En un internado de Wimbledon, el sábado 3 de diciembre de 1881, un joven incapaz de caminar sin ayuda recibió la visita de su cuñado. Este traía consigo unas cápsulas de gelatina, mecanismo que mostró con una desenvoltura que solo cobraría su verdadero sentido tras la muerte de Percy Malcolm John. Esa misma noche, Percy sufrió dolores atroces y vómitos; pocas horas después, expiraba. El proceso de George Henry Lamson se dirimiría en ese breve intervalo entre una visita, una cápsula ingerida y una agonía, pero también plantearía una cuestión más vasta: ¿hasta dónde pueden conducir los indicios de un crimen cuando la ciencia reconoce una sustancia sin lograr fijar con absoluta certidumbre ni su identidad ni su dosis?
Percy contaba cerca de diecinueve años. Una deformidad en la columna vertebral lo había privado del uso de las piernas; solo se desplazaba con asistencia. Estudiaba en Blenheim House, una pensión de Wimbledon donde el director, el señor Bedbrook, y su familia cuidaban de él. La parálisis no era solo una invalidez: gobernaba cada uno de sus movimientos, hacía imperiosa la presencia ajena y exponía al muchacho a los cuidados, remedios y objetos que se le presentaban. Nada en el sumario permite convertir esa dependencia en prueba de cargo contra nadie; sin embargo, otorga a la escena de la cápsula su verdadera dimensión humana.
Lamson estaba casado con la hermana de Percy. Llegó al internado hacia las siete menos cinco, según el cálculo de Bedbrook, y se marchó unos veinticinco minutos después. Llevaba consigo cápsulas vacías de gelatina, que describió como un medio idóneo para administrar sustancias desagradables. Las actas consignan que entregó una a Bedbrook y mostró a continuación cómo podía abrirse, rellenarse y cerrarse de nuevo una cápsula. Tomó azúcar del azucarero, o fingió tomarlo, y tendió luego una cápsula a Percy; el joven la tragó. Lo que vieron los testigos fijaría la proximidad material de Lamson con el ademán. Lo que no vieron —un análisis practicado in situ, el contenido exacto en el instante de la ingestión— se convertiría en el núcleo del proceso.
Tras la partida del visitante, Percy se quejó de un ardor intenso en el estómago. El cuadro empeoró: sobrevinieron vómitos, dolores, penosas sensaciones en la garganta y la piel, y una agitación violenta. Los presentes intentaron auxiliarlo mientras se convocaba a los facultativos. El señor Bedbrook situó el fallecimiento hacia las once y media; el doctor Little, presente hasta el desenlace, fijó las once y veinte. La crónica judicial conserva así dos estimaciones próximas, sin reducirlas a una sola. Los testigos refirieron que, en medio de su padecimiento, Percy había comparado lo que sentía con una dolencia anterior sufrida en Shanklin, después de haber tomado una píldora de quinina que le habría suministrado el mismo cuñado. Tal cotejo partió del enfermo, según lo repitieron los testigos; por sí solo, no bastaba para identificar un veneno ni para acreditar una intención criminal.
El examen del cadáver reveló irritación y congestión en el estómago. Los médicos concluyeron que se trataba de un envenenamiento, pero la autopsia no señaló a ninguna mano ejecutora. La pesquisa se trasladó entonces a las sustancias conservadas, las píldoras, los polvos, los vómitos y la orina. Se examinaron cajas de cápsulas, pasteles, golosinas, azúcar y jerez; los análisis practicados no hallaron veneno en ellos. Una muestra de polvo sospechoso, designada con el número 16 entre veinte muestras, contenía, según los peritos, quinina mezclada con aconitina. Varias materias procedentes del cuerpo arrojaron asimismo resultado positivo.
El doctor Stevenson y el químico Dupré expusieron los métodos empleados. Su conclusión era de extrema gravedad: reconocían aconitina en las materias examinadas y estimaban que había provocado la muerte. No obstante, a medida que la acusación desplegaba esta certidumbre, el detalle de los métodos dejaba al descubierto sus propios límites. Stevenson admitió que no existía ningún ensayo químico específico que permitiera identificar la aconitina con la nitidez que hoy se exige a una prueba instrumental. El sabor y los efectos producidos en ratones formaban parte del protocolo de identificación; el perito concedió que otros venenos podían ocasionar ciertas irritaciones locales similares. Los expertos no retiraron su dictamen, pero el jurado hubo de escuchar no solo el nombre pronunciado, sino también el incierto camino que conducía hasta él.
Se abordó asimismo la cuestión de las compras. Dos empleados de Allen & Hanbury acreditaron que Lamson había adquirido, el 24 de noviembre, dos granos de aconitina; una confusión inicial sobre el producto fue subsanada, y el libro de caja respaldó el testimonio. Un farmacéutico de la isla de Wight relató una compra anterior, el 28 de agosto, de tres granos de sulfato de atropina y un grano de aconitina. Ambas sustancias y sus cantidades son distintas; la declaración de Smith en el facsímil de la reedición consigna estas cantidades, mientras que su tabla cronológica preliminar anota dos granos de aconitina para esa compra; esta discrepancia interna se conserva como tal, y la transcripción de la API vierte «grains» por «grams». Dichas compras situaban sustancias peligrosas en el historial del acusado; no demostraban, sin embargo, que el tóxico hallado en el cuerpo procediera de ellas, ni qué cantidad exacta habría sido administrada a Percy.
La acusación llamó además a declarar a los acreedores y a personas conocedoras de la situación patrimonial de Lamson. Este arrastraba cuantiosas deudas, en particular en Bournemouth. Percy poseía, según se dijo, unas tres mil libras; de morir antes de alcanzar la mayoría de edad, su patrimonio debía revertir en sus dos hermanas, una de las cuales era la esposa de Lamson. Se debatieron acuerdos y derechos hereditarios familiares. Se comprende sin dificultad que tales elementos impusieran en el juicio la sospecha de un móvil económico. Con todo, no pueden confundirse con la prueba material del acto: la expectativa de una herencia, por turbadora que resulte, no revela lo que contenía la cápsula, y la deuda no transforma una mera posibilidad en un hecho probado.
Ciertas palabras atribuidas a Lamson ofrecieron nuevos asideros a la acusación. Hubo testigos que afirmaron que tiempo atrás él se había referido a la precaria salud de Percy, llegando a pronosticar que no viviría mucho. Un amigo suyo refirió que el 2 de diciembre Lamson le había comentado que el joven empeoraba. Estos recuerdos tenían peso, pero procedían de testigos que los evocaban en el estrado; convenía sopesar su contexto, su fecha y su alcance real. Otros declarantes, por el contrario, describieron a Lamson como un hombre afable y exento de violencia. Un carácter intachable no demuestra la inocencia, del mismo modo que una frase inquietante no constituye la prueba de un asesinato.
Lamson abandonó Inglaterra y partió rumbo a Nueva York en abril; regresó en julio, marchó de nuevo en agosto y volvió en octubre, según la cronología desgranada durante los debates. Tras la muerte de Percy, se hallaba en París. El 8 de diciembre se presentó en Scotland Yard. Una carta dirigida a Chapman negaba su culpabilidad y sostenía que Bedbrook lo había visto rellenar la cápsula con el azúcar del cuenco. Esta línea de defensa impugnaba la interpretación dada a la visita; no desvanecía el resto de los indicios, pero recordaba que el acto observado admitía diversas descripciones, de las cuales solo una conducía al crimen.
Una misiva del Ministerio del Interior, leída durante la vista, indicaba que se había denegado una solicitud de la defensa para que un perito adicional asistiera al examen pericial oficial. Dicha negativa no prueba que el análisis de la acusación fuese erróneo. Ilustra, sin embargo, la desigualdad de medios con que contaron las partes para contrastar una pericia cimentada en métodos que los propios declarantes calificaban de imperfectos. En una causa en la que el veneno solo hablaba por mediación de los analistas, esta cuestión procesal distaba de ser accesoria.
El juicio comenzó en Old Bailey el 27 de febrero de 1882. Los debates vincularon la cápsula, la sintomatología, los resultados de laboratorio, las compras, las deudas, las frases referidas y la marcha al extranjero. Esta acumulación conformaba un cuerpo acusatorio sólido; no obstante, no suprimía las reservas inherentes a cada indicio. ¿Contenía aquel polvo la aconitina identificada por los peritos? ¿Fue la cápsula administrada a Percy aquella cuyo contenido se había manipulado? ¿Qué alcance probatorio tenían las compras y las expresiones atribuidas a Lamson? Las actas impresas preservan las declaraciones y el veredicto, pero no reproducen una peritación moderna que permita resolver retrospectivamente todas estas incógnitas.
El jurado declaró a George Henry Lamson culpable; la pena impuesta fue la de muerte. La crónica del proceso concluye con este veredicto. No autoriza a conjeturar los pensamientos de los jurados ni a transformar un fallo judicial en una demostración química incontestable. Percy John falleció tras ingerir una cápsula que su cuñado le había ofrecido; los testigos acreditaron esa escena y los peritos dictaminaron la presencia de aconitina. Entre ambos hechos subsisten los límites, las controversias y las inferencias con que el tribunal forjó la materia de una sentencia. Así concluye, en las actas conservadas, una causa en la que el dilema no radicó únicamente en poner nombre a un veneno, sino en dirimir si los indicios, articulados sin resquicio para la duda razonable, señalaban de manera inequívoca a quien lo administró.
