El 26 de julio de 1705, Edward Jefferis y Robert Woodcock salieron del Blue Posts, en la parte baja de Pall Mall, tras haber cenado juntos. Pocas horas después, Woodcock yacía muerto en un campo próximo a Chelsea, atravesado por una estocada. El proceso subsiguiente no debía dilucidar únicamente quién empuñó el acero: también debía determinar si Elizabeth Forshell, que había acompañado a Jefferis, tomó parte en el homicidio o si tan solo comprendió su gravedad después de perpetrado.
Ambos hombres se habían despedido tras la comida, celebrada entre la una y las dos de la tarde. Jefferis se encaminó a casa de Forshell, en St Martin’s Lane. Más tarde se les vio salir juntos en dirección al parque. Ya mediada la tarde, reaparecieron en la taberna del Cheshire Cheese, en Chelsea. La crónica no describe el almuerzo ni los lazos que los unían a Woodcock; se ciñe a las horas, a los desplazamientos y a lo que los testigos aseguraron haber presenciado. Mas, entre la salida de la primera hostería y el encuentro en la segunda, la versión acusatoria intercalaba un altercado fugaz, seguido de un ademán irrevocable.
Un joven testigo refirió que jugaba con otro muchacho en los campos aledaños a Chelsea hacia las cuatro de la tarde. Divisó a Jefferis y Woodcock caminando juntos hacia el camino real. Discutían con acritud. Jefferis profirió un ultraje; Woodcock le replicó exigiéndole que no lo desmintiera. El mozo vio entonces a Jefferis desenvainar su espada. Woodcock, que era zurdo, no había logrado aún empuñar la suya cuando recibió la estocada. Se desplomó en el acto.
Según este testigo, Jefferis extrajo a continuación la espada de Woodcock y la embadurnó con la sangre que manaba de la herida. Dispuso el arma bajo el cuerpo para simular un suicidio, registró un bolsillo y retiró de él algún objeto. Emprendió luego la huida a la carrera hacia Chelsea. Los dos muchachos lo siguieron; en el trayecto, partió su propia espada y la ocultó bajo el gabán. Al volverse para amenazarlos, los niños retrocedieron asustados. El otro muchacho corroboró los puntos esenciales de la escena. Su declaración aportaba al proceso una secuencia rigurosa, si bien la crónica calla si el objeto sustraído del bolsillo fue identificado alguna vez, o si los pequeños alcanzaron a explicar qué chispa había encendido la riña.
Elizabeth Forshell se hallaba, según los jóvenes, junto al muro del parque. Tras el golpe, se aproximó al campo en dirección al cadáver, pero retrocedió sobre sus pasos al ver a los muchachos. Otros testigos la situaron junto a Jefferis en la posada del Cheshire Cheese, donde arribaron hacia las cuatro y media y permanecieron cerca de las seis. Aquel encuentro no demostraba por sí solo su complicidad en la agresión; a ojos de la fiscalía, venía a sumarse a su presencia en las lindes del campo y al hallazgo practicado en su aposento.
Cuando le comunicaron que el hombre que la había acompañado yacía muerto en el camposanto de St Martin, Forshell exclamó: «¿Es él?». Tras contemplarlo, suplicó que no se armase escándalo. Más tarde, cuando los alguaciles acudieron a prenderla, se atrincheró en su habitación; abrió solo después de que amenazaran con derribar la puerta. En un cajón, el oficial descubrió una bolsa y tres anillos que fueron reconocidos como propiedad de Woodcock. La crónica no precisa cómo llegaron aquellas alhajas hasta allí ni si Forshell conocía la identidad de su dueño.
Jefferis negó el homicidio y sostuvo que se hallaba en otro paraje al momento de los hechos. Presentó testigos para apuntalar su coartada, mas sus declaraciones no coincidían en las horas. El jurado lo declaró culpable; Forshell fue absuelta.
Según Borrow, una orden de suspensión alcanzó a Jefferis cuando ya marchaba de camino a Tyburn. El suplicio quedaba aplazado: restaba aguardar un nuevo plazo. Aquella tregua le otorgaba aún margen para la esperanza, para parlamentar con el capellán y cartearse con Forshell. No revocaba, empero, la sentencia: Jefferis fue conducido finalmente al cadalso. Las fechas de septiembre consignadas por el compilador incurren en mutua contradicción, impidiendo fijar con certeza el lapso transcurrido entre el juicio y la ejecución.
Antes de morir en la horca, Jefferis pronunció una confesión biográfica. Manifestó rondar los cuarenta y un años, haber nacido cerca de Devizes, en Wiltshire, de progenitores honorables, y haberse instruido en las leyes en Londres. Admitió haber sido infiel e injusto con su esposa, así como haber llevado una vida disoluta. Explicó que sus dispendios lo arrastraron a cometer tropelías en el ejercicio de la abogacía, si bien sostuvo que en su fuero interno creía servir los intereses de sus clientes, cualquiera fuese su causa. Dicha confesión omitía por entero el crimen. Al pie del patíbulo, reiteró su inocencia respecto al homicidio y declaró expirar en paz con cuantos lo habían agraviado.
Tras la ejecución, Forshell dirigió una misiva al capellán de la prisión, fechada el 15 de octubre. En ella reconstruía el trayecto hacia Chelsea. Habían cruzado el parque y los vergeles de moreras; Jefferis le habría sugerido atajar por la casa ideando un pretexto en el mostrador. Al acercarse a los campos, le habría dicho que un amigo lo aguardaba allí, rogándole que prosiguiera sola el camino. Ella caminó hasta dos campos de distancia de Chelsea, donde Jefferis la alcanzó. Al advertir su turbación, le inquirió si había reñido con aquel sujeto. Él repuso que habían cruzado palabras ásperas y que le había asestado «un leve pinchazo». Ella aseguró haber manifestado el deseo de que no lo hubiese malherido, a lo que él contestó que no.
Forshell relataba haber visto luego, en la taberna, cómo Jefferis posaba su espada, su sombrero y sus guantes sobre una mesa antes de abandonar la estancia. Desenvainó ella el arma: no estaba, escribió, ni ensangrentada ni rota. Aquello contradecía de plano la versión de los muchachos, mas su carta fue redactada tras la ejecución y no constituía un testimonio prestado en estrados. Daba cuenta asimismo de conversaciones posteriores entre rejas: Jefferis negaba haber empuñado el acero de Woodcock y aseguraba no haber quebrado arma alguna. Cuando ella le preguntó si había albergado tal designio, guardó silencio. Según ella, le imploró que callase que se había apartado de su lado en el camino, arguyendo que tal revelación malograría sus esperanzas de obtener el indulto.
La carta de Forshell no despeja el enigma del asesinato. Relata sus sospechas de que Jefferis hubiese exigido caudales a Woodcock, y conjetura que la negativa de este pudo encender la pendencia. Mas no lo formula como una confesión categórica. Evoca, más bien, los silencios de Jefferis, sus palabras a medio decir y el pavor que exteriorizaba ante la pérdida del aplazamiento. En el proceso, ella obtuvo la absolución; tras la muerte de Jefferis, su misiva arrojó elementos turbadores sin disipar las sombras. Woodcock estaba muerto, Jefferis había negado el crimen hasta el último aliento, y el relato de la mujer que lo acompañó ya jamás podría confrontarse con el reo ante un tribunal.
Forshell añadió una posdata. Jefferis le había confiado haber elevado una súplica al duque de Ormond y contar con una valedora que intercedería ante la reina. Sospechaba que se trataba de la señora Lambourn, madre de uno de los muchachos. De tal suerte, en la carta de Forshell, la salvación del condenado pendía de la estirpe misma de un testigo de cargo. Confesó haber silenciado parte de la verdad: hablar no devolvería la vida a Woodcock, pensaba, mas podía arrebatar a Jefferis su última oportunidad. Escribió únicamente cuando esa postrera esperanza ya se había extinguido.
