gran jurado; Mary Kendall ratificó su testimonio y se leyó la acusación de Drayne. Sin embargo, los jurados desestimaron los cargos por falta de pruebas suficientes y las hermanas quedaron en libertad.
Para la señora Kidderminster, aquel suelto de la gaceta había devuelto por fin un nombre al difunto y la había conducido hasta los despojos que él dejara tras de sí: un casquete, un sombrero, unas botas, un sayo. Sus vanas pesquisas sobre supuestas partidas hacia Ámsterdam, Cork o Barbados concluían en Chelmsford, al borde mismo de la zanja donde habían sepultado a su esposo.
