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Justicia y escándalos · Inglaterra

La cama sacada de la prisión

La acusación sostuvo que Thomas Bambridge, alcaide de la prisión de Fleet, despojó a Elizabeth Berkley de sus pertenencias bajo la apariencia de un embargo por impago de alquiler. Varios testigos detallaron inventarios fraudulentos, arcones forzados, joyas desaparecidas y enseres sacados del recinto carcelario; no obstante, el jurado lo absolvió del cargo de delito grave.

Cuando los bienes de Elizabeth Berkley fueron embargados en la prisión de Fleet, el litigio no se limitó a un mero retraso en el pago del alquiler. Correspondía dirimir si Thomas Bambridge, a la sazón alcaide del penal, se había valido de un procedimiento legal o si había abusado de su autoridad para apropiarse de los muebles y pertenencias de una reclusa. La acusación pública le imputaba un delito de robo; Bambridge aducía que la incautación respondía a una deuda legítima de arrendamiento. En la vista celebrada en diciembre de 1729 desfilaron tasaciones dudosas, puertas descerrajadas, cofres forzados y alhajas sobre cuyos pormenores los testimonios rara vez coincidieron.

En octubre de 1727, una comitiva se presentó para inventariar las pertenencias de Berkley. Se invocaba una deuda de 56 libras contraída con Huggins, a la que se sumaban las costas del proceso. Para la diligencia se convocó a un único perito tasador, Turner, quien, tapicero de oficio, se hallaba él mismo preso en Fleet, alojado a escasas tres celdas de la rea. La crónica subraya la irregularidad: no concurrieron dos peritos, como prescribía la norma para un embargo en regla. Turner estimó inicialmente el ajuar en unas 30 libras, pero Bambridge alegó los gastos de la propia peritación para reducir el monto; la cifra definitiva quedó fijada en 27 libras, 16 chelines y 9 peniques.

La controversia radicaba también en la naturaleza de los enseres. Bambridge habría ordenado computar la ropa blanca por varas de tejido en lugar de registrarla como prendas de vestir necesarias. Turner declaró que no era costumbre procesal embargar las vestiduras indispensables mediante semejante trámite. El lecho, el mobiliario, los útiles cotidianos y los ropajes no eran simples renglones en un acta: constituían el amparo inmediato de una mujer cautiva, privada de toda posibilidad de custodiar por sí misma su patrimonio.

Wilkinson, otro recluso del recinto, relató la existencia de dos candados en la puerta. Berkley guardaba la llave de uno; Pindar, la del otro. Bambridge conminó a Pindar a abrir el suyo y mandó comparecer a la presa para que franquease el segundo. Ante la negativa de esta, un mozo fue enviado en busca de un martillo, hasta que la puerta fue finalmente reventada con un atizador. Frente a los arcones, la resistencia se repitió. Berkley alegó que el alcaide carecía de potestad para exigirle las llaves. Según los declarantes, el propio Bambridge quebró los cerrojos. Dos arcones estaban cerrados con llave; el tercero, claveteado.

Turner aseguró haber visto a Bambridge guardarse en los bolsillos o en un baúl cucharas de plata, sortijas y otros efectos. Describió cómo se sustraían piezas de entre los bienes de Berkley; sin embargo, los testigos no coincidieron en la descripción de cada joya ni en el instante preciso de su manipulación. El valor atribuido a las sortijas también oscilaba: un platero tasó más tarde una de ellas en unas catorce libras. Conviene, pues, deslindar la escena descrita por Turner de las relaciones pormenorizadas de efectos que otros declarantes aportaron con posterioridad.

Berkley clamó contra lo que tachaba de expolio manifiesto. Según se dijo, alegó que, habiendo sido conducida a prisión por orden del rey, no le correspondía abonar alquiler alguno. Se vio privada de su cama y de todo su mobiliario. Varios testigos la describieron sumida en un profundo quebranto. Uno de ellos refirió que la reclusa repetía sin cesar que Lord Harcourt no había muerto, desvarío que denota el extravío de su ánimo en aquellas jornadas, aun sin constituir un diagnóstico concluyente. Aquel procedimiento, destinado en teoría a saldar una acreencia, conllevaba para ella efectos inmediatos: el despojo de sus bienes, la celda devastada y la absoluta incertidumbre sobre qué se le restituiría.

La defensa atrincheró su postura en la existencia de la deuda y en la validez formal del embargo. Bambridge aseveró que los libros de registro acreditarían que había procedido con arreglo a derecho. Turner declaró que se había sugerido a Berkley avisar a algún allegado que pudiera sufragar el alquiler y salvar los enseres. La acusación, por el contrario, pretendía demostrar la instrumentalización de un cauce legal ordinario. La presencia imponente del alcaide, el dominio de los accesos y el arbitrio sobre las pertenencias de los reclusos conferían una gravedad singular a la cuestión del consentimiento: ¿estaba Berkley en condiciones de negarse, y asistía derecho a aquellos hombres para obrar como lo hicieron?

Durante la vista, Bambridge intentó desacreditar a Wilkinson. Inquirió con mordacidad cuánto dinero había percibido por testificar en su contra y durante cuánto tiempo se le había mantenido a expensas ajenas. El tribunal atajó la maniobra: si tenía pruebas de semejantes insinuaciones, era el momento de aportarlas. Otro encontronazo versó sobre Pindar. Bambridge adujo que se le había procesado deliberadamente para privar a la defensa de un testigo crucial. La sala replicó que Pindar figuraba en la causa como uno de los copartícipes principales. Las crónicas no aclaran qué testimonio habría prestado de haber subido al estrado.

La relación consignada en el acta acusatoria permitía calibrar la magnitud del presunto despojo: una cama de plumas con su almohadón, mantas, varias sillas y mesas, un espejo, útiles de chimenea, tres juegos de cortinas, encajes, cubertería de plata, vestidos de seda y cortes de raso. Otros efectos mencionados en el juicio procedían de los arcones que Berkley se había negado a franquear. Según Turner, Bambridge dispuso primero el inventario de los muebles y procedió luego con la platería, las porcelanas, las sortijas, las piedras preciosas y las prendas de vestir. Fue entonces cuando los cofres se descerrajaron por la fuerza.

La declaración de Wilkinson trazó con minuciosidad el itinerario de los bienes tras la incautación. La cama fue trasladada primero a un almacén y luego conducida al embarcadero de Dorset Stairs para ser embarcada rumbo a Wandsworth. Los enseres permanecieron bajo llave unos seis días, custodiando Bambridge la llave. Un sillón fue entregado a Turner para su limpieza y posteriormente remitido al Will’s Coffee House. Wilkinson ratificó que la cautiva estuvo presente al comenzar el embargo, aunque no pudo asegurar que permaneciera en la estancia todo el tiempo. Declaró asimismo que se le ordenó buscar un jergón de inferior calidad, en el que ella rehusó acostarse. Estos detalles vinculaban el embargo con destinos bien concretos fuera de la prisión.

Las joyas fueron mostradas o tasadas en los lugares que Bambridge solía frecuentar. Mendez Soles expuso que un capitán Douglas le había llevado una sortija asegurando que procedía de Bambridge; este último se presentó poco después para inquirir si la gema era una amatista y encargó que la tallaran. Un facultativo mostró asimismo un granate y un diamante; otro anillo, valorado en catorce libras, fue exhibido a un orfebre. Si bien los testigos no siempre atribuían la misma pieza a la misma mano, sus relatos coincidían en seguir la pista de varios objetos más allá de los muros carcelarios.

La señora Howard refirió otra transacción. Varios vestidos de mujer, un mantoncillo y otras prendas habían sido llevados al Will’s Coffee House, donde Bambridge se hospedaba. Thomas West los había adquirido a cambio de un reloj de oro, sin que a ella le constara otra contraprestación. Bambridge le había ofrecido también unas cucharillas de té, cuya compra ella desestimó. Su esposo corroboró la recepción de los efectos, distinguiendo con prudencia lo que él mismo había presenciado de lo que West le había referido sobre su precio.

Bambridge alegó que no se había probado en su contra infracción penal alguna. Afirmó poseer la documentación que acreditaba la licitud de su proceder e impetró la asistencia de su letrado en caso de suscitarse alguna controversia jurídica. El jurado pronunció su veredicto de no culpabilidad. Borrow omite los fundamentos del fallo de los jurados, así como el destino final de las pertenencias de Berkley. En las actas perduran tan solo la imagen de aquella cama transportada hacia las escalinatas del río y la figura de la mujer que rehusaba el jergón que le ofrecían en su lugar.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Borrow ofrece una compilación de declaraciones juradas más que el expediente procesal íntegro. Los testigos incurren en discrepancias respecto a cada pieza u operación con las joyas, y los peritajes resultan notablemente dispares. El veredicto de inculpabilidad atañe únicamente a la acusación de delito grave (felony) vinculada a los bienes de Elizabeth Berkley. El texto fuente anota a continuación, como causa separada, la absolución de Bambridge por la muerte de Robert Castell, acaecida el 23 de mayo de 1729.

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