Edward Low, al mando de los piratas, intentó reclutar a William Sperry tras la captura de un navío mercante; Sperry se negó. El cronista refiere que había advertido a Low de una conspiración de motín y que el capitán dispuso que fuera desembarcado sano y salvo en una de las islas de Sotavento. Sperry sirvió después a bordo de un buque de guerra de Su Majestad y regresó más tarde a Inglaterra. Convertido en salteador de caminos, acabó sobre sí con una condena capital por un robo cometido contra Thomas Golding. Entre ambos extremos, su periplo discurrió desde un aprendizaje recomenzado en Filadelfia hasta los asaltos nocturnos en las rutas próximas a Londres.
Nacido en el seno de una familia en extremo humilde, apenas recibió instrucción alguna. A los catorce años, él y su hermano menor fueron persuadidos por un reclutador de las plantaciones para partir hacia América, donde fueron vendidos por un término de unos siete años. La relación no consigna el nombre del navío ni las circunstancias precisas de su partida. Expirado el plazo, William se estableció en Filadelfia. Su amo alentó sus deseos de aprender; Sperry se entregó a la lectura con tesón y recibió lecciones de escritura a expensas de su patrón. Frecuentaba un templo de la Iglesia de Inglaterra, si bien los cuáqueros eran numerosos en la colonia, y se consagraba a los libros piadosos y a los oficios divinos.
Tras pasar al servicio de otro hacendado, continuó, según la crónica, recorriendo cerca de cinco millas para acudir a la iglesia de West Chester. Se enroló luego en un buque mercante que recalaba en varios puertos americanos. La vida del mar le resultaba grata. Mas una mañana, al romper el alba, la nave fue abordada por los hombres de Low y rendida con rapidez tras una breve refriega. Low pretendió que el joven marinero se uniera a su tripulación. Sperry le suplicó que lo dispensara de ello. El cronista atribuye su liberación al hecho de haber prevenido a Low acerca de una conspiración de marineros amotinados; el pirata terminó por desembarcarlo al amparo de la noche en una isla de las Antillas.
Sperry sirvió después en un navío de guerra del rey. Presenció la captura de otra nave corsaria y el proceso a sus tripulantes ante un tribunal del almirantazgo en Nueva Inglaterra. Según la crónica, todos fueron ajusticiados, a excepción de cinco de quienes se demostró que habían sido forzados a servir a los piratas. Semejante espectáculo no impidió que Sperry, a su regreso a Inglaterra, se inclinara hacia el robo. Había contraído matrimonio, pero carecía de medios para sostener a su esposa. El cronista no especifica la identidad de esta ni la fecha del enlace. Consigna que Sperry atribuía sus inicios criminales a una determinación propia, sin achacarlos a presiones ajenas.
Junto a cuatro asociados, tuvo noticia de que los juegos de azar eran frecuentes en Hampstead y de que gruesas sumas de dinero circulaban allí cada noche. Los cinco hombres se apostaron en una zanja seca a lo largo de un sendero peatonal, aguardando a que la penumbra les permitiese ganar el camino carretero. Apenas llevaban unos minutos allí cuando dos oficiales pasaron en las inmediaciones. Varios de ellos quisieron atacarlos; Sperry se opuso. Oyó entonces a uno de los oficiales comentar al otro que cierto jugador, designado en la relación tan solo por sus iniciales, había ganado unas sesenta guineas aquella misma velada. El grupo desterró al instante toda vacilación.
Cuando el jugador se aproximó, dos hombres se plantaron ante él y otros dos a sus espaldas. Lo aferraron junto a un seto, lo arrastraron una decena de metros y lo arrojaron a la zanja. Los cuatro se abalanzaron sobre él para registrar sus bolsillos. El hombre fingió haber perdido la mayor parte de su peculio y no disponer sino de un reloj de plata, una sortija de cristal y cincuenta chelines; el cronista insinúa que bien hubiera podido librarse de no haber estado sus agresores prevenidos de antemano. Un veterano de la gavilla lo amenazó con un instrumento destinado a hacerle restituir cuanto hubiera podido engullir. Aterrorizado, el jugador extrajo una bolsa verde que contenía un billete de banco de cincuenta libras y dieciocho guineas.
Los ladrones tomaron el contenido y amarraron a su víctima a una estaca del seto antes de atravesar los campos en busca de un nuevo botín. Aguardaron hasta pasadas las once, pues la noche estaba muy clara por la luna y transitaban demasiados viandantes por el camino. Al regresar, oyeron un carruaje que avanzaba a gran velocidad. Al pescante iba sir W. B.; dos damas viajaban en el interior y la servidumbre los seguía a distancia. Dos de los asaltantes asieron los caballos por ambos lados, pero el cochero espoleó el tiro y apremió a las bestias con el látigo y la voz. Los hombres fueron derribados por tierra. El carruaje se alejó sin que sus ocupantes sufrieran daño alguno, a pesar de que los bandoleros descerrajaron dos tiros de pistola en su dirección.
Aproximadamente tres semanas más tarde, la banda descendía por Drury Lane. Uno de los hombres reconoció a un caballero que entraba en una taberna en compañía de una mujer. Sabía, refiere el cronista, que aquel individuo había desposado a una heredera cuyo tutor era el propio padre del caballero, y que residían cerca de Lincoln's Inn Fields. El grupo ideó provocar una reyerta doméstica que distrajese la atención del asalto. En una taberna cercana, uno de ellos redactó una misiva en la que aseguraba que pesaba una orden de detención sobre una mujer encinta de aquel joven caballero, la cual se hallaba en Drury Lane. El falso remitente aducía su afán de evitar el escándalo e instaba a la familia a intervenir.
La carta fue entregada a la joven esposa bajo la apariencia de una equivocación. El padre del caballero, la esposa de este y otro tutor se presentaron en la taberna en menos de media hora. Entraron sin aguardar a que les abriesen la puerta que buscaban y sorprendieron al caballero en compañía de la mujer. La escena degeneró al instante en un violento tumulto. Dos de los ladrones, vestidos con mejor porte que sus compinches, habían entrado en la pieza contigua y pedido un poco de cerveza. Se mezclaron entonces con el gentío so pretexto de inquirir la causa de semejante alboroto. Valiéndose de la confusión, despojaron al caballero de veinticinco guineas, un reloj de oro y dos tabaqueras de plata. A decir del cronista, la falta de los objetos solo se advirtió una vez apaciguada la disputa.
El último robo imputado a Sperry se perpetró cerca de Bromley en perjuicio de Thomas Golding. Como este no llevase dinero encima, Sperry le arrebató las ropas. Fue detenido a raíz de este suceso y juzgado en la siguiente sesión de Old Bailey. El jurado lo halló culpable de dicho expolio. A diferencia de los asaltos precedentes cometidos con sus cómplices, este último lance bastó para que se pronunciara la pena capital; la crónica no da a entender que las víctimas de los otros robos comparecieran todas en el juicio.
Sperry carecía de valedores capaces de interceder en su favor y no abrigaba esperanza alguna de gracia. Desde el instante de su prendimiento, y tras dictarse la condena, el cronista lo retrata confesando su culpa y admitiendo la justicia de la sentencia. Se dispuso a morir sin hacer gala de desdén ante su destino ni mostrar, a medida que este se aproximaba, un pavor desmedido. El relato, que había comenzado subrayando el abismo entre su fervor religioso en América y su vida de bandolero en Inglaterra, presenta sus postreros días bajo el signo del arrepentimiento, sin aportar pormenores sobre las gestiones que pudiera haber realizado su esposa.
El lunes 24 de mayo de 1725, en Tyburn, Sperry se mostró con un semblante más alegre de lo habitual. Abandonó este mundo a la edad aproximada de veintitrés años, con muestras exteriores de penitencia y contrición, según apunta el cronista. Su semblanza preserva en la memoria estampas de agudo contraste: el marinero a quien Low no logró doblegar, el lector que se aplicó a la caligrafía en Filadelfia y, finalmente, el hombre cuya gavilla orquestó el falso aviso de un escándalo doméstico para desvalijar a un caballero. La sentencia dictada en su contra atañía al robo de las ropas de Golding; las demás fechorías pertenecen a la crónica de sus andanzas, no a la acusación formal por la que subió al cadalso.
