Un cuerpo sin nombre
El 9 de febrero de 1888, un pescador saca de las aguas del Yonne, a su paso por Joigny, un brazo humano. Es menester identificar los restos y reconstruir las últimas horas de aquel hombre. El relojero Vétard había desaparecido la víspera, el 8 de febrero; su ausencia deviene entonces una pista que verificar, mas no todavía la certeza de un asesinato. El doctor Leriche reconoce a Vétard gracias a dos señas particulares que recordaba de cuando le dispensó cuidados: la uña del pulgar y una cicatriz en la pierna. Esta identificación muda la desaparición en causa criminal, sin designar aún culpable alguno.
La primera pista conduce a los hermanos Mouillon. Varios testigos aseguran haberlos visto merodear por Joigny el día del crimen. Sin embargo, los hermanos aportan pruebas irrefutables que los sitúan en Dijon. La relación judicial refiere que diversas personas, sinceras a todas luces, sostienen recuerdos incompatibles con dicha presencia en otra parte. El yerro constituye una advertencia saludable: un testigo puede deponer de buena fe y equivocarse de rostro, de calle o de fecha. Se descarta a los Mouillon, pero las pesquisas ya han demostrado hasta qué punto una población presa de la inquietud es capaz de forjar certidumbres ilusorias.
Finalmente comparecen cinco personas: el jornalero Morand; su vecino Julius Bacher, tabernero de profesión; Joséphine Martin, que ocupa una alcoba cercana; Amélie Bacher y Eugénie Clergeot, hermana de Joséphine. Los cargos no son idénticos para todos. El juicio debe deslindar el homicidio, la supuesta participación en el robo y la tenencia de bienes ajenos. La crónica de 1889 da cuenta de los debates, pero añade al cierre un virulento alegato ideológico contra los jurados franceses y las mujeres encausadas. Semejante conclusión atañe únicamente a su autor; no constituye prueba alguna contra los justiciables.
Una carta para atraer a Vétard
Los investigadores examinan varias misivas firmadas con las iniciales «R. M.», cuyo propósito era atraer a Vétard a un encuentro. Joséphine Martin admite haber redactado algunos de esos billetes, mas procura atenuar en un principio su alcance: asegura que se trataba de una chanza, urdida a instancias de Morand. El fiscal sostiene, por el contrario, que las cartas sirvieron para tender un lazo al relojero. Los peritos cotejan su caligrafía; los detalles íntimos contenidos en los escritos apuntan asimismo hacia Eugénie Clergeot y Rosalie Mary, mujer cuya vida privada queda expuesta ante el tribunal. Mary asevera que las cartas no salieron de su mano y que Joséphine y su hermana estaban al tanto de pormenores personales susceptibles de haber sido empleados.
Otra misiva, recibida tras los hechos, se lee en la audiencia pública. Su autor anónimo reprocha a Joséphine haber «entregado» a un hombre, anuncia su marcha al extranjero y le encarece que queme el papel. El matasellos consigna París en marzo de 1888 y, con posterioridad, Quarré-les-Tombes; el remitente y el sentido exacto de la nota siguen sumidos en la incertidumbre. Joséphine niega haberla recibido y afirma no reconocer la letra. El ministerio público la presenta como una patraña destinada a despistar la investigación; la defensa insiste en que su origen jamás fue esclarecido. El documento aviva la sospecha sin disipar el enigma.
Durante la vista, Joséphine ofrece un relato minucioso de la noche del 8 de febrero. Dice haber salido con su hija pequeña para ir a ver a su madre y haberse detenido en casa de Morand. Este le habría pedido su manojo de llaves, entregándole después una carta para Vétard. Asegura haber guiado al relojero hasta el tramo de escalera de su vivienda, donde Morand lo habría recibido. Según su versión, Morand le sirvió luego una copa y le ordenó marcharse. Al regresar más tarde, habría hallado a Vétard muerto, con Morand y Bacher junto al cadáver, recibiendo amenazas al intentar pedir socorro. Morand niega haber pisado jamás su estancia. Bacher niega haberse hallado presente.
Esta declaración no se ha mantenido inalterada desde el inicio de las indagaciones. Joséphine acusó en un primer momento a Auguste Pietre, amigo de Morand, quien demostró su coartada. Más tarde señaló a Bacher. Confesó asimismo haber inducido a Gabrielle Vellon, sirvienta de los Bacher, a declarar con falsedad que Morand la había enviado en busca de Vétard. Vellon confirma al cabo que había mentido, explicando que Joséphine le había suplicado ese favor para doblegar la resistencia de Morand. La contradicción menoscaba el relato de Joséphine, mas no lo convierte de forma automática en falso en todos sus extremos. Corresponde a los magistrados sopesar de manera independiente los datos que ella aporta y aquellos que logran confirmarse por otras vías.
Horas irreconciliables
Las coartadas se erigen sobre horarios minuciosos y, de idéntica suerte, se desmoronan. Madeleine Salmon afirma haber permanecido en casa de Morand desde las cinco hasta las diez de la noche del crimen. Asegura que el reo salió poco después de cenar y que aún no había vuelto cuando ella se marchó. Morand sostiene que cenó hacia las seis y se acostó acto seguido. Su tía, otra mujer de apellido Salmon, dice haberlo visto regresar sobre las ocho. Sin embargo, al ser interrogada acerca de la presencia de otra mujer, muda de respuesta: ante el juez instructor había nombrado a Vellon; en la vista oral nombra a Madeleine Salmon. La acusación percibe en ello una tentativa de salvar a su sobrino. La defensa subraya que los testimonios se desmienten entre sí y que a nadie le es dable dar cuenta certera de cada minuto transcurrido.
Una vecina, la señora Droin, afirma haber visto a Morand entrar en la estancia de Joséphine. Refiere asimismo haberlo oído llamar a Bacher mediante un silbido al día siguiente del homicidio. Morand lo desmiente y replica que Droin le guarda encono por haberla denunciado ante la justicia con anterioridad. Ella asegura no albergar hostilidad alguna. Otros testigos columbran cerca del pozo a una mujer parecida a Joséphine y a un varón a quien no logran identificar. Uno de ellos rehúsa señalar a Morand a la distancia; el calzado y el porte observados no siempre concuerdan con los que las declaraciones atribuyen a los inculpados. El tribunal no cuenta con una escena unívoca, sino con atisbos fragmentarios que se solapan sin llegar a coincidir.
Los testimonios que atañen a Bacher tampoco están exentos de controversia. Vellon afirma que su amo abandonó el establecimiento hacia las nueve y no regresó hasta avanzada la noche. Sostiene que no estuvo jugando a las cartas con el matrimonio, a despecho de las negativas de estos. Dos hombres aseguran haber entrado en la taberna sin hallar en ella a Bacher; uno de ellos admite, no obstante, haber bebido, por lo que podría confundir las veladas. Por el contrario, el corneta Le Bâtard y el fotógrafo Legraverend no logran precisar cuándo se ausentó Bacher. Un cochero afirma haberse cruzado con él al alba, descubierto y vestido con camisa de lienzo, pero Bacher rebate que pudiera haberlo reconocido entre dos luces.
El dinero y los efectos introducen mayores dudas. Vellon recuerda la urgencia de mil francos de la que Bacher habló antes del crimen y una suma de seiscientos francos que habría poseído con posterioridad; las defensas impugnan el alcance de tales recuerdos. Más adelante, Vellon alude a pertenencias de Vétard en la valija de Amélie Bacher, mas confiesa no haber presenciado su venta ni saber cuándo habrían desaparecido. El matrimonio justifica su viaje a París con una invitación y ciertas compras. Corresponde, pues, a la sala deslindar lo que la sirvienta presenció de lo que infiere por cuenta propia. El viaje da pábulo a las sospechas de receptación, pero no basta por sí solo para situar a los cónyuges en el lugar de la muerte.
Los vestigios y el veredicto
Los peritos describen manchas de sangre en la habitación de Joséphine, en sierras y en varias cestas. El cirujano Leriche vincula el estado de los restos a una agresión junto a la escalera y a su posterior traslado. Un químico halla rastros diminutos en la cesta de Morand; la defensa rebate que sean necesariamente humanos. Un segundo perito estima que la sangre detectada en las cestas podría proceder de diversas especies animales. Sobre los zuecos de Morand, un testigo afirma haber visto manchas, mientras que el acusado recuerda sus habituales hemorragias nasales. Su gran cuchillo no presenta rastro alguno de sangre humana según el examen practicado. Los objetos son palpables; su interpretación, en cambio, permanece en disputa.
El proceso pone al desnudo las quiebras de la instrucción. El pasante Labesse habría intentado influir en los testigos y en la propia Joséphine; el presidente de la sala admite la concurrencia de irregularidades. Es preciso requerir piezas documentales en el curso de las audiencias. La defensa de Morand recuerda que los hermanos Mouillon, pese a haber sido acusados por error por varios testigos de buena fe, habrían podido ser condenados de no haber mediado su coartada de Dijon. Exhorta a los jurados a no confundir el clamor colectivo con la certidumbre judicial. El fiscal replica con las cartas, las declaraciones de Joséphine, los vestigios, los desplazamientos y el fracaso de la coartada. En el caso de Bacher, el mismo cúmulo de indicios no persuade a los jurados de su participación en la muerte.
El veredicto declara a Morand culpable de homicidio sin circunstancias atenuantes. Julius y Amélie Bacher son absueltos de la participación en la muerte, pero condenados por robo cometido en cuadrilla en casa habitada. Joséphine Martin resulta absuelta de homicidio y de robo en cuadrilla, si bien es declarada culpable de robo simple; Eugénie Clergeot queda absuelta. Morand es condenado a muerte. Puesto en pie, clama su inocencia a voces. Concluida la sesión, los jurados elevan, no obstante, una solicitud de gracia al presidente Sadi Carnot. El Tribunal de Casación desestima el recurso interpuesto por dos defectos de forma; poco después, Carnot conmuta la pena por diez años de trabajos forzados. El gentío había reclamado el cadalso; la sentencia y el indulto dejan oír dos determinaciones encontradas.
