Nueve fragmentos de cráneo y tres proyectiles se hallaban cosidos al primer folio de un legajo descubierto en un sótano de la vieja fortaleza de Meissen. Los documentos llevaban la fecha de 1697. Evocaban una mañana de invierno, un cuerpo abandonado en el foso de un molino y tres reos cuyas confesiones no contaban la misma historia.
El 15 de febrero, Peter Eulitz, dueño del molino de Wilßchwitz, compareció ante la magistratura hereditaria de Meissen para advertir que Erasmus Peinler, conocido como el «comerciante de huesos», yacía sin vida en su canal. Sobre el camino contiguo, la nieve conservaba huellas de sangre, pólvora y restos de papel de cartucho. Algo más lejos, unas pisadas se hundían en el manto blanco. Al otro lado del foso se abría una bodega cuya puerta, por lo común atrancada, estaba abierta de par en par. Se supuso que allí se había emboscado el homicida.
El reconocimiento del cadáver transformó pronto la sospecha en certidumbre de violencia. Tres proyectiles habían atravesado el muslo derecho: uno desgarró venas y arterias; los otros dos traspasaron la musculatura. Las balas fueron halladas entre sus ropas. El lado izquierdo del cráneo se encontraba hundido hasta tal punto que pudieron desprenderse nueve lascas de hueso, incorporadas de inmediato a los autos. Los médicos consideraron mortales de necesidad tanto las heridas de fuego como los golpes descargados con un instrumento contundente. Nada en tales pesquisas revelaba aún quién había disparado ni quién había descargado los golpes.
La investigación se extendió a quienes habían sido vistos en los alrededores. La víspera por la noche, dos jinetes habían jugado y bebido hasta las once en una posada de Staucha. Portaban espadas, mas no armas de fuego; se los describió como sujetos sosegados y de buen humor. Dos guardas que hacían ronda en el patio del inspector de maderas, en Staucha, declararon después haber oído, hacia las tres de la madrugada, un disparo que provenía del foso, seguido de un gemido: «¡Ay, ay!». Prosiguieron su camino creyendo que se castigaba a un criado o que se había abatido una liebre. Poco después, percibieron el ruido sordo de repetidos golpes.
Al día siguiente, surgió otra pista. Un jinete llamado Matthes Möbius había enviado una carabina quebrada a un cerrajero de Mügeln, rogando que se la reparase con presteza. La muchacha que cumplía el recado alegó que su amo había rodado por la escalera y roto el arma en la caída. Interrogado al respecto, Möbius puntualizó que la carabina pertenecía en realidad a Michael Beck, jinete de otro regimiento. Beck fue emplazado por su auditor militar y reconoció de inmediato haber dado muerte a Peinler en compañía de Hans Weinert, a instancias de la esposa de la víctima.
La confesión guio a los oficiales hasta la hostería de los Peinler. Allí sorprendieron a Weinert sentado a la mesa y prendieron a la viuda, Maria Peinlerin, aún postrada en cama junto a su recién nacido. Ambos militares comparecieron ante la justicia de guerra; la viuda fue interrogada en Meissen. Los tres admitieron su concurso en el crimen, pero sus declaraciones diferían de tal suerte que las autoridades hubieron de ordenar careos. El relato que emana de estos autos refleja una instrucción en la que cada cual se esforzaba por matizar el alcance de su culpa.
Maria contaba veinticinco años y aseguraba haberse desposado con Peinler por imposición paterna, sin amor. El marido, a juzgar por los testimonios y autos incorporados, gozaba de fama de ladrón y receptador. Se murmuraba que había robado un ternero en un molino cercano para luego invitar al molinero y servírselo a la mesa. También se le atribuía el hurto de un arma en la hacienda de Carlowitz y el amparo sistemático de maleantes para colocar su botín. Se trata, no obstante, de cargos y rumores asentados por el compilador, que no deben confundirse con sentencias firmes.
Maria sostenía que desaprobaba tales tráficos y rehusaba tomar parte en ellos. Declaró que su esposo la apremiaba para malvender los efectos robados, amenazándola con golpearla si se negaba. Las actas la muestran al principio hostil hacia Weinert, cliente habitual de la taberna a quien Peinler pretendía enrolar en sus fechorías. Más tarde, los recelos y las disputas mudaron, según las deposiciones, en un ilícito comercio amoroso entre la mujer y el jinete. Maria concibió la idea de deshacerse de su esposo; Weinert convino en ello, temeroso a su vez de las delaciones de Peinler.
Varias tentativas fracasaron. Maria llegó a sugerir que Weinert matara al marido durante un falso allanamiento, para que se creyera abatido por los dueños de la casa. En otra ocasión, introdujo en su faldriquera pan con manteca envenenado. Ninguna de estas trazas surtió efecto. Los conjurados acudieron entonces a Beck, pues Weinert temía enfrentarse a solas con un hombre forzudo, armado y desconfiado. Los tres acordaron tenderle una emboscada junto al paso del canal.
El 14 de febrero, Peinler previno a su esposa de que partiría al alba hacia Meissen. Ella mandó recado a Weinert por medio de su hija de nueve años; el soldado envió a Beck en su lugar. Según la declaración de este último, Maria le preguntó si aún mantenían la resolución de disparar contra su marido. Él le advirtió de que se arriesgaba a ser interrogada y arrastrarlos a todos en su caída; ella aseguró que guardaría silencio. Beck y Weinert pasaron la velada bebiendo y luego se ocultaron en el pajar, sobre jergones que la mujer les había dispuesto. Hacia las dos de la madrugada, les subió un vaso de aguardiente. Más tarde, les hizo señas desde la ventana indicándoles que Peinler había almorzado y se ponía en camino.
Los dos soldados ganaron la bodega abierta junto al canal. Weinert hizo fuego primero; luego Beck descargó la carabina. Malherido, Peinler gritó e intentó ganar el talud. Weinert le disparó de nuevo con una pistola. El hombre cayó de espaldas al foso. Los dos jinetes bajaron tras él y le machacaron la cabeza hasta que dejó de moverse. El testimonio atribuido a Beck refiere que el cañón del arma de Weinert se dobló por la violencia del envite y que un trozo de la culata saltó hecho astillas. Despojaron al cadáver de las escasas monedas que llevaba y dejaron intactos los libros y las manzanas guardados en su zurrón. Por último, empujaron el cuerpo más hondo en el canal, lo cubrieron con nieve y huyeron.
La mujer dio a luz poco después. El capellán, temiendo por su vida, aconsejó que se le ocultara el homicidio. Pasaron algunos días antes de que Weinert se deslizara hasta su lecho para revelarle lo acontecido. Las declaraciones posteriores discrepan sobre la actitud de ella tras el crimen. Beck aseveró que fingía abatimiento ante los extraños, mas se mostraba alegre en privado; ella replicó que no había representado duelo alguno, si bien reconoció el alivio de verse libre de su marido y de sus deudas. Sometida a interrogatorio, admitió haber conculcado los mandamientos divinos y declaró que merecía castigo como homicida y adúltera: «Sí, por cierto».
El sumario recoge asimismo las confesiones de los jinetes y recuerda que estaban juramentados bajo las ordenanzas de guerra. Con todo, la última página del legajo no consigna sentencia ni fecha de ejecución para Beck y Weinert. Las actas conservadas, tal como las compendia el libro, guardan silencio sobre su desenlace procesal. Este vacío deja inconcluso el expediente, a pesar de la minuciosidad de los interrogatorios y las pruebas materiales.
En cuanto a Maria, el rastro documental resulta inequívoco. Oída su defensa, los jurisconsultos de Leipzig consultados por el tribunal dictaminaron que, de perseverar en su confesión o quedar acreditada su culpa por otros medios, fuese metida en un saco en compañía de un perro, un gallo, serpientes y un gato, y sumergida en el agua. Su súplica de trocar esta pena por la decapitación fue denegada. Se le autorizó a despedirse de su madre y de sus hijos, disponiéndose que un diácono la reconfortase. Un asiento del registro con fecha de 23 de julio de 1697 certifica que fue metida en un saco y ahogada en el Elba con arreglo a la sentencia.
La última partida contable pormenoriza los honorarios del verdugo: tres groschen por las sogas y la tela del saco; cuatro groschen y seis pfennigs por las tallas de un perro, un gallo, una serpiente y un gato, ejecutadas por un escultor. Los animales, aclara la nota, ya no se arrojaban vivos al agua: se labraban efigies en su lugar. Sobre el papel amarilleado por los siglos, los fragmentos del cráneo y las balas precedían a las cuentas de la ejecución. El legajo no resuelve el destino de los dos soldados; preserva, en cambio, la constancia fidedigna del castigo infligido a Maria y de las figuras talladas para sustituir a las bestias que ya no se arrojaban al río.
