La carta no pedía perdón. Pedía una sierra.
Daniel Dawson escribía a su esposa desde su celda de condenado a muerte. Una pequeña sierra de costilla, decía, lo bastante fina para cortar un barrote; unos trozos de césped para disimular su entrega; una cuerda larga, anudada a intervalos regulares, que un cómplice arrojaría por encima del muro. Había calculado la hora en que los carceleros abrirían las puertas y el tiempo que tardarían en advertir su ausencia. En el relato de Camden Pelham, publicado en 1887, esta carta es la última tentativa de un hombre cuya condena ya había clausurado casi todas las salidas.
El crimen que lo había conducido hasta allí no comenzaba con un ataque contra un semejante. Dawson gravitaba en torno a los caballos de carreras y las apuestas. Pelham lo presenta inicialmente como un informador de apostadores modestos: recababa entre mozos de cuadra y otros empleados noticias que sus clientes esperaban provechosas. Cuando hubo amasado algún dinero, apostó por cuenta propia. El cronista juzga su educación y sus compañías; este retrato social pertenece a Pelham, no a una pieza acusatoria que podamos contrastar aquí. El hecho medular que su relato le atribuye es más simple: para ganar, Dawson habría resuelto incapacitar para la carrera a los caballos rivales.
Pelham sitúa en abril de 1811 la jornada en que Dawson vertió una gran cantidad de solución de arsénico en un abrevadero. Dos caballos, pertenecientes a Lord Foley y a Sir F. Standish, debían beber de allí. La sustancia era tan potente que el efecto no se redujo a frenarlos: los animales murieron. Este desenlace transformó un proyecto de sabotaje en un envenenamiento letal. El texto no describe a las bestias ni su agonía; tampoco ofrece el nombre del paraje, la hora precisa o el pormenor de las apuestas. Fija la secuencia esencial: un abrevadero común, un veneno, dos propietarios de caballos de carreras y una muerte que sobrepasó el designio perseguido según el propio Dawson.
Las sospechas recayeron sobre Dawson y Cecil Bishop, su compinche. A decir de Pelham, Bishop formuló una confesión completa y acusó a Dawson de haber envenenado ya, en 1809, un caballo perteneciente al señor Adams, en Royston. Aportó otros datos que, según el compilador, articularon una cadena de pruebas convincente. Estas palabras resumen la apreciación de Pelham; el capítulo no reproduce la confesión ni las declaraciones que habrían de confirmarla. Bishop fue admitido como testigo de la Corona. El curso ulterior del proceso, tal como lo traslada el libro, desglosa con nitidez dos imputaciones que una síntesis apresurada podría confundir con facilidad.
En las asambleas judiciales de Cambridge, durante la Cuaresma subsiguiente, Dawson compareció en primer lugar como autor principal del envenenamiento de 1811. Pelham indica que la acusación lo presentaba como autor principal de aquel lance de 1811, pero que los debates solo lo señalaron como cómplice accesorio (accessary); fue absuelto de este cargo. No obstante, permaneció bajo custodia por otro motivo: el de haber emponzoñado caballos en 1809. En agosto de 1812, fue conducido ante el tribunal del jurado en virtud de este segundo pliego de cargos. En esta ocasión, fue declarado culpable y condenado a muerte. La crónica no menciona a los testigos oídos en esta vista ni el modo en que el jurado sopesó la palabra de Bishop. No permite, por tanto, reconstruir los debates más allá de esta sucesión de acusación, absolución, nuevo enjuiciamiento y condena.
Dawson albergó durante algún tiempo la esperanza del indulto. Pelham asocia este anhelo a las comunicaciones recibidas por Lord Foley, quien consintió en respaldar la petición de clemencia. El relato omite el contenido de tales intercambios y el motivo exacto de la mediación. La gestión resultó estéril. Es entonces cuando la soga y la sierra irrumpen en la historia. La misiva dirigida a su esposa detalla un plan minucioso: ocultar la herramienta entre terrones de césped, hacérsela llegar, serrar un único barrote y reunirse después con un hombre que sostendría una cuerda desde el otro lado de la tapia. Dawson elegía una noche de lluvia y describía incluso los nudos destinados a facilitar la escalada.
El plan dependía primordialmente del ingreso clandestino de la sierra. El carcelero descubrió la carta en manos de la esposa de Dawson. Pelham explica que sus sospechas se habían avivado ante la conmoción desusada de su despedida. Este detalle atañe a la narración del compilador; carecemos de otro testimonio sobre lo sucedido entre los cónyuges o sobre el grado de conocimiento que ella tenía del proyecto. Mas la carta basta para constatar lo que Dawson maquinaba; su interceptación impide al relato erigir la tentativa en una fuga consumada. Las puertas no fueron franqueadas; el muro jamás se escaló.
Una vez desbaratado el ardid, refiere Pelham que Dawson acarició la idea del suicidio. El capellán, según el texto, logró disuadirlo. El reo se resignó en adelante a su suerte, sin dejar de negar que hubiese querido causar la muerte de los caballos. Alegaba que tan solo pretendía impedirles la victoria. Semejante defensa no desmiente la administración del tóxico tal como Pelham la traslada; versa sobre la intención y sobre el abismo entre el desenlace concebido y el sobrevenido. Los animales perecieron. El texto retiene esta distinción sin aportar los autos que permitirían aquilatar cada pormenor.
Los postreros días adoptan, bajo la pluma de Pelham, la forma de un cuadro de piedad. Dawson rezaba, confiaba en el perdón divino, tomó un sustancioso almuerzo la mañana de su ejecución y recibió el sacramento. Se anudó al cuello una cinta negra de una yarda, cuyo destinatario debía ser su esposa. El volumen no precisa la fecha exacta del suplicio. Señala únicamente que a mediodía, en jornada de mercado, Dawson fue conducido al cadalso alzado en lo alto del castillo de Cambridge, ante una nutrida concurrencia. Rindió la vida sin forcejeos.
El relato concluye en ese punto, sin retornar al abrevadero de abril de 1811 ni a los caballos inertes. Nos lega un procedimiento en dos tiempos, cuyo primer acto concluye con una absolución y el segundo con una condena, amén de una carta de fuga desbaratada antes de cobrar forma de evasión. Pelham clausura su capítulo con la muerte del ajusticiado; las piezas judiciales y las declaraciones testimoniales faltan en nuestro expediente. El último barrote que Dawson soñaba con cercenar no fue la única frontera de su historia: entre el cargo de 1811 y la condena por los sucesos de 1809, la fuente deslinda dos causas que el lector debe conservar rigurosamente separadas.
