La Gazette sitúa el hallazgo el 30 de noviembre de 1875, a las primeras luces del alba. Guilhem, que se dirigía a sus quehaceres cotidianos, halló a Gérard Soubrier tendido boca abajo a unos doscientos metros de su vivienda. Soubrier regresaba de la feria de Mur-de-Barres arreando un cerdo. Aún respiraba, pero sobre la nuca presentaba una herida profunda que manaba abundante sangre; hallábase impedido para hablar y moverse. El animal permanecía echado a su lado; en una pradera contigua fueron hallados su capazo, el sombrero y el bastón.
El terreno conservaba notorios vestigios. Manchas de sangre fresca salpicaban la tierra. En la hierba, numerosas pisadas apresuradas dibujaban, a juicio de la crónica, la impronta indiscutible de un forcejeo. La víspera, cerrada ya la noche, un testigo había percibido ruidos procedentes de ese paraje, creyendo escuchar el golpe sordo de un cuerpo al desplomarse, seguido de gritos ahogados e inarticulados de dolor.
Fue trasladado a su domicilio, donde expiró sin haber recobrado el conocimiento. El periódico atribuyó el fallecimiento a la gravedad de la lesión y a una congestión pulmonar desencadenada por el gélido rigor de la noche. La feria, el camino de vuelta, los enseres dispersos en el prado y las huellas sobre la hierba conformaron las primeras piezas de un proceso que no tardaría en llegar ante el tribunal de lo criminal.
Las sospechas recayeron sobre dos hombres: Pierre Nicolaudie, propietario en La Bouygne y antiguo teniente de alcalde, y Pierre Cilrivi, maestro tejero en Poulhès, término municipal de Remihac. Transcurrieron más de dos años antes de que se iniciaran las sesiones del tribunal de lo criminal los días 6, 7 y 8 de agosto de 1878, bajo la presidencia del señor Duclaux, consejero de la corte de apelación de Riom. Entretanto, una primera instrucción había concluido con un auto de sobreseimiento; no obstante, tras unas segundas pesquisas, ambos comparecían nuevamente ante la justicia. La Gazette anunció desde el principio esta reapertura, encabezando la noticia con el cargo de lesiones con resultado de muerte. El diario relató que diversos indicios habían dado en un inicio solidez a las sospechas, hasta que la coartada esgrimida por Hard frenó en seco la instrucción.
En el curso inicial de las pesquisas, una coartada interrumpió el avance del procedimiento. Victorine Hard, sirvienta de Nicolaudie, aseveró que el 29 de noviembre su amo había regresado a casa en compañía del tejero antes de la puesta de sol y que ninguno de los dos había vuelto a salir. De ser ciertas sus palabras, razonaba el rotativo, resultaba imposible que estuviesen al mismo tiempo en La Bouygne y en el lugar donde fue encontrado Soubrier. Tras dictarse el auto de sobreseimiento, ambos recobraron la libertad. La discrepancia horaria era determinante para el curso de la causa: según Hard, antes del anochecer permanecían en la casa; empero, de acuerdo con el testimonio que resurgió con posterioridad, su llegada no se habría producido sino entrada ya la noche.
El proceso judicial podría haber concluido en este punto. Sin embargo, Nicolaudie promovió una querella por difamación contra la viuda de Soubrier, imputándole haberle atribuido públicamente la muerte de su esposo. Para La Gazette, esta denuncia reavivó las sospechas en la opinión pública y atrajo nuevas declaraciones hacia el juzgado instructor. Nicolaudie negaba con vehemencia las acusaciones vertidas en su contra; no obstante, su propia iniciativa procesal convirtió aquel reproche en una causa renovada y devolvió al primer plano el dilema que el sobreseimiento había postergado de forma transitoria. Es a esta reapertura a la que el periódico vincula los relatos de los testigos examinados después.
Entre dichos testimonios sobresale el de Jeanne Bastide, esposa de Levin. La Gazette la describió como una mujer intachable y consignó sus manifestaciones como procedentes de la propia Victorine Hard. Según su declaración, Hard le habría confiado que Nicolaudie y el tejero no regresaron a La Bouygne hasta que cayó la noche, cerca de las seis de la tarde; poco después, ambos habrían salido de nuevo, quedándose apoyados junto a la tapia del corral. De acuerdo con estas confidencias transmitidas por Bastide, Hard los habría seguido, escuchando a uno decirle al otro: «Hay que regresar allá arriba; si volviera en sí, nos delataría…». Añadió además: «Tienen gran temor de que los descubra, mas vos guardad silencio». Este relato, transmitido de Hard a Bastide y de Bastide a la prensa, bastaba por su gravedad para derribar la coartada inicial.
Posteriormente, otra mujer abordó a Hard a propósito de un rumor que circulaba: su amo le habría entregado al menos cinco mil francos a cambio de su silencio. Hard habría replicado: «No me ha dado tanto dinero, mas bien puede estarme agradecido, pues sin mi testimonio ya estaría entre rejas». La Gazette consignó que con cierta frecuencia se le escapaban expresiones semejantes. La voz popular la consideraba enterada de los hechos, pero reacia a revelar la verdad por haber sido comprado su silencio. El rotativo puntualizó que estas confidencias hallaban respaldo en diversos elementos del sumario, si bien la pieza nuclear continuaba siendo su propia deposición.
Durante la vista pública, Hard comenzó negándolo todo. Desmintió formalmente a los testigos que le atribuían tales confidencias. No obstante, acosada por el interrogatorio, acabó reconociendo haber pronunciado las palabras que se le imputaban. Acto seguido, sostuvo que tales expresiones carecían de veracidad y que, por ende, carecían de valor probatorio. La sirvienta admitía las frases mientras desautorizaba su sentido incriminatorio. El eje del litigio se desplazaba: ya no radicaba únicamente en determinar dónde habían pasado la tarde los dos sospechosos, sino en discernir qué crédito merecía una testigo cuyas palabras admitía y revocaba en un mismo lance. La corte debía oír a los procesados, a los testigos y a las defensas; la crónica, con todo, no ofrece veredicto alguno, limitándose a relatar la orden de arrestar a Hard y aplazar las actuaciones.
El presidente del tribunal decretó su detención inmediata por apreciar falsedad manifiesta en su declaración testifical. La medida sobrevino en pleno desarrollo de la vista, en el instante en que las palabras de la testigo, tras alterar el rumbo de la causa, se convertían a su vez en objeto de persecución penal. Los letrados Oudoul y Bertrand ejercían la defensa de los acusados. Hard, que en un principio había proporcionado el testimonio exculpatorio, quedaba ahora comprometida por sus propias aseveraciones. Este vuelco procesal dejaba sin esclarecer las circunstancias del homicidio de Soubrier; transformaba únicamente la situación procesal de quien primero aportó una coartada para más tarde socavarla con sus confidencias.
A instancias del procurador de la República, el señor Lesueur, el tribunal resolvió aplazar la causa para la siguiente sesión periódica. La crónica del 23 de agosto de 1878 concluye sin resolución alguna sobre la culpabilidad o inocencia de Nicolaudie y Cilrivi. La criada de Nicolaudie había jurado primero la presencia ininterrumpida de ambos en La Bouygne, para luego deslizar comentarios que los situaban en descampado al amparo de las sombras. Terminó por admitir que pronunció tales palabras, si bien alegó que eran falsas. El juicio quedaba pendiente de reanudación; en estas columnas, la última disposición judicial atañe a la testigo encarcelada, dejando en suspenso el destino de los procesados.
