En la noche del 26 al 27 de marzo de 1767, dos recién nacidos fueron depositados ante la puerta de una granja de Gassicourt, cerca de Mantes. La crudeza del frío les segó la vida antes del alba. Se indagó quién los había abandonado allí; muy pronto, el rumor señaló a una joven de Mantes cuyo cuerpo acababa de mudar de improviso. Thérèse Famin, convertida en madame Lencret, se vio acusada de haber dado a luz en secreto y de haber hecho desaparecer a las criaturas. El proceso jamás demostró que los dos pequeños muertos de Gassicourt fuesen suyos. No obstante, el caso habría de conducir primero a una condena a muerte y, más tarde, a la absolución.
La recopilación del Pitaval se abre con una escena insólita, referida según la versión de la familia. Un recluso se habría evadido de la cárcel vecina, habría ganado el jardín de los Famin y penetrado en la cocina. Thérèse, que se hallaba sola, lo habría visto, se habría desvanecido y habría permanecido convaleciente durante largo tiempo. El hombre desapareció sin ser identificado; ningún testigo corroboró el suceso. Aquella narración sirvió después para justificar la brusca hinchazón de su vientre, que los médicos de Mantes achacaron en un principio a una dolencia: la hidropesía.
Thérèse padecía, menguaba de carnes y no respondía a los remedios. Se llamó al cirujano Barrier y, más tarde, al doctor Offline. Probaron curas domésticas, sangrías y otras pócimas. Viendo que el mal empeoraba, solicitaron un reconocimiento más minucioso. La joven habría consentido; su padre se opuso, temeroso de que tal diligencia expusiese a su hija a la sospecha pública. Los facultativos no forzaron la resolución. Transcurrieron los días, y el estado de Thérèse se convirtió en la comidilla de la ciudad antes siquiera de que la villa supiese qué juicio formarse al respecto.
En mitad de aquella enfermedad, el comerciante Lencret pidió la mano de Thérèse. La crónica señala que ambas familias vieron con agrado la unión y que los contrayentes parecían avenirse; insinúa asimismo, sin prueba directa, que los padres confiaban en que las nupcias mudasen la salud de la joven. Conviene dejar semejante conjetura a cuenta de su autor. Lo que consta con fecha cierta es que Thérèse desposó a Lencret y que, el 25 de marzo, alrededor de un mes después de la boda, experimentó una copiosa evacuación. El doctor Tonneau, llamado desde la casa vecina, creyó reconocer una crisis de hidropesía y prescribió diversos remedios. La familia juzgó que el mal remitía.
Dos días más tarde, se hallaron las criaturas de Gassicourt. Las pesquisas no lograron determinar la hora exacta del abandono ni rastro alguno de quien las hubiera depositado. La justicia no hallaba cómo vincular a los recién nacidos con la vivienda de Mantes. Mas la coincidencia entre el vientre hinchado de Thérèse, su aparente alivio y el hallazgo de los cadáveres brindó a la maledicencia una fábula consumada antes de que la instrucción esclareciera los hechos. Se propaló que había parido, que los galenos habían encubierto el trance y que los niños eran los de Gassicourt. La compilación refiere este discurrir como propio del vulgo, no como testimonio fehaciente.
Un teniente de policía ocupado en otros menesteres encomendó las primeras diligencias a su subalterno Merville. Este tomó declaración a los primeros testigos y levantó atestado; con posterioridad, la defensa sostuvo que carecía de atribuciones para instruir semejante acta conforme a la ordenanza francesa. El legajo bastó, empero, para decretar el arresto de Thérèse. Fue encarcelada y sometida a interrogatorio. Negó haber estado encinta o haber dado a luz. El relato antiguo alaba la firmeza de sus descargos, pero opone a su palabra el dictamen de cuatro facultativos de Mantes: un médico, un cirujano y dos comadronas, quienes interpretaron ciertas señales como indicios de un alumbramiento reciente.
Las declaraciones de los convecinos avivaron la acusación sin trabarla formalmente con los dos niños muertos. Hubo vecinos que aseguraron haber columbrado una luz errante en la morada de los Famin durante la noche; otros creyeron oír vagidos de recién nacido y a una mujer clamando al cielo. Tales testimonios se prestaron bajo juramento, mas ninguno describió criatura alguna conducida hacia Gassicourt. Ni los propios médicos coincidían en su relato: el doctor Tonneau aseveraba no haber observado sino síntomas mórbidos; el cirujano Egone negó haber sido llamado para asistir parto alguno. Al tribunal correspondía dirimir si unos indicios médicos dudosos, un rumor escuchado en la tiniebla y un atestado puesto en entredicho podían conformar juntos una certidumbre jurídica.
El tribunal de primera instancia sentenció con la pena capital. Según las actas, no declaró a Thérèse madre de las criaturas halladas en Gassicourt. La falló culpable de un parto clandestino y de la desaparición de uno o varios infantes más, de cuyo paradero y destino no se tenía noticia alguna. Aquella distinción resultaba capital: el desamparo de los gemelos muertos constituía a no dudarlo un crimen, pero no se había trabado nexo alguno con Thérèse. Por cuanto se decretó una pesquisa suplementaria sobre el origen de estos, la ejecución quedó en suspenso durante seis meses. La rea permaneció en prisión, en tanto la incógnita de los cuerpos no hallados seguía abierta.
La causa fue elevada en apelación ante el Parlamento de París. El abogado Turpin arremetió contra el modo en que Merville había practicado las primeras actuaciones. Si apremiaba proceder con presteza tras el hallazgo de las criaturas, argüía la defensa, correspondía a un oficial competente personarse en el lugar, consignar las palabras exactas de los descubridores y reconocer los alrededores. Hubieran podido rastrearse huellas, fijarse el instante del abandono y seguirse un eventual itinerario. En lugar de ello, sostenía el letrado, un atestado redactado por un agente sin potestad había compendiado los hechos al albur de sus íntimas convicciones. El cronista del Pitaval puntualiza que carece de las actas procesales para contrastar este extremo del alegato; las tachas de Turpin nos llegan, por ende, a través de dicho resumen y no por el atestado original.
La defensa pasó después revista a cada indicio. Una luz en una casa habitada por un oficial público admitía múltiples explicaciones; un lamento nocturno no revelaba quién lo había exhalado ni de dónde procedía. Nadie había visto esportilla, capote ni sombra alguna salir de Mantes con rumbo a Gassicourt. Nadie había escuchado a las criaturas a lo largo del camino. Los testigos convocados de entre los allegados a Thérèse no habían advertido preñez ni parto; el doctor Tonneau perseveraba en su juicio de una hidropesía. El defensor recordó asimismo que el padre había rehusado el reconocimiento por temor a la deshonra, y no, como sostenía el ministerio fiscal, para encubrir un nacimiento furtivo.
Se aportaron a los autos dos dictámenes atribuidos a la Facultad de Medicina de París, si bien la relación del Pitaval no ofrece más que un extracto indirecto. Censuraban la inspección practicada en Mantes: se habría llevado a cabo en una celda lóbrega y con excesivo retraso para que los prácticos pudieran certificar con certeza la consumación de un parto. Los galenos parisinos juzgaban que los signos apreciados podían obedecer a otra causa y que los peritos locales habían concluido sin sopesar debidamente la hipótesis de la hidropesía. El litigio había dejado de enfrentar a una encausada con sus vecinos; enfrentaba ya a interpretaciones médicas y reglas procesales de la prueba.
El 30 de julio de 1767, tras oír a los facultativos de París, el Parlamento absolvió a Thérèse Ismerie Famin, esposa de Lencret. La compilación no permite reconstruir la totalidad de las audiencias ni cotejar las piezas que faltan; da cuenta, no obstante, de manera inequívoca del desenlace. Los niños de Gassicourt yacían muertos, pero no se había descubierto a su madre ni su derrotero. El cuerpo de Thérèse había despertado sospechas y, después, diagnósticos irreconciliables. Su primer juicio había trocado la incertidumbre en cadalso; el segundo examinó aquellos mismos elementos y les exigió lo que en verdad probaban. La absolución no reveló quién había abandonado a las criaturas. Trazó la linde que el clamor del vulgo y un peritaje controvertido jamás debieron haber traspasado.
