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Venenos y herencias · Francia

El veneno en el vagón

En el verano de 1876, Édouard de Bouyn comparte un compartimento entre Cassis y La Ciotat con Rozès-Salles, quien fallece durante el trayecto. El proceso de Aix, celebrado en febrero de 1877, examina los artefactos hallados, las confesiones parciales y el estado mental del acusado; el jurado lo declara culpable de envenenamiento con circunstancias atenuantes y el tribunal le impone veinte años de trabajos forzados.

El tren que partió de Cassis hacia La Ciotat el 22 de julio de 1876 llevaba a dos viajeros en un mismo compartimento de segunda clase: el joven Rozès-Salles, que acababa de examinarse para el ingreso en Saint-Cyr, y Édouard de Bouyn, mecánico de treinta y un años, cuya existencia se hallaba ya absorbida por invenciones inciertas y proyectos que la Gazette des Tribunaux no tardaría en calificar de peligrosos. Cuando el convoy entró en la estación, uno de ellos yacía sobre el suelo, sin vida; el otro, sentado junto a su saco de viaje, parecía incapaz de responder a las llamadas.

Los gritos habían alertado a los pasajeros. En La Ciotat, el jefe de estación, Malière, encontró en el compartimento el cadáver de Rozès-Salles, a Bouyn y una bolsa abierta. En ella divisó un tubo encorvado, fragmentos de vidrio o de loza, un reloj con la cadena rota y un portamonedas. Estos dos últimos objetos pertenecían al difunto. Bubaton, que había abandonado su compartimento de primera clase y alcanzado el vagón desplazándose por el estribo exterior con el tren en marcha, había visto a Bouyn junto a la portezuela, con la mano puesta sobre la bolsa; lo aferró por el cuello y lo retuvo hasta la llegada.

En La Ciotat, su familia lo aguardaba. Boubée, teniente de navío y cuñado de Rozès-Salles, relató ante el tribunal con cuánta alegría se disponían a recibirlo tras los exámenes. Al no verlo comparecer, se dirigió hacia la estación en busca de noticias. Terminó por enterarse de que lo habían hallado muerto en un vagón. Su esposa y él quedaron consternados. El testimonio devolvía el rostro humano, tras los efectos incautados, a aquellos a quienes aquel viaje debía haber restituido a un ser querido.


La acusación refutó desde el primer momento que un tercer hombre hubiese viajado en el compartimento. Entre Cassis y La Ciotat, el convoy no había efectuado parada alguna; las portezuelas permanecían cerradas cuando se abrieron en la estación y ningún testigo vio apearse a pasajero alguno. Bouyn había hablado inicialmente de un viajante de comercio que les habría hecho beber un líquido, a él y a Rozès-Salles, antes de esfumarse. Más tarde, durante la instrucción, admitió que sólo eran dos. Declaró que la muerte no podía proceder sino de él, al tiempo que reiteraba ignorar tanto la causa como el mecanismo de la misma.

Esa memoria, tan minuciosa para tantos pormenores y tan plagada de lagunas en el instante decisivo, se convirtió en uno de los hilos conductores de la vista. Bouyn discurría sobre sus experimentos, sus máquinas y la obtención del diamante por vías químicas; respondía con serenidad a las preguntas del presidente y luego se declaraba incapaz de recordar el viaje. En cuanto al reloj y al portamonedas hallados en su saco, afirmó haberlos tomado de manera maquinal. La justicia vio en su posesión la prueba del robo; la defensa esgrimiría el extravío mental.

Los pesquisas habían localizado en la bolsa y sobre la vía peras de caucho, tubos, frascos y compresas cosidas. Un hedor penetrante había sobrecogido a los primeros viajeros que penetraron en el vagón. Diversos objetos coincidían con instrumentos vendidos a Bouyn por un comerciante de aparatos eléctricos, quien reconoció en particular una pera de goma de su tienda. El acusado sostenía que dicho adminículo servía para tratar una enfermedad secreta; los médicos, tras examinarlo, no hallaron rastro de la dolencia alegada.

El sumario siguió asimismo la pista de las investigaciones de Bouyn sobre agentes químicos. En una gruta cercana a Marsella, las autoridades descubrieron frascos, ácidos e instrumentos. Según la acusación, había preparado ácido prúsico y adaptado a un frasco tubos y una pera de caucho dispuestos para proyectar su contenido. Habría llevado este artefacto en el tren y dirigido el chorro hacia su acompañante. La prensa describe el procedimiento con la seguridad propia del auto de procesamiento; no obstante, consigna al mismo tiempo que los facultativos no hallaron en el estómago del difunto ni ácido prúsico ni cloroformo. Explicaban dicha ausencia por la volatilidad de las sustancias consideradas. La argumentación de los peritos mantenía, por tanto, la hipótesis del veneno, sin que sus análisis negativos llegaran a transformarse en prueba material de su presencia.


En la sesión del 23 de febrero de 1877, en Aix, el interrogatorio trasladó el asunto del laboratorio al compartimento. Bouyn desgranó las etapas de sus estudios, su vida en Marsella y los proyectos de invención que, según decía, absorbían su juicio. No negó que él y Rozès-Salles fuesen los únicos pasajeros. Reconoció que sólo él había podido causar la muerte, pero sostuvo no recordar nada. Al día siguiente, su amante, la viuda Thiriot, testificó sobre sus ideas fijas y sus alucinaciones nocturnas; refirió que la había dejado sin sábanas con el propósito de construir una máquina voladora. La hermana Saint-Thérèse transmitió una frase pronunciada en el hospital: al preguntarle por qué no había muerto él también, habría respondido: «Hice cuanto pude». El carcelero de la prisión preventiva lo describía, por el contrario, como un hombre sosegado, capaz de conducirse con juicio, y sospechaba una simulación.

Los médicos llamados al estrado no ofrecieron un dictamen unánime. Rousset detalló los objetos y los experimentos hallados en la gruta; Rampal recordó las respuestas evasivas de Bouyn respecto al crimen y la carencia de vestigios de agentes volátiles en el estómago. Caillaux, que había examinado al acusado durante varios meses junto a Rampal, estimó que conservaba su responsabilidad, si bien ciertas predisposiciones familiares y su estado personal debían atenuarla. Los facultativos habían tenido noticia de un reconocimiento previo, practicado en 1872 con motivo de otra causa por sustracción de cobre y plomo. Aquel primer proceso se había saldado con una absolución. Reaparecía en el debate como elemento de juicio médico, mas no dilucidaba nada respecto al viajero muerto en el tren.

El presidente anunció que haría comparecer al doctor Castellan, participante en el reconocimiento anterior. La defensa solicitó también a Silbert, y el ministerio público manifestó su deseo de oír a Pontier, director del manicomio de Aix. La comparecencia efectiva de estos peritos no figura pormenorizada en la crónica. El letrado de Séranon reclamó ante todo que prestasen declaración el padre y el hermano de Bouyn: este último podría, según alegaba, relatar una agresión nocturna cometida por el acusado en su contra. El fiscal general exigió que se le diera traslado de los documentos invocados. El presidente declaró que no juzgaba oportuno escuchar a los familiares. La negativa recogida en autos atañe a estos dos parientes; no autoriza a concluir que las solicitudes relativas a todos los médicos fuesen igualmente desestimadas.

Las declaraciones testificales habían fijado con certeza el trayecto, los gritos, el cadáver, la bolsa y los efectos hallados. La acusación vinculaba estos hechos con los artefactos, las declaraciones sucesivas de Bouyn y sus admisiones parciales. El defensor pedía a los jurados que apreciasen en las alucinaciones una causa de inimputabilidad. Marlier, fiscal general, sostenía que los proyectos extravagantes y el desorden de conducta no bastaban para borrar la responsabilidad de un acto preparado con antelación. El letrado de Séranon solicitaba la absolución.

Tras los alegatos de clausura y el resumen del presidente, el jurado declaró a Bouyn culpable de envenenamiento, apreciando en su favor circunstancias atenuantes. El tribunal dictó una condena de veinte años de trabajos forzados y añadió que, extinguida la pena, quedaría sujeto a la vigilancia de la alta policía. La crónica da cuenta de este fallo sin especificar la suerte corrida por la acusación de robo.

Durante la vista, Boubée había evocado la figura de un muchacho dulce y piadoso, a quien los suyos aguardaban tras su examen. Bouyn había hablado de máquinas, de química y de un viaje del que afirmaba no conservar memoria alguna. La sentencia deparó al segundo veinte años de condena. El primero ya no se reuniría con los suyos: para ellos, la llegada del tren se había inaugurado con una ausencia y había concluido con la funesta noticia recibida en la estación.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La Gazette des Tribunaux publicó la crónica de las sesiones del tribunal de Aix de los días 23 y 24 de febrero de 1877 sobre la muerte de Rozès-Salles en un tren entre Cassis y La Ciotat. El jurado declaró a Bouyn culpable de envenenamiento con circunstancias atenuantes; la Sala lo condenó a veinte años de trabajos forzados y a quedar bajo vigilancia de la alta policía tras cumplir la pena. La reseña menciona una absolución precedente tras otro proceso por sustracción de cobre y plomo (1872); tal fallo no guarda relación con el caso del tren. Las crónicas conservadas son incompletas, el texto de archivo presenta lagunas de transcripción y el artículo no especifica el destino judicial de la imputación por robo.

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