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Justicia y escándalos · Inglaterra

El fuego ardiente de Gloucester

En 1555, bajo el reinado de María Tudor, el antiguo obispo de Gloucester John Hooper es conminado a renunciar a sus convicciones reformadas. Tras dieciocho meses de reclusión y la oferta de un indulto condicional, rechaza la abjuración y es conducido a la hoguera en la misma ciudad donde había ejercido su prédica.

El 9 de febrero de 1555, John Hooper pidió que se añadiese más leña al fuego. Se hallaba atado al poste, con las piernas ya abrasadas, y los haces de leña verde habían tardado en prender. «Por el amor de Dios, buena gente, dadme más fuego», consigna George Borrow en su compilación de 1825.

La pira debía levantarse ante el College of Priests de Gloucester, en la diócesis donde Hooper había predicado. El lugar devolvía al condenado al corazón mismo de su antiguo ministerio. Había recorrido Europa huyendo de las persecuciones religiosas y luego regresado a Inglaterra cuando el reinado de Eduardo VI abrió paso a la Reforma. Había sido nombrado obispo de Gloucester y de Worcester. Bajo María Tudor, las doctrinas que había impartido se convirtieron en la causa de su encarcelamiento y de su muerte.

Hooper había cursado estudios de teología en Oxford. Al comenzar a cuestionar ciertos dogmas y prácticas de la Iglesia de Roma, se vio obligado a abandonar la universidad y partir hacia Alemania. Más tarde se estableció en Suiza, donde permaneció hasta la muerte de Enrique VIII. Al retornar a Inglaterra, se consagró a la predicación reformada. El joven Eduardo VI lo promovió a dos sedes episcopales, primero Gloucester y luego Worcester, recompensando el celo que la crónica le atribuye.

El advenimiento de María mudó su suerte en muy breve tiempo. Los doctores Heath y Bonner, prelados apartados durante el reinado precedente, interpusieron recursos contra él. El propio Hooper había denunciado a Bonner ante Eduardo VI por no acatar las leyes entonces vigentes; Heath, por su parte, había sido despojado de su diócesis. Hooper fue convocado a Londres para responder a los cargos. Sus allegados le aconsejaron evitar la capital. Conocía los peligros que entrañaba la restauración de la influencia católica y le era dado huir de nuevo; sin embargo, según las palabras que Borrow pone en su boca, replicó que en otro tiempo había huido, mas ahora se hallaba llamado a permanecer junto a su grey.

Su primera comparecencia ante el consejo presidido por Gardiner versó sobre su matrimonio y sobre la presencia corporal de Cristo en la eucaristía. Preguntado sobre si se hallaba casado, Hooper respondió afirmativamente, añadiendo que no se separaría de su esposa hasta que la muerte los apartara. Al ser interrogado sobre el fundamento de su rechazo a la doctrina eucarística, invocó las Escrituras y citó las palabras de Pedro recogidas en los Hechos de los Apóstoles (3, 21). Los secretarios tomaron nota de sus respuestas. Una elección del fuero íntimo y una divergencia teológica pasaban así a engrosar el mismo expediente.

Gardiner le brindó un camino de retorno. Si renunciaba a los errores propagados bajo el reinado anterior, reconocía la supremacía del papa y se reconciliaba con la Iglesia católica, podría gozar del favor de la reina, la bendición pontificia y la restitución en su cargo. Hooper rehusó. Declaró que no podía reconocer como cabeza de la Iglesia a aquel cuyas doctrinas, a su juicio, contradecían las de Cristo. Añadió que se sometía a la clemencia de la reina por cualquier ofensa que hubiese podido cometer inadvertidamente, pero no a expensas de lo que consideraba su conciencia ante Dios.

La amenaza no tardó en manifestarse sin tapujos. Se advirtió a Hooper de que la reina no concedería gracia alguna a quienes desconociesen la jurisdicción pontificia. Convocado por tercera vez ante Gardiner y los comisionados, se mantuvo inflexible. Se decretaron su degradación y su entrega al brazo secular. En Newgate, en la capilla de la prisión, el obispo de Londres consumó el rito preceptivo. Permaneció recluido dieciocho meses y padeció intensos dolores ciáticos que Borrow atribuye a las penalidades del cautiverio.

Se dispuso que la ejecución tuviera lugar en Gloucester. Semejante regreso entrañaba una crueldad manifiesta: Hooper debía expirar en la diócesis donde había enseñado, a la vista de aquellos a quienes había inculcado las doctrinas que ahora se le exigía abjurar. Una escolta de guardias de la reina lo condujo hasta la ciudad y, a su llegada, lo alojó en una posada.

Sir Anthony Kingston, uno de los comisionados designados para presenciar la ejecución, acudió a visitarlo. Había sido un antiguo amigo. Borrow refiere que rompió en llanto al divisar a Hooper. Kingston le encareció que aceptase la única salida que aún concebía: renegar de sus posturas para salvar la vida. Hooper contestó que no estaba dispuesto a apartarse de las doctrinas que había sembrado en la diócesis. Rogó más bien a su amigo que orase para que se mantuviera firme hasta el fin.

Esa misma noche, los guardias hicieron entrega de Hooper a los alguaciles de Gloucester. El alcalde y los miembros de la corporación municipal acudieron a presentarle sus respetos. Él les recordó lo que antaño les había transmitido y suplicó que un fuego ardiente abreviara su agonía, exhortándolos a no dejarse abrumar por su destino. Les pidió, antes bien, que se alegrasen de que pudiese padecer por una causa que juzgaba gloriosa. Tras esta entrevista, se retiró a un aposento y durmió algún tiempo; luego se levantó para rezar y meditar en soledad.

Llegada la mañana fijada para la ejecución, los comisionados le mandaron recado de que se dispusiera. Cerca de una hora después, fue conducido desde la posada hasta el cadalso, vestido con una túnica prestada por su huésped, un sombrero en la cabeza y un bastón en la mano. Cojeaba a causa de los dolores de la ciática. Una densa multitud se había congregado. Borrow afirma que las lágrimas asomaban a casi todos los ojos. Hooper advirtió que aquellas gentes acaso acudían para escuchar una vez más su palabra; en el pasado les había predicado lo que tenía por doctrina divina, y era precisamente por negarse a desmentirla por lo que ahora se le condenaba. Con todo, no se le permitió dirigirles la palabra.

Se arrodilló para orar. Llevaron ante él una caja que, según se decía, contenía el indulto real supeditado a su retractación. Hooper pidió que la apartaran. Lord Chandos ordenó proseguir, pero el condenado reclamó el tiempo necesario para concluir su plegaria. Púsose en pie, se despojó de sus ropas hasta quedar en camisa y colocó la pólvora que un guardia le había entregado dentro de una vejiga, entre las piernas y bajo los brazos. Acto seguido lo ataron al madero. Invitó a la concurrencia a rezar con él el Padrenuestro.

Cuando el verdugo le imploró perdón, Hooper respondió que jamás le había infligido agravio alguno. El ejecutor explicó que tenía la encomienda de prender la hoguera. «En ello no me ofendes», repuso Hooper, instándole a cumplir con su cometido. Tomó un haz de cañas bajo cada brazo y señaló dónde debía colocarse el resto. La leña era verde y tardó en inflamarse; el fuego demoró en prender las cañas en torno al cuerpo y el suplicio se prolongó penosamente. Hooper oraba. Soplaba un viento recio; según Borrow, la parte inferior ardió primero, mientras las llamas apenas alcanzaban el torso. Fue preciso encender un nuevo fuego con más leña. Fue entonces cuando clamó por más combustible.

El gentío atendió a su súplica y allegó nuevos haces; el fuego terminó por envolver la parte superior de su cuerpo. Borrow relata que en ese instante Hooper repitió: «Señor Jesús, ten piedad de mí», y luego: «recibe mi espíritu». El cronista calcula que el tormento se prolongó casi una hora. La lengua se le hinchó de tal modo que no pudo articular más palabras; sin embargo, sus labios continuaron moviéndose. Finalmente, se desplomó ante la multitud.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto de Borrow consigna el 9 de febrero de 1555 y el relato fija esta fecha como la del suplicio. La fuente indica que Hooper permaneció cautivo dieciocho meses, que Gardiner y los comisionados le ofrecieron la rehabilitación a cambio de su retractación y que fue quemado en Gloucester. El capítulo presenta un retrato de corte hagiográfico y palabras puestas en boca de los protagonistas; la lectura se ha ceñido a dicho capítulo particular, sin extenderse al volumen completo ni a fuentes contemporáneas adicionales.

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