En Maidstone, el proceso contra James O’Coigley se prolongó durante dos días. El 21 de mayo de 1798, el pliego de acusación fue leído ante el tribunal y posteriormente resumido por el señor Knapp. Las imputaciones se dividían en tres propósitos constitutivos de alta traición y siete actos manifiestos: atentar contra la vida del rey, adherirse a los enemigos del reino e invitar a los dirigentes franceses a invadir Gran Bretaña. Entre los actos señalados figuraban el envío de informes al enemigo, gestiones para el fletamento de navíos y una tentativa de abandonar el territorio nacional. Así, antes incluso de que el acusado hiciera uso de la palabra, el proceso presentaba el viaje, la carta y la política como partes articuladas de un mismo plan.
En la edición consultada de 1887, la recopilación retrospectiva de Camden Pelham afirma que se practicó una nutrida serie de testificales en apoyo de estos cargos. Con todo, sitúa en primer término una pieza única: el cuaderno hallado en el gabán de O’Coigley, el cual contenía una carta dirigida al Directorio Ejecutivo de Francia. Pelham califica esta prueba de concluyente. La crónica no reproduce aquí las declaraciones en su integridad; se limita a señalar que el cuaderno había sido descubierto en una prenda de vestir y que la misiva parecía conferir forma material al vínculo que el fiscal establecía entre el prisionero y Francia.
Al ser llamado a formular su defensa, O’Coigley no pretendió demostrar una ausencia de imposible acreditación. «Me resulta imposible probar un hecho negativo», manifestó en sustancia, antes de negar haber transportado jamás mensaje o papel alguno a Francia. Sostuvo que la carta no le pertenecía y rechazó asimismo cualquier vinculación con las sociedades políticas mencionadas en el documento. A continuación, encomendó su vida al veredicto del jurado, confiando en que los miembros del tribunal actuarían con arreglo a su conciencia, a su patria y a su Dios. Semejante alegato no anulaba la pieza material: impugnaba su origen y su alcance, y exigía que la duda fuera zanjada por quienes la escuchaban. Dicha prueba, que Pelham califica de concluyente, no se reproduce íntegramente en el texto. La compilación no precisa ni el conjunto de las circunstancias relativas a su hallazgo ni las réplicas circunstanciadas de la defensa a las testificales practicadas a lo largo de aquellas dos jornadas. Cabe seguir el modo en que la obra construye la convicción probatoria; no es posible reconstruir la vista a partir de este solo extracto.
Tras una deliberación de aproximadamente media hora, el jurado lo declaró culpable. El juez Buller pronunció entonces un discurso escrito que Pelham reproduce por extenso. Calificó la traición como el crimen más execrable y acusó al reo de haber pretendido atraer a un enemigo extranjero al reino. Su razonamiento rebasaba con creces el examen del cuaderno: oponía la constitución británica a los regímenes nacidos de la Revolución francesa y presentaba las conquistas de Francia en Holanda, Italia y Suiza como la advertencia de lo que aguardaba a Inglaterra. Esta parte de la narración pertenece a la palabra del magistrado tal como Pelham la consigna; pone de manifiesto la carga política y moral atribuida al fallo. Buller invocó asimismo a Montesquieu, a quien atribuyó la idea de que una conquista consumada por una nación democrática podía dejar menos libertad que una dominación monárquica. Mencionó los territorios sometidos por Francia para dotar a su admonición de una acuciante actualidad. Acto seguido, desplazó el debate hacia el terreno religioso, temiendo que la incredulidad hubiese apartado al reo de todo temor al juicio venidero. Estas consideraciones no constituyen conclusiones de hecho alcanzadas por el jurado: pertenecen a la alocución del magistrado tras el veredicto. La relación de los hechos las conserva a modo de un segundo proceso, de orden moral en esta ocasión, dictado por encima de la sanción penal.
La condena fue la establecida para la alta traición: ser conducido de la prisión al lugar del suplicio, ahorcado sin que sobreviniera la muerte y mutilado con arreglo a la pena capital reservada entonces a semejante delito. Pelham refiere que O’Coigley escuchó el fallo sin turbación aparente. La víspera del suplicio recibió la confirmación sin emoción manifiesta, según la misma fuente. Le restaba una sola inquietud, aseguraba: temía que se ofreciera una imagen falsa de su persona tras su muerte. Deseaba que se diera cuenta de sus actos con exactitud. La frase cobra un relieve singular en una causa donde la acusación, la defensa y el razonamiento del juez habrían de disputarse no sólo el hecho pretérito, sino su memoria póstuma.
El jueves 7 de junio, a las once y cuarto, salió del presidio. Vestía de luto; llevaba el cabello cortado y empolvado, el cuello abierto, sin corbata. Tenía los brazos atados a la espalda y la soga de la ejecución descansaba sobre sus hombros. Una escolta de voluntarios de Kent acompañó la carreta hasta Pennenden Heath. Durante el trayecto leyó un libro de devoción, pormenor que la compilación retiene con su minuciosidad habitual. A su llegada, los soldados formaron en cuadro. O’Coigley se puso en pie sobre el carro y leyó dos oraciones, una de ellas en latín.
Llevaba consigo una naranja y una navaja. Al tener las manos atadas, no podía cortar el fruto; hizo una seña a un amigo para que lo hiciera en su lugar. Pelham le atribuye entonces una observación relativa al recelo de las autoridades: había corrido la voz de que se negaban a facilitarle una navaja por temor a que se degollase. El acero que tendía a su allegado desmentía tal rumor; aseguraba no querer privarse de la gloria de fenecer según la sentencia impuesta. La réplica aúna el detalle más cotidiano de la partida —unos gajos de fruta— con el excepcional castigo que lo aguardaba. Rogó a su amigo que conservara la navaja como recuerdo y terminó de comer la naranja.
Concluidas sus plegarias, un eclesiástico le impartió la absolución. O’Coigley subió al cadalso, saludó al carcelero y le agradeció las atenciones dispensadas en prisión. Puesto ya bajo la horca, pronunció una última declaración. Reiteró una vez más no haber portado jamás carta ni mensaje con destino a Francia, y negó haber frecuentado sociedad política alguna en Gran Bretaña. Afirmó acto seguido que se le arrebataba la vida injustamente mediante testimonios mendaces, motivados unos por el error y debidos otros, a su juicio, a una deliberada intención. Imploró el perdón para sus enemigos y suplicó que se distinguiesen sus faltas privadas del cargo por el que moría. La fuerza de esta declaración radica en que no se conforma con una mera negativa: reivindica el dominio sobre la versión que habrá de sobrevivir al hombre.
Le cubrieron el rostro con un capuchón blanco. Dejó caer su pañuelo; la trampilla fue retirada. Pelham relata que permaneció suspendido doce o trece minutos. Tras descolgarlo, un cirujano separó la cabeza del tronco; el verdugo exhibió la testa ante la multitud congregada proclamando que se trataba de la cabeza de un traidor. Los restos fueron depositados en un ataúd y sepultados al pie del patíbulo. El cuerpo consumaba el ritual punitivo; las palabras, en cambio, continuaban impugnando aquello que la ceremonia pretendía dejar fuera de toda duda.
Resultaría cómodo reducir este proceso a una carta incautada o a un condenado que se proclamaba inocente. La relación de Pelham no autoriza semejante simplismo. Consigna el fallo y refiere la aseveración del juez en orden a que las pruebas habían acreditado el crimen; preserva asimismo la persistente negativa de O’Coigley y su denuncia de perjurio. Al carecer de las deposiciones íntegras y del documento material, el lector no puede rehacer el proceso a partir de esta sola recopilación. Le es dado, no obstante, seguir el conflicto entre una pieza que la acusación consideraba irrefutable y un hombre que, hasta el pie mismo de la horca, negó ser su autor. En el instante en que cayó el pañuelo, el tribunal había dictado su fallo; la cuestión de la memoria, por su parte, permanecía abierta.
