Entre las nueve y las diez de la noche del 6 de octubre de 1769, una mujer abordó a Joseph Baretti en el Haymarket y le pidió una copa de vino. Según Elizabeth Ward, la mujer lo asió de manera indecorosa. Baretti siguió su camino, pero luego se volvió y golpeó a Ward en el rostro. Ward gritó. Tres hombres acudieron de inmediato y le increparon cómo se atrevía a golpear a una mujer. Lo empujaron fuera de la acera. La escena, que había comenzado como una simple disputa callejera, devendría en un proceso judicial donde cada cual recordaría de forma distinta el instante preciso en que apareció un cuchillo.
Thomas Patman había pasado la velada con John Clark y Evan Morgan. Vio a Baretti golpear a una mujer a la que no conocía. Según su testimonio, Morgan y Clark lo empujaron hacia Baretti; este le asestó un golpe en el costado izquierdo. La sangre le corrió hasta el zapato. Patman gritó que estaba herido. Baretti retrocedió. Morgan lo persiguió casi hasta la mitad de Panton Street; fue allí, ante los ojos de Patman, donde Baretti asestó a Morgan la herida que lo hizo desplomarse.
Ward había oído a los hombres gritar que el agresor había empuñado un cuchillo y que era preciso detenerlo. Creía que Morgan había sido apuñalado en ese instante. Clark corroboró parte de lo sucedido, mas su contrainterrogatorio sembró dudas sobre el orden cronológico. Reconoció haber declarado ante el juez de instrucción que Morgan había sujetado a Baretti antes de que él mismo supiera de la herida de Patman. Una mujer, añadió, había exigido que le partiesen la cabeza al reo con un zueco. La calle se había transformado en una cacería multitudinaria, mas los testigos disentían acerca de quién asestó el primer golpe y sobre el momento en que Patman advirtió su propia herida.
La muchedumbre corrió hacia Panton Street. Baretti se refugió en una tienda de ultramarinos. Un alguacil, el señor Lambert, lo halló allí con un cuchillo en una mano y una vaina de plata calzada sobre la hoja ensangrentada. Patman aguardaba en el umbral, con la camisa empapada en sangre, clamando que un caballero dentro del local lo había apuñalado. Lambert conminó a Baretti a entregarse. El italiano acató la orden y el agente lo condujo ante el magistrado.
Morgan fue trasladado al hospital de Middlesex. Un convaleciente declaró haber oído decir al herido que había visto a Baretti arremeter contra dos mujeres. Había intervenido sin intención de ultrajarlo, aseguraba; Baretti lo había herido en dos partes del cuerpo y luego una tercera vez, siendo este último golpe el más grave. El cirujano Wyatt confirmó que Morgan presentaba tres heridas. La que perforó el abdomen le causó la muerte. La causa, por tanto, no atañía únicamente al terror vivido en la vía pública; había desembocado en el fallecimiento de un hombre que, según el testimonio indirecto recogido en el hospital, solo había acudido a mediar en una reyerta.
Aquel otoño, en Old Bailey, Baretti compareció acusado de asesinato. Él mismo dio lectura a su alegato de defensa. Refirió haber estado trabajando en su gabinete en la reedición de su diccionario italiano-inglés, tras lo cual salió para acudir al club de los académicos reales en Soho. Había aguardado a sus amigos, pasado por el Orange Coffee House a recoger su correspondencia y reanudado el paso hacia el club. En el Haymarket, relató, una mujer le tocó de improviso de forma obscena. Le dio un golpe en la mano; ella lo colmó de improperios al percatarse de su acento extranjero.
Baretti sostuvo que un individuo le propinó entonces un puñetazo en la cara, increpándole cómo osaba maltratar a una mujer. Otros se sumaron y lo empujaron hacia el arroyo de la calle. Temía, explicó, que lo arrojaran al fango cenagoso de la esquina de Panton Street y que la turba lo pisoteara. Gritó pidiendo socorro e intentó huir. Su precaria vista agravaba su pavor: temía tropezar contra los adoquines. Sus perseguidores le pisaban los talones y algunos intentaban asirle de los cabellos; se creyó perdido si lograban sujetarlo de ese modo. No supo precisar con exactitud dónde asestó los golpes al defenderse, pero recordaba haber herido a un hombre que acababa de arrancarle el sombrero. Al detenerse en Oxendon Street, divisó una tienda abierta y penetró en ella, exhausto.
Tras el interrogatorio, Fielding ordenó su traslado a la prisión de Tothill-fields. El trayecto mismo resultó accidentado: el propio Baretti narró que el cochero se extravió y hubieron de descender en mitad del barro y la negrura para encontrar el camino. Hizo valer asimismo que no intentó escapar cuando las circunstancias se lo permitían. Aquella templanza tras la refriega, unida a sus lesiones y a su petición expresa de ser arrestado, cobró peso en el descargo que expuso ante los jueces.
Reconoció portar el cuchillo, pero alegó que lo empleaba para mondar fruta y cortar dulces. Explicó que había depuesto el arma y solicitado comparecer ante sir John Fielding. Había decidido renunciar al privilegio procesal concedido a los extranjeros y someterse a un jurado enteramente inglés, adujo, para que su honor no pareciese deudor de merced alguna. «Lamento la suerte del desdichado», declaró, sin dejar de afirmar que Morgan había labrado su propia muerte con su intemperancia. Su alegato no borraba las heridas causadas; invitaba al jurado a calibrar la amenaza y el pánico de una persecución en lugar de ver en él a un pendenciero en busca de camorra.
Las marcas que cubrían su propio cuerpo fueron presentadas en corroboración de su relato. Lambert ratificó que el reo había recibido un golpe, perdido el sombrero y que presentaba el rostro inflamado. Molini, quien fue a visitarlo al día siguiente, advirtió hinchazón en la mejilla y contusiones en la espalda y el hombro. Low contabilizó seis o siete hematomas. Aquellas lesiones no bastaban por sí solas para dilucidar quién inició la contienda, pero encajaban con la refriega descrita por Baretti.
Otros testigos aseguraron que mujeres acompañadas de rufianes ya los habían abordado de manera indecorosa en el Haymarket. La defensa convocó asimismo a personalidades del entorno del acusado. Joshua Reynolds, Samuel Johnson, Fitzherbert y Edmund Burke lo retrataron como un varón benevolente, sobrio, modesto e ilustrado. Beauclerk, Garrick y Molini avalaron su intachable reputación e indicaron que los viajeros forasteros solían portar tales navajas. El lustre de los comparecientes no respondía de forma directa a lo acontecido con Morgan; no obstante, brindó al jurado un retrato del hombre a quien juzgaban, más allá de la confusa escena del Haymarket.
La crónica procesal yuxtapone así las secuencias sin llegar a hacerlas enteramente coherentes: Ward afirma que Baretti la golpeó tras el requerimiento de la desconocida; Patman, por su parte, dice haberlo visto golpear a una mujer desconocida antes de ser él mismo herido, situando la agresión a Morgan en la calle contigua; Clark reconoce que sus declaraciones previas sobre el orden de los hechos diferían; en el hospital, la versión atribuida a Morgan lo presenta acudiendo en auxilio de las damas. Baretti, en cambio, describe un linchamiento tumultuario y jura haber huido. Cada relato sitúa el arma blanca en el epicentro de la persecución, mas ninguno convierte la calle en un escenario apacible donde cada ademán hubiese sido percibido del mismo modo.
Tras examinar las pruebas, el jurado desestimó tanto el cargo de asesinato como la calificación menor de homicidio culposo, emitiendo un veredicto de legítima defensa. La absolución, con todo, no devolvió la vida a Morgan.
