El capital asegurado debía revertir en la madre. En una oficina de Viena, en enero de 1857, una dama de edad madura inquirió si era posible asegurar la vida de una muchacha de quince años. Su hija estaba a punto de contraer matrimonio, arguyó; se le había prometido una dote de cinco mil florines. Deseaba salvaguardar dicha suma. Sin embargo, en caso de fallecimiento de la joven, sería ella quien percibiría los fondos. La compañía aceptó el principio del contrato. Pocos meses más tarde, apenas satisfecha la segunda prima, llegó a la agencia un aviso de defunción: Marie Nickl había muerto en la casa familiar de Staatz.
La compañía aseguradora había exigido ver a la contrayente; de no comparecer, se habría impuesto una sobretasa. El 18 de enero, Peter Braun acudió, por consiguiente, con su hijastra Marie, sin la presencia de su esposa Therese. La crónica antigua recalca el vivo contraste entre aquel hombre sexagenario, de aspecto quebrantado y enfermizo, y la joven risueña que lo acompañaba. Se suscribió la póliza y se liquidó el primer vencimiento. Al recibirse la noticia del deceso, el director de la agencia, Benvenuti, evocó aquella visita y despachó de inmediato a uno de sus dependientes a Staatz a fin de recabar informes.
El Nuevo Pitaval, que publicó el proceso en 1871, identifica a la madre como Therese Braun y a la hija como Marie Nickl. La primera había desposado a Peter Braun, antiguo médico militar reconvertido en facultativo rural. Éste había perdido gran parte de su clientela tras un grave accidente, viéndose privado después de su plaza de médico en una hacienda aristocrática; las deudas no tardaron en acumularse. Marie, nacida del primer matrimonio de Therese, aparecía, por el contrario, retratada como una doncella sana, amable y muy querida por el vecindario. La crónica la sitúa en el epicentro de un hogar cuyas estrecheces financieras se tornaban asfixiantes.
El 18 de enero se firmó la póliza por un importe de cinco mil florines y se abonó la primera prima. En mayo se satisfizo la segunda. Entre ambas fechas, la muchacha cayó enferma en dos ocasiones. En abril, sufrió vómitos tras beber una cerveza que le sirvió su madre; a los pocos días, parecía restablecida. En mayo sobrevino una nueva crisis después de tomar una taza de café. El facultativo de la comarca, el doctor Ladner, constató los dolores y las náuseas, mas no juzgó entonces que la vida de la paciente corriera peligro inminente. El 18 de mayo, durante una visita, Therese le mencionó el inminente matrimonio de su hija con un supuesto médico de Viena e inquirió si su estado revestía gravedad. Ladner respondió negativamente. Según declararía más tarde ante el tribunal, la mujer le espetó con fría serenidad: «Ya lo verá, doctor: mi hija va a morir». Tres horas después, Marie yacía sin vida.
La aseguradora previno al médico ante la sospechosa coincidencia de fechas y síntomas. Tras la exhumación, la autopsia preliminar no permitió dilucidar de inmediato la causa de la muerte. No obstante, los químicos vieneses comisionados para examinar las vísceras anunciaron haber detectado una dosis letal de arsénico. El tribunal de Korneuburg abrió sumario por homicidio. La sospecha recayó sobre el matrimonio Braun: en la botica doméstica de Peter se conservaba arsénico y las declaraciones aseguraban que sólo Therese preparaba los alimentos y bebidas de la finada.
La acusación acopió diversos indicios circunstanciales. Las finanzas conyugales eran deplorables; la indemnización del seguro debía beneficiar a los progenitores; el abono de la prima constituía para ellos un dispendio gravoso. Therese había rogado con apremio un certificado de salud para formalizar la póliza. En una misiva, la encartada habría explicado su afán por no verse desamparada a medida que ella y su esposo envejecieran. Ambos accesos morbosos sobrevinieron tras ingerir bebidas que ella misma dispensó, habiendo pronosticado además el desenlace fatal. El médico consignó asimismo que la mujer mostró una fría impasibilidad ante el cadáver. A ello se sumaba la impostura de los esponsales y la dote: Therese sostenía que un tal doctor Maje desposaría a Marie; empero, las pesquisas revelaron que tal pretendiente era una pura invención urdida para justificar la necesidad del seguro, pues nadie en el lugar había oído jamás hablar de él.
El 14 de enero de 1858, la vista pública congregó a una muchedumbre expectante y a numerosos corresponsales de prensa. Peter Braun había muerto en prisión dos días antes, por lo que no compareció en el banquillo junto a su consorte. Therese negó resueltamente haber envenenado a su hija. Sostuvo que Marie pudo haberse suicidado, abrumada por el temor al matrimonio y la congoja ante las deudas de la casa. El doctor Ladner y otros testigos describieron, por el contrario, a una doncella alegre y saludable, que jamás aludió a ningún galán ni manifestó hastío de vivir. Los químicos ratificaron el hallazgo de arsénico en los tejidos orgánicos; el ministerio público consideró probado el móvil de un asesinato premeditado para lucrarse con los cinco mil florines.
La sentencia de primera instancia fue implacable: Therese Braun resultó declarada culpable de envenenamiento y estafa al seguro, siendo condenada a cadena perpetua. La defensa recurrió en apelación impugnando el método de los análisis iniciales y aportó un dictamen pericial del químico Adolf Schauenstein. El tribunal superior de Viena remitió los autos a la facultad de medicina. Ésta no desmintió la presencia de arsénico, pero dictaminó que la metodología empleada en el laboratorio originario adolecía de graves vicios para erigirse en fundamento inequívoco de un fallo condenatorio. La sentencia fue revocada y se ordenó un nuevo análisis pericial.
Los tejidos reservados para este segundo examen eran harto más escasos. Otros dos químicos hallaron en ellos antimonio y una proporción ínfima, aunque mensurable, de arsénico. Los cuatro peritos acabaron coincidiendo en la presencia de al menos dos granos de arsénico en el organismo. Sin embargo, los facultativos médicos discreparon acerca de la causa etiológica del fallecimiento: uno atribuía el deceso al tóxico administrado en vida de Marie; el otro sostenía que la incertidumbre científica impedía formular tal aserto. El tribunal dictó no obstante una segunda condena a presidio perpetuo. El tribunal superior anuló nuevamente el fallo, razonando que la discordancia entre los médicos debía dilucidarse con carácter previo a cualquier veredicto de culpabilidad. La fiscalía recurrió este nuevo reenvío, mas la corte suprema lo confirmó. Se elevó así una segunda consulta a la facultad de medicina de Viena, cuya resolución concluyó que, a la vista de los vestigios disponibles, resultaba imposible certificar que Marie Nickl hubiese muerto envenenada por arsénico.
Habían transcurrido dos años desde la firma de la póliza. El contrato subsistía en autos, así como el frasco de veneno incautado en la botica y las testificales sobre las pócimas dispensadas a la víctima. No obstante, al término de la cadena de análisis e instancias, los jueces ya no disponían de la certidumbre toxicológica sobre la que se sustentó la primera condena. Un mismo expediente había desembocado dos veces en una condena de reclusión perpetua, antes de que las excepciones de la defensa constriñeran a las magistraturas a dirimir la causa sustantiva del deceso.
La distinción resultaba técnica y sutil, pero procesalmente decisiva. La comprobación material de un veneno en los despojos no demostraba por sí sola que éste hubiera causado la muerte; una causa mortis no acreditada de forma indubitada hacía inviable la condena por delito de envenenamiento. El 30 de agosto de 1859, el tribunal decretó el sobreseimiento de la causa y ordenó la inmediata excarcelación de Therese. El cronista del Nuevo Pitaval censuró agriamente este desenlace: convencido de la culpabilidad de la madre, achacó el fracaso judicial a la torpeza del primer peritaje químico. Una indignación moral impregna toda su crónica, desde los retratos de los encartados hasta sus juicios de conducta. Con todo, la documentación procesal que él mismo transcribe impide elevar su íntima convicción a verdad histórica indiscutible.
El epílogo de la crónica añade que, en 1860, Therese Braun fue condenada a nueve meses de prisión por el robo de un collar de perlas a su patrona. Este fallo posterior atañe a un hecho enteramente ajeno, probado por testimonios concluyentes, y en modo alguno zanja el misterio del fallecimiento de Marie. El hurto del collar recibió su castigo; la muerte de la joven quedó para siempre sin culpable judicial.
