Al pie de una tapia del jardín, un cuervo tiraba de un pedazo de lienzo enterrado. Un soldado que pasaba junto a la casa del castellano de Bourg-en-Bresse se detuvo a observar qué había encontrado el ave. La tela ofrecía resistencia; apartó la tierra y descubrió los restos óseos de un recién nacido, envueltos en el tejido. El animal había señalado el cuerpo que los magistrados aún no poseían.
Este hallazgo no sobrevino en un hogar ajeno a las sospechas. Desde octubre de 1624, la villa murmuraba acerca de Hélène Gillet, una joven de veintiún años según la relación del Pitaval. Ciertas mujeres habían creído advertir en ella los signos de una preñez; luego, tales indicios se habían desvanecido. Se hablaba de ello en todas partes, afirma el compilador, salvo en presencia de Hélène y de sus padres. El padre era castellano real en Bourg y la familia gozaba de intachable reputación. Dicho contraste volvía el rumor aún más acuciante: se ansiaba saber qué había ocurrido, pero la habladuría ya empezaba a hacer las veces de certeza.
De los signos al lienzo marcado
Los magistrados hicieron examinar a Hélène por varias parteras. Estas dictaminaron que se había producido un parto, ocurrido probablemente unas dos semanas antes. Hélène fue arrestada. En su primera declaración, relató que un joven vecino, quien acudía a enseñar escritura y cálculo a sus hermanos menores, había intentado seducirla. Aseguró haber rechazado sus pretensiones. Según su testimonio, el hombre sobornó a una criada de sus padres, la cual lo encerró en su aposento; sorprendida por su irrupción, Hélène perdió el conocimiento y sufrió una violencia que no pudo impedir. Negó, no obstante, haber quedado encinta y haber dado a luz.
Los jueces no contaban por entonces con ningún cadáver. El compilador estima que, a falta de cuerpo, Hélène habría sido absuelta provisionalmente con toda probabilidad. El dictamen de las parteras, la desaparición de los supuestos signos de gravidez y el relato de la agresión constituían un haz de indicios; mas no probaban por sí solos el nacimiento de un niño. De ahí que el hallazgo del jardín cobrara un peso decisivo.
El soldado explicó que el ave regresaba con insistencia al mismo paraje después de haber sido ahuyentada. Vio asomar del suelo una tela blanca. Los magistrados ordenaron desenterrar los restos del pequeño y el lienzo. La criatura se hallaba envuelta en una camisa de mujer. El tejido, su calidad, corte y dimensiones coincidían con las camisas de Hélène; y, sobre todo, llevaba bordadas las iniciales H. G., idénticas a las suyas. El lienzo anudaba así un cuerpo oculto a una persona a quien el recelo público ya señalaba.
La recopilación no presenta, sin embargo, esta pieza como una certidumbre incontestable. Enumera hipótesis contrarias: los signos observados podían obedecer a otras causas; el examen de las parteras podía ser erróneo; los despojos podían pertenecer al hijo de otra mujer, sepultado junto al jardín dentro de una camisa hurtada. La coincidencia entre la fecha presunta del parto y la de la agresión declarada por Hélène reforzaba la sospecha, pero no disipaba todas las alternativas. El propio relato establece la distancia entre una presunción y una prueba fehaciente, mostrando a continuación cómo los jueces salvaron ese abismo.
El 6 de febrero de 1625, el tribunal del crimen de Bourg condenó a Hélène Gillet a morir decapitada por la espada, acusada de ocultación de embarazo e infanticidio. Tras dictarse la sentencia, confesó haber quedado encinta a raíz de la agresión. Explicó que, por temor a sus padres, había postergado de un día para otro el trance de hablarles. Una noche, sola y desasistida, dio a luz en su habitación. Al volver en sí, no halló señal alguna de vida en la criatura. Afirmó haberla envuelto en una camisa y enterrado cerca del jardín para salvaguardar su honra; negó en todo momento haberle quitado la vida.
Esta tardía confesión desplazaba los términos del litigio sin anular la condena. Admitía el alumbramiento y la sepultura clandestina, mas impugnaba el homicidio. Con todo, el Parlamento de Dijon confirmó la sentencia el 12 de mayo de 1625. A tenor de la recopilación, un edicto que se remontaba al reinado de Enrique II castigaba como asesinato la ocultación de embarazo y de parto, incluso cuando la madre aseveraba que la criatura había nacido muerta. Añade el texto que dicho edicto debía leerse cuatro veces al año en los templos. No se conserva auto alguno que permita deslindar punto por punto los motivos del tribunal de Bourg de los del Parlamento; es la crónica la que vincula la confirmación al edicto mencionado.
El golpe fallido
Los habitantes de Bourg y sus contornos, que hasta entonces habían tenido a Hélène por una doncella intachable, daban crédito a sus palabras y la consideraban víctima de un seductor. El tribunal había fallado en sentido opuesto. La recopilación pasa seguidamente a la ejecución, sin precisar el lugar exacto donde se alzó el cadalso. Hélène subió a él con la sentencia confirmada, mientras el pueblo llano se negaba a ver en ella a una parricida.
El verdugo, según el Pitaval, temblaba hasta el extremo de implorar el perdón de Hélène. Al asestar el primer golpe, la hirió en el hombro en lugar de cercenar el cuello; arrojó la espada y suplicó que le diesen muerte. Su propia esposa, no obstante, lo apremió a reanudar la faena. Hélène volvió a colocarse y el sayón alzó el arma por segunda vez: volvió a errar el golpe, abandonó la espada y huyó del patíbulo de un salto para refugiarse en una capilla próxima. La muchedumbre ya rugía; la mujer del verdugo, que permanecía junto a la reo, intentó consumar por su mano la ejecución. Pasó una soga al cuello de Hélène, la golpeó y la acometió a tijeretazos. La crónica refiere nueve o diez heridas, sin tildarlas de mortales. Llovían piedras; el gentío se abalanzó sobre el tablado y arrancó a Hélène de manos de la mujer. El verdugo y su cónyuge fueron, a su vez, linchados a golpes.
Hélène fue trasladada a casa de un cirujano. Este halló numerosas lesiones, mas ninguna de gravedad letal. Al recobrar el sentido, el relato pone en sus labios estas palabras: «Bien sabía yo que Dios vendría en mi auxilio». La frase nada zanja en el orden procesal. Señala únicamente el retorno a la palabra de una condenada que, por dos veces consecutivas, había ofrecido la garganta al filo de la espada.
El motín la había librado materialmente del suplicio, pero no había revocado la sentencia. El compilador apunta que los magistrados habrían podido mandar traer a otro verdugo para consumar el castigo. Semejante apreciación le pertenece por entero. Para Hélène, el período subsiguiente fue de custodia y espera: el Parlamento debía reanudar sus sesiones, al tiempo que sus allegados imploraban la gracia del soberano.
El calendario brindó una tregua. Al día siguiente de la fallida ejecución comenzaban las vacaciones ordinarias del Parlamento, según la crónica. Hélène quedó bajo la custodia de un alguacil. Sus valedores aprovecharon el receso judicial para elevar su súplica a la corte. La hermana de Luis XIII contraía nupcias con Carlos I de Inglaterra; los fastos del enlace ofrecían al monarca una propicia ocasión de clemencia, apunta el cronista, y la desventura de la condenada despertó el interés de los mediadores.
En mayo de 1625, el rey le otorgó un indulto pleno y la anulación de la causa. Las cartas de perdón, según las reproduce la crónica, declaraban nula y sin efecto la instrucción incoada en su contra, así como la sentencia capital, restituyéndola en su honor civil. Se invocaban su juventud y la flaqueza de su sexo, los tormentos ya padecidos, la intachable reputación de sus progenitores y la confianza en que abrazaría en adelante una vida piadosa. Se recordaba asimismo el júbilo regio derivado del regio desposorio. La resolución borraba jurídicamente la condena; nada decía, empero, sobre cómo había muerto la criatura.
La memoria del suceso pervive escindida en dos vertientes que jamás llegan a coincidir. De un lado, la camisa con las iniciales H. G., tenida por prueba plena por los jueces; del otro, la confesión de Hélène, quien admitió haber ocultado el alumbramiento pero sostuvo que el recién nacido yacía ya sin vida. El indulto restauró su nombre sin resolver esta última incógnita. En el jardín, el cuervo había sacado el lienzo a la luz. Siglos después, el relato conserva los indicios, el veredicto y la gracia real, mas no concede al lector medio alguno para reconstruir el instante preciso en que se apagó el hálito de la criatura.
