El 7 de junio de 1792, durante las sesiones del Almirantazgo celebradas en el Old Bailey, el juicio contra John Kimber enfrentó dos versiones irreconciliables de la travesía del Recovery. El cirujano Thomas Dowling y el antiguo oficial Stephen Devereux describieron una serie de violencias ejercidas contra una joven cautiva y su posterior fallecimiento pocos días después. La defensa, por su parte, situó sus testimonios en el centro de rencillas de a bordo, soldadas en disputa y acusaciones de motín. El jurado absolvió a Kimber de ambos cargos. Aquella decisión cerró la vista; mas no borró las contradicciones de los folletos impresos ni el silencio absoluto que envolvió a las mujeres de quienes se hablaba.
El navío había zarpado de Bristol en 1791 con rumbo a la costa africana. Según el alegato inicial de la acusación, el Recovery alcanzó el río Calabar a comienzos de junio, para luego abandonar África con su cargamento humano a principios de septiembre. Entre las personas embarcadas se hallaba una muchacha de unos catorce o quince años, edad que, a decir del cirujano Thomas Dowling, le había indicado el hombre que la compró. Padecía una enfermedad venérea y un estado letárgico; Dowling declaró que jamás pudo averiguar su causa. La crónica judicial no consigna su nombre ni el de su familia.
La acusación describió un castigo que habría comenzado con latigazos y se habría prolongado con suspensiones mediante un aparejo de poleas. En su intervención inicial, Sir William Scott explicó que la joven comía menos que los demás cautivos y que las otras mujeres, temerosas de su enfermedad, evitaban compartir el alimento con ella. Unos seis días antes de su muerte, Kimber habría ordenado que fuera atada y alzada por un brazo, y luego por el otro; un grumete habría tirado con brusquedad de sus piernas. Posteriormente, habría sido suspendida por cada una de las piernas mientras el capitán la azotaba. A la mañana siguiente, se la habría hallado presa de convulsiones, falleciendo tras tres días en aquel estado.
Esta secuencia era la que el fiscal se comprometía a demostrar. Dowling, cirujano del Recovery, ofreció bajo juramento su versión, si bien sus propias respuestas la tornaron harto menos lineal que la exposición de la apertura. Estimaba que la muchacha contaba catorce o quince años; enferma desde su llegada a bordo, sus dolencias le parecían estacionarias. Afirmó que no lograba seguir a los demás en los ejercicios impuestos en el barco, que Kimber la azotaba con frecuencia y que tuvo lugar una suspensión tras zarpar de Calabar. Situó el episodio unas tres semanas después de la partida, a finales de septiembre, admitiendo a la vez ser incapaz de precisar el día exacto.
Dowling relató seguidamente lo que aseguró haber visto: la joven fue izada en repetidas ocasiones por los brazos y luego por las piernas; suspendida por ambas manos, habría sido flagelada por Kimber. Bajó unos pocos peldaños hacia el entrepuente y resbaló el resto del camino. Al día siguiente, Dowling la encontró convulsionando e intentó reanimarla con sales volátiles; la enferma no pudo tragar el remedio y expiró varios días después. El cirujano atribuyó las convulsiones a los golpes, y la muerte a las convulsiones. Aquello era su dictamen facultativo, no el resultado de una autopsia ni de un examen forense independiente.
El contrainterrogatorio se centró minuciosamente en lo que Dowling había escrito, jurado y callado. Su diario de a bordo sólo concernía a los pasajeros blancos, no a los cautivos africanos; la muerte no figuraba en él. Alegó haberse negado a jurar sobre un registro incompleto, pero el fiscal dio lectura a una declaración jurada en la que certificaba que era «exacto y verdadero». Dowling no recordaba haberla firmado, pese a figurar en ella su rúbrica, y reconoció haber exhibido el diario ante la aduana de Granada. Preguntado sobre los testigos visuales posibles, adujo que un mamparo sobre el puente cubierto impedía a parte de la tripulación presenciar la escena.
Fue preciso examinar asimismo su relación personal. Dowling reconoció haber golpeado a Kimber tras haber recibido un golpe de este, habiendo permanecido luego veinticuatro horas en grillos y siendo degradado al rancho de los marineros. Reclamaba la promesa de un «esclavo de privilegio» —parte del cargamento que habría debido corresponderle— y exigía el cobro de sus soldadas. Negó haber amenazado con arruinar al capitán; sólo había manifestado, según dijo, su intención de denunciarlo por los malos tratos y los haberes debidos. No reveló la muerte ni en Granada ni en Bristol. Confió los hechos a un banquero de Birmingham, y más tarde a William Wilberforce, únicamente tras haber sido requerido acerca de otro incidente acaecido en Calabar, en vísperas de un debate parlamentario en los Comunes.
El segundo testigo, Stephen Devereux, había servido en el Wasp antes de incorporarse al Recovery como tercer oficial. También él describió sucesivas suspensiones y latigazos. Declaró haber oído a Kimber tildar a la muchacha de «sulky» —término que puede traducirse por «arisca» o «recalcitrante»— y negarle ayuda para descender. Al día siguiente, Devereux la habría socorrido para subir a cubierta; se hallaba, según su testimonio, extenuada y cubierta de verdugones. Sostenía la convicción de que los malos tratos habían provocado su fallecimiento. Sin embargo, reconoció haberse expresado con cautela ante el magistrado instructor y no haber alertado al capitán de puerto en Bristol. Ninguno de los dos testimonios procedía, pues, de una denuncia formal e inmediata al regreso de la nave.
Los letrados de Kimber atacaron asimismo la solvencia de Devereux. Este negó haber sido condenado por motín a bordo del Wasp, si bien admitió haber sido destituido por desmentir a su capitán. Los testigos de la defensa evocaron una junta de capitanes, cargos que Devereux habría consentido y su expulsión por indisciplina. La crónica impresa no permite consultar las actas de dicha reunión; se limita a yuxtaponer los cargos aducidos contra él y su propio desmentido. Las dos relaciones editoriales de la época tampoco transcriben sus declaraciones de modo idéntico. Resultaría por tanto temerario convertir aquella falta disciplinaria en prueba irrefutable de que mintió sobre el destino de la joven.
La defensa presentó a continuación a Walter Jacks, copropietario del Recovery, a Thomas Laughter, a William Riddle, al capitán Thomas Phillips y a Thomas Lancaster. Jacks declaró que Dowling, tras percibir su última paga, había llamado pícaro a Kimber y prometido que lo arruinaría. Laughter y Riddle refirieron amenazas semejantes, vinculadas a la disputa por el derecho de privilegio y a la conducta del capitán hacia su médico de a bordo. Dowling las negó terminantemente ante el tribunal. Phillips, que conocía a Kimber de antiguo, lo describió como un hombre humano y de buen carácter; sugirió además que las naranjas y los plátanos suministrados a los cautivos solían provocar afecciones intestinales mortales. Aquellas declaraciones abonaban la defensa del capitán, mas distaban de constituir un peritaje médico sobre la causa precisa del deceso.
La nómina de testigos no bastaba por sí sola para reconstruir la travesía. Devereux mencionó la presencia de los grumetes Pearson y Crews; Dowling los nombró también, pero el tribunal no llegó a oír a ninguno de ellos. Los declarantes discordaban en cuanto al número de personas presentes, la forma en que la joven bajó al entrepuente y los días que sobrevivió. Coincidían en las suspensiones y en su muerte, pero la defensa insinuó un acuerdo previo entre ambos para concertar sus relatos; sospecha que Devereux rechazó con firmeza.
Otro cargo concernía a la muerte de una segunda mujer sometida a servidumbre. El panfleto de Stalker anuncia ya desde la portada que Kimber era procesado por dos víctimas; la crónica de Lane describe el segundo acto como una acusación idéntica sustentada por los mismos testigos, sin consignar relato pormenorizado alguno. No permite, pues, identificar a esta segunda mujer, precisar las circunstancias de su fallecimiento ni adscribir con certeza a dicho cargo cada uno de los pormenores escuchados en la audiencia. El jurado absolvió al capitán igualmente de esta imputación. Esta disparidad entre el título, que ensancha la causa, y el contenido sumario del segundo cargo debe permanecer visible.
Tras los últimos testimonios, el jurado se declaró plenamente instruido; el tribunal prescindió del resumen de las pruebas. Ambos cargos concluyeron con veredictos de no culpabilidad. A instancias del letrado Pigott, Dowling y Devereux fueron conducidos bajo custodia a la prisión de Newgate para responder a sendas acusaciones de perjurio. Dicha medida no equivalía a una condena por perjurio, y el folleto silencia el desenlace de tales diligencias. No obstante, consumaba un sobrecogedor vuelco en la sala: concluido el proceso al capitán, la palabra de quienes lo acusaban pasaba a ser objeto de una causa penal.
Los dos impresos publicados en 1792 enmarcan el proceso desde ópticas antagónicas. El de C. Stalker, atribuido a un estudiante del Temple y presentado como registro taquigráfico fiel, condena la trata y erige el caso en alegato abolicionista; el de William Lane se ofrece como una apología de Kimber frente a la «declamación» de los abolicionistas y celebra la absolución. Ambas obras encierran transcripciones detalladas, mas son escritos de parte y no actas judiciales imparciales. Discrepan incluso en el calendario: el auto reproducido por Lane sitúa el episodio el 22 de septiembre y el deceso el día 27; la versión de Stalker imprime «22 de diciembre», fecha incompatible con el arribo del Recovery a Granada en octubre, anotado por él mismo. Se adopta aquí septiembre por ser la fecha del auto y de las deposiciones de la otra edición, reservando la discordancia documental para las notas.
En el último pliego, Lane recalca el brillo de la absolución; Stalker insta al público a extraer sus propias conclusiones de la causa. El jurado dirimió una cuestión de responsabilidad criminal a partir de los testigos que comparecieron; las crónicas no rescatan el nombre de las dos mujeres, ni su voz, ni el recuerdo de los suyos. En un tráfico inhumano que las había reducido a la condición de «cargamento», semejante ausencia no es un mero detalle accesorio: señala el límite insalvable de lo que la crónica puede pretender saber. El fallo judicial es categórico; aquello que no tuvo cauce para ser oído pertenece a otra historia a la que estas páginas no pueden prestar voz.
