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Justicia y escándalos · Francia

La carrera interrumpida

El 2 de mayo de 1829, el pastor Étienne Aubry amenazó a su amo Benoît, persiguió a una criada e hirió a siete caballos antes de matar al anciano Courteau. Detenido al día siguiente tras herirse a sí mismo, fue juzgado por tentativa de homicidio y homicidio voluntario, y condenado a trabajos forzados a perpetuidad.

Étienne Aubry llevaba cinco años empleado como pastor en casa de Benoît, y hasta entonces su amo no había tenido motivo de queja alguno contra él. Estaba casado; el cronista sitúa el inicio de su relación con Élise dieciocho meses antes y señala que la frecuentación de las tabernas databa ya de algún tiempo antes de aquel sábado de mayo. El 2 de mayo de 1829, la negativa de Élise Charles a pasar la noche con él en su cabaña precedió a una visita a la taberna, donde Aubry bebió cuatro botellas de vino blanco y una copa de aguardiente en compañía de unos camaradas. De regreso junto al rebaño, lo descuidó y permitió que sus ovejas se mezclasen con las de los vecinos. Benoît se presentó en el lugar y le dirigió unos ligeros reproches. La conversación habría podido terminar allí. Sin embargo, tomó otro cariz cuando el pastor se levantó de su cabaña y señaló, en la hacienda de su amo, dos ojos que causaban su perdición. Benoît comprendió que se refería a Élise, sirvienta también en su casa, y le advirtió que los despediría a ambos si no se comportaban debidamente.

Aubry agarró entonces las riendas del caballo de Benoît y extrajo de su bolsillo una navaja de dos hojas. El amo desmontó, procuró apaciguarlo y recibió el arma que Aubry le tendía como prueba de que no había querido hacerle daño. Dio unos pasos. El pastor reclamó su navaja; Benoît se negó. Aubry empuñó una podadera y lo amenazó. El hacendado le sujetó los brazos por la espalda y resultó herido en una mano durante el forcejeo. Dos carreteros acudieron a la carrera. Aubry profirió amenazas contra ambos, pero su presencia bastó para detenerlo. Apartándose de Benoît, montó a lomos del caballo y partió al galope hacia la alquería, proclamando que, si bien no había podido matar a su amo, su mujer ya no estaría viva para cuando él regresara.

La distancia entre el campo y la vivienda se transformó en una carrera. Benoît no podía seguirlo a pie. Un carretero se adelantó, pero Aubry lo divisó y lo obligó, bajo amenaza, a desandar el camino. El pastor pasó por la vivienda de su propia esposa, donde se hizo con otro cuchillo. Trataron de retenerlo. Afirmó que marchaba a morir por la patria y volvió a emprender la marcha hacia la finca.

El relato de Champagnac no atribuye a esta amenaza un origen que fuera preciso inventar; sigue, en cambio, sus efectos, de un hombre a otro. Hortense Lemaire cruzaba el camino a caballo cuando le comunicaron el peligro que se cernía sobre la mujer de Benoît. Ofreció su montura. Un criado partió al instante, llegó casi al mismo tiempo que Aubry y logró prevenir al jardinero. Al interrogarlo Aubry, que buscaba a Élise, el jardinero señaló el fondo del huerto. Mientras el pastor corría en esa dirección, se atrancaron las puertas de la casa.

Benoît y otros sirvientes llegaron poco después. Uno de ellos fue enviado en busca de la gendarmería. Aubry lo persiguió sin alcanzarlo. Dirigió entonces su furor contra los caballos que pastaban libres en la llanura. Hirió a siete de ellos, propinándoles ocho cuchilladas según el cronista. Aquella violencia no segó la vida de las personas que buscaba; convirtió a los animales en víctimas de su frenética carrera. La noticia de sus desmanes llegó a la hacienda antes de que nadie hubiera podido comprender con exactitud dónde residía el peligro.

Courteau, el más anciano de los criados, salió a atender las labores del servicio. Se topó con Aubry, quien le preguntó adónde se dirigía. «A buscar los caballos», respondió el anciano. Aubry le hizo saber que ya era tarde para ello y que a él también le ajustaría las cuentas. Courteau le habló, le hizo algunas observaciones y caminó a su lado durante unos momentos. El pastor pareció calmarse. Pero un reproche se deslizó entre los consejos. Aubry le preguntó si acaso él había obrado mal. Courteau respondió que era un buen muchacho, pero que, en efecto, no había tenido razón. Aubry se despidió de él y le asestó una puñalada sobre el pecho izquierdo. Courteau apenas tuvo tiempo de expresar su asombro; se desplomó.

Aubry se alejó y se cruzó con el guardia campestre. Lo envió a donde yacía Courteau, tras lo cual cayó la noche. Las pesquisas practicadas durante aquellas horas no permitieron arrestarlo. Al día siguiente, reapareció ante el jardinero y le recriminó haberle engañado: Élise no estaba en el huerto. Si hubiera estado allí, añadió, su suerte habría quedado sellada, al igual que la suya propia. Dos hombres que acudían a examinar el prado donde yacían los caballos lo encontraron. Al son de las campanas de la aldea, Aubry preguntó si doblaban por Courteau; los hombres, sobrecogidos de espanto, guardaron silencio. Añadió que ya lo sabía, anunció que estaría en su cabaña al cabo de tres cuartos de hora y que podrían ir a prenderlo allí. En efecto, un gendarme acudió a dicho lugar.

A su llegada, Aubry se quitó la chaqueta y el chaleco, se asestó tres puñaladas y cayó desplomado declarando que estaba muerto. El gendarme le replicó que todavía hablaba. Herido y desarmado, Aubry se dejó conducir sin resistencia. Explicó que le habían faltado las fuerzas para suicidarse y que le habría sido necesario cobrar tres víctimas más: Benoît, Élise y, por último, él mismo. Durante el trayecto, señaló al gendarme el sitio exacto en el que había querido asesinar a Courteau, reiterando que el anciano había conseguido apaciguarlo antes de insistir en que no había obrado con razón.

Los hechos enjuiciados ante el tribunal de lo criminal de Oise, en Beauvais, el 20 de junio de 1829, comprendían dos cargos diferenciados: la tentativa de homicidio contra Benoît y el homicidio voluntario de Courteau. Las consecuencias de los actos no se limitaban a la amenaza inicial. Los carreteros, el jardinero, la servidumbre, Hortense Lemaire, el guardia campestre y el gendarme habían, cada cual en instantes distintos, afrontado la estela del peligro o contribuido a interrumpirla. La esposa de Benoît, señalada en las amenazas de Aubry, quedó a salvo del encuentro gracias a las puertas cerradas y a la alerta dada a tiempo. Élise no fue hallada por su perseguidor. Courteau, por su parte, había caminado al lado del hombre a quien trataba de devolver la serenidad.

Durante la vista, Aubry siguió los debates con viva atención. Cuando los testigos hablaban en voz baja, adelantaba la cabeza para no perder detalle. Élise Charles testificó sobre las amenazas de muerte con cuchillo que él le había dirigido con anterioridad. Aubry no apartó la vista de ella durante su declaración y le reprochó haberlo arrastrado a la desdicha. Esta manifestación no alteraba en nada su posición en el procedimiento: comparecía en calidad de testigo, y en ningún caso como responsable de los actos de violencia perpetrados por el pastor. Champagnac, en cambio, la abruma a continuación con comentarios denigrantes sobre su apostura y la califica de causa inocente de los crímenes. Dicho juicio pertenece a la pluma del cronista, no a los hechos probados contra Aubry.

El letrado defensor intentó que los actos fueran valorados como accesos de demencia. Dicha tesis fue sometida al jurado, mas no anuló las dos cuestiones formuladas sobre las violencias cometidas. Los miembros del jurado respondieron afirmativamente a ambas preguntas. Aubry fue condenado a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. La crónica lo describe escuchando la sentencia sin manifestar emoción aparente. Nada se añade sobre un posible regreso posterior del reo ni sobre otra vicisitud relativa al cumplimiento de la condena.

En el camino, Aubry había recorrido las distancias más deprisa que las advertencias. En la granja, el jardinero comprendió la situación a tiempo para trancar los accesos. Con Courteau no hubo persecución: ambos hombres marchaban juntos, y el último reproche del viejo criado fue respondido con el golpe mortal. La escena resulta breve en la crónica, mas esa andadura compartida precede al instante en que el consejo se tornó fatal.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La puerta cerrada

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del capítulo VIII-33 (fuente local work/cap400/sources/champagnac/tome-8-chap-33.txt; SHA-256 cf51bd1a7c3cc814fd62a4cde9818e45ce403e784d9ce53a4655421e5e1a7b5e). Étienne Aubry, pastor empleado en casa de Benoît en Chèvreville, amenazó a este el 2 de mayo de 1829 y partió luego a caballo hacia la finca anunciando que mataría a la esposa de su amo. Varios sirvientes y Hortense Lemaire colaboraron para prevenir el peligro; a continuación, Aubry hirió a siete caballos y mató a Courteau. Al día siguiente intentó quitarse la vida antes de ser aprehendido. Juzgado el 20 de junio de 1829 en Beauvais por tentativa de homicidio contra Benoît y homicidio voluntario contra Courteau, fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. El cronista formula juicios injuriosos respecto a Élise Charles; el texto prescinde de ellos y no le atribuye responsabilidad en los crímenes. No se añaden diagnósticos retrospectivos ni pormenores posteriores sobre la pena.

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