En sus conversaciones con el juez de instrucción, se afirma que Weiler repetía: «No deseo seguir hablando con vos, pues vuestras pláticas acabarán por perderme». El relato publicado en 1860 añade que, tras aquellos coloquios, no se logró sacarle una sola palabra más. Esta queja abre una historia cuyo desenlace judicial es bien conocido, pero cuya primera vida se recompone a través de los fragmentos que un compilador reunió con el fin de contraponer dos caracteres.
Franz Joseph Streitmatter, a quien sus camaradas llamaban Weiler, era hijo de un molinero de Böbikon, en Suiza. Declaró tener unos treinta y seis años. El frontispicio de la compilación judicial de 1811 atribuye su redacción a un oficial de justicia; el volumen menciona a Weiler entre los cabecillas de la cuadrilla de Damian Hessel y consigna varios de sus alias. El nombre de Weiler reaparece con frecuencia en las crónicas carcelarias y en las expediciones nocturnas. El capítulo de 1860 no fecha con exactitud esta primera etapa de su vida; retiene sobre todo las evasiones, los disfraces y las audacias que alimentan una leyenda.
En Zurzach, según el texto, fue apresado y logró escapar por la fuerza. En Schaffhausen, vuelto a prender al poco tiempo, consiguió huir de nuevo. Más tarde, tras resultar herido durante una captura, fue conducido a Aarau, donde se creyó haberlo asegurado en una prisión fuertemente custodiada; sin embargo, también logró evadirse de allí. El compilador relata incluso que un capuchino aconsejó bendecir los grilletes y colocar al recluso sobre un tapiz dispuesto en cruz. Conviene ver en ello el testimonio de una época en la que el espanto buscaba a menudo explicaciones en lo sobrenatural; el texto no prueba poder mágico alguno, sino la mera impotencia de los carceleros ante un hombre diestro en sacar provecho de cualquier fallo en la vigilancia.
Resulta difícil separar, en la semblanza de 1860, los hechos relatados de los juicios de valor con que el autor los reviste. A Streitmatter se le imputan robos, saqueos de iglesias y asaltos contra molinos y alquerías. El mismo capítulo refiere una acusación más grave: el asesinato, en 1800, de un molinero sometido a tormentos y el posterior incendio del molino de Böbikon, antigua propiedad paterna. Se dice que Weiler rechazó en todo momento ambas imputaciones. El compilador se inclina por dar crédito a sus negativas, pero no aporta al respecto sentencia suiza alguna ni pieza de autos; tales cargos, por tanto, no deben confundirse con el proceso posterior celebrado en Maguncia.
Una incursión en Longwy brinda al relato la estampa más nítida de la banda en plena acción. En la noche del 19 al 20 de diciembre —el año no figura indicado—, varios hombres habrían dispuesto escalas y estacas para franquear las defensas exteriores, a muy poca distancia de una garita. La fuente distingue la destreza de Weiler de la labor de los cómplices encargados de acopiar y transportar el botín. Lo muestra activo en el instante del asalto, desentendiéndose luego para dejar en manos ajenas el traslado de lo sustraído. El año exacto de esta expedición no se precisa en el extracto.
El capítulo da cuenta asimismo de dos tentativas frustradas de abandonar el bandolerismo. La primera se habría malogrado tras serle hurtados, mientras dormía, su cinto y más de cien luises. La segunda acaeció cuando se disponía a marchar hacia una manufactura francesa para ganarse el sustento; de camino, entró en una posada, topó con Müller y la compañera de este, perdió su dinero en el juego y se vio arrastrado a un nuevo delito. El compilador vincula estos reveses al regreso de Weiler a las correrías criminales, sin pretender desvelar el fondo de su conciencia: el dinero, las viejas amistades y el azar configuran las fuerzas que lo retienen en las redes del hampa.
El episodio de la posta de Maguncia desvía la mirada de la huida hacia el socorro. Conforme a la crónica, un disparo había alcanzado en la cabeza a Schön-Mayer Moses. Hessel y otro secuaz lo habrían dejado abandonado a su suerte; Weiler, que ya doblaba la esquina de la calle, habría retrocedido, cargado al herido sobre sus espaldas y conducídolo hasta un refugio, mientras gendarmes y pesquisas seguían el rastro de la sangre. La compilación judicial de 1811 refiere asimismo el auxilio prestado a Schön-Mayer Moses, aunque sin consignar la fecha exacta del suceso. La solicitud que el autor atribuye a Weiler no desvirtúa las acusaciones formuladas en su contra; únicamente impide reducir su semblanza a un trazo unívoco.
El presidio acabó deparando a los carceleros una nueva prueba. Weiler confeccionó, según refiere el texto, una cuerda con su propia ropa de cama e intentó descolgarse desde una altura de más de cien pies. Las descargas de la guardia frustraron su evasión; sentándose sobre una peña, habría exclamado: «Tan solo se ha demorado». El pasaje siguiente lo retrata preocupándose por la suerte del alcaide: ¿sería indemnizado aquel por el lienzo destrozado? Al recibir una respuesta negativa, el cautivo habría querido renunciar a la ración de comida mejorada que costeaba de su bolsillo, a fin de que el remanente resarciera al custodio. El relato contrapone de este modo la osadía de la fuga a una escrupulosidad harto material: la deuda del ajuar aún inquieta al preso que acaba de fracasar.
Tras este revés, el texto sitúa una mudanza de actitud. Weiler, despechado por no poder escapar de aquel recinto como lo había hecho de otras mazmorras, habría comenzado a hablar con el juez de instrucción. El compilador puntualiza que varias declaraciones se prestaron primero de viva voz y que fue menester tiempo para asentarlas en autos. El reo protestaba luego sosteniendo que aquellas pláticas acabarían por arruinarlo. Semanas antes de las audiencias públicas, habría admitido ciertos hechos ya confesados por Hessel, negándose en cambio a denunciar a aquellos cómplices cuyos nombres ignoraban todavía los pesquisidores. Habría alegado que uno de ellos aún podía enmendarse y que no deseaba ser la causa de su perdición.
Semejante silencio no fue, empero, absoluto. El capítulo narra que, a solas con el magistrado instructor, Streitmatter reconoció a un camarada que lo había acusado con manifiesta ingratitud; no obstante, rehusó señalarlo en público. Temía, según la crónica, que sus palabras se atribuyeran a un acto de venganza, y deseaba que cualquier declaración suya fuese no solo verídica, sino intachable. Durante las vistas, respondió con llaneza a las preguntas formuladas, sin procurar comprometer a quienes otros testimonios no hubiesen inculpado con anterioridad. El relato contrapone de este modo las confesiones confiadas al juez y el silencio guardado ante el público, erigiendo esta mesura en el contrapunto de Hessel.
La cronología del juicio, ausente en el capítulo de 1860, queda aclarada por la investigación de Udo Fleck sobre las bandas renanas. El tribunal especial de Maguncia juzgó la causa en 1810; la resolución sobre su competencia se dictó el 29 de septiembre y el fallo se pronunció a finales de octubre. Hessel, Streitmatter y Schmaye Nathan fueron condenados a muerte en la guillotina. El registro de sentencias de la compilación de 1811 recoge con exactitud los tres nombres entre los condenados al castigo capital.
Al darse lectura al veredicto, Weiler habría reprendido a Hessel, quien prorrumpía en aspavientos, recordándole que él por su parte no se dolía de la sentencia. El relato lo acompaña luego hasta el cadalso: come y duerme con sosiego, despide a su compañera con prudentes consejos y declara merecer la muerte, mas proclamando que sus manos quedaron limpias de sangre humana. Son estas las palabras que el compilador atribuye a Weiler. Las páginas consultadas no consignan la fecha exacta de la ejecución.
Los tribunales juzgaron la participación de Streitmatter en las fechorías de la gavilla; el capítulo de 1860, en cambio, lo erige en contrapunto moral de Hessel. Este contraste no borra las acusaciones helvéticas que negó, ni los actos por los cuales los tres hombres marcharon al suplicio. Plantea, en cambio, una cuestión más honda que una lección moral: ¿cómo ha de entenderse una confesión a medias cuando el acusado rehúsa delatar a quienes la justicia aún no ha logrado nombrar?
