El 9 de diciembre de 1754, entre las diez y las once de la noche, una viuda de Houssen declaró que ella y su criada habían sufrido violencia y que le habían sustraído cerca de tres mil libras en dinero, metal y diversos efectos. En las horas siguientes, tres mercaderes judíos fueron señalados: Hirtzel Lévy, Menehek Lévy y Moïse Lang. A finales de mes, uno de ellos moriría en la rueda de Colmar. Nueve meses más tarde, un tribunal superior declararía extinguida su acusación y devolvería la libertad a los dos hombres que aún seguían con vida.
El relato de estos acontecimientos publicado por J.-B.-J. Champagnac en 1833 ostenta un título inequívoco: «Rehabilitación de un judío muerto inocente en la rueda». Escribe más de setenta años después de los hechos, en una obra que no proporciona, en este capítulo, la signatura de las actas procesales ni la lista de testigos en que se apoya. Conviene, por tanto, distinguir las etapas judiciales que refiere de los detalles dramáticos y los juicios morales con que las reviste. Una reseña biográfica de la Federación de Sociedades de Historia y Arqueología de Alsacia confirma las líneas maestras: Hirtzel Lévy, natural de Wettolsheim, fue acusado junto con Menkeh Lévy y Moïse Lang; una coartada lo situaba en otro lugar; el procedimiento fue revisado y la memoria del ajusticiado, rehabilitada.
La denuncia atañía a violencias ejercidas contra la viuda del preboste y su criada, así como a un robo. En la versión de Champagnac, una primera declaración nombraba a los tres hombres, mientras que la criada afirmaba haber reconocido únicamente a Hirtzel. Un segundo atestado, añade, habría rebajado la acusación a una mera presunción: la denunciante decía creer que tales hombres eran los ladrones. Robert Weyl, en la reseña alsaciana, resume asimismo una retractación de la viuda tras la imputación inicial. Estas formulaciones no son intercambiables. La vacilación en la querella no equivale por sí sola a una prueba de inocencia; mas hace tanto más decisivo el examen de los hechos que los acusados solicitaban acreditar.
Hirtzel Lévy no se hallaba, según el relato antiguo, en la casa de Houssen en el momento de las violencias. Había abandonado su domicilio el 8 de diciembre para acudir, en una aldea donde residía su sobrina, a los oficios derivados de un fallecimiento. Champagnac transcribe el nombre del lugar bajo la forma «Scireutz»; la reseña de Robert Weyl indica Sierentz. La distancia era suficiente para hacer verificable su coartada, y el encausado solicitó aportar las pruebas de la misma. Según la Federación alsaciana, el señor de Sierentz confirmó su presencia en la villa. La discrepancia ortográfica de los topónimos en los textos consultados no altera el punto esencial: la coartada fue formulada antes del juicio y ratificada luego por testigos, mas no impidió la sentencia.
Champagnac sitúa el 23 de diciembre de 1754 la sentencia del baile de Ribeaupierre: los tres acusados habrían sido condenados a la rueda tras el tormento destinado a hacerles revelar a sus cómplices. El relato añade que el baile se alojaba y comía en casa del hijo de la denunciante durante la instrucción, si bien introduce él mismo este aserto con la fórmula «según se dice». A falta de haber examinado los autos del proceso, sería imprudente elevarlo a hecho probado. El dato decisivo consignado es que la defensa apeló. El Consejo Soberano de Alsacia, con sede en Colmar, confirmó la pena de Hirtzel sin admitir las pruebas de la coartada; no obstante, suspendió el fallo respecto a los otros dos encausados hasta que Hirtzel fuera sometido a interrogatorio bajo tortura. Su suerte, por ende, no quedaba decidida en ese trance del mismo modo.
A decir de Champagnac, una nueva fase debía preceder a la resolución sobre los otros dos reos: Hirtzel debía ser interrogado bajo suplicio. Describe un método en el que una diadema de hierro oprimía la cabeza, y sostiene que el verdugo redujo las dimensiones de la rueda para impedir que el condenado apoyara la cerviz en ella. Atribuye tal determinación al odio contra los judíos. Estos pormenores son estremecedores, mas el capítulo de 1833 no aporta referencias que permitan contrastarlos de manera independiente. Puede consignarse lo que el autor asevera sin transformar su narración en acta judicial. Lo que sitúa en primer término es el silencio del ajusticiado: Hirtzel, escribe, no pronunció palabra alguna que permitiera albergar sospecha y protestó hasta la muerte que era inocente.
El capítulo de Champagnac no explicita el día del suplicio. El estudio de Émilie Leromain, que coteja el caso a partir de los archivos criminales alsacianos, confirma que Hirtzel fue ejecutado en diciembre de 1754. Tras su muerte, escribe Champagnac, el Consejo ordenó someter a Menehek Lévy y a Moïse Lang a la cuestión ordinaria y extraordinaria; una carta del ministro detuvo la ejecución de dicha orden. El rey dispuso a continuación el traslado del expediente a Metz. Los dos hombres permanecieron en prisión, mientras el relato menciona también a un tal Gresmard, retenido pese a una absolución pronunciada en su propia causa. Una ficha de los Archivos Departamentales del Alto Rin atestigua la existencia de un pleito de 1757 entre Madeleine Kopp y Catherine Strauman, por una parte, y los herederos de Hirtzel y los dos supervivientes, por otra, relativo a los daños y perjuicios reclamados tras el error judicial. El inventario no precisa quién promovió la acción ni contra quién se dirigían las pretensiones. La causa había rebasado ya el destino de un solo hombre: restaba dirimir qué podía aún reparar la justicia.
El estudio de Leromain llama asimismo la atención sobre el modo en que la administración conservó memoria del proceso. Un estado general de los crímenes de Alsacia para 1753-1755 lo hace figurar entre las condenas capitales, pero no refleja cabalmente la revisión ulterior. Los documentos de archivo demuestran que los tres hombres fueron inicialmente objeto de la sentencia, pero que solo uno fue ejecutado; las demoras y el traslado a Metz salvaron a los otros dos. La discordancia entre un asiento administrativo y el curso judicial subsiguiente recuerda por qué un proceso no se agota en la primera línea de un registro.
La iniciativa de la revisión llegó hasta el rey. La reseña de la Federación de Alsacia cita a Aaron Mayer de Mutzig y a Lehmann Netter de Rosheim entre los mandatarios judíos que se trasladaron a París, solicitaron la intercesión de los ministros y procuraron una audiencia real; otros notables se unieron a ellos. Champagnac sintetiza esta intervención en las órdenes del monarca: la causa debía ser avocada del Consejo Soberano de Alsacia y examinada por el Parlamento de Metz. Presenta la resolución real como fruto de los documentos y de las gestiones emprendidas. No obstante, no reproduce las cartas patentes íntegras, por lo que no conviene atribuirle más de cuanto consigna.
El Parlamento de Metz admitió en primer término, el 26 de julio de 1755, a los herederos de Hirtzel y a los dos prisioneros en calidad de apelantes, autorizó la práctica de sus diligencias de descargo y ordenó una nueva instrucción. No era aún la sentencia que les otorgaría la libertad. Era preciso que las pruebas fueran oídas y que las acusaciones se revaluaran en un nuevo procedimiento. Champagnac afirma que esta indagatoria acreditó plenamente los hechos justificativos. La reseña histórica alsaciana corrobora el desenlace: el 24 de septiembre, el Parlamento declaró mal juzgada la sentencia del baile, la anuló y decretó la puesta en libertad de los supervivientes.
A Hirtzel, el fallo no podía devolverle la vida. Champagnac refiere que su memoria fue rehabilitada y que su cadáver se entregó a sus hijos para que le dieran sepultura según el rito judío. La ficha de los Archivos Departamentales confirma que en 1757 las partes precitadas se hallaban envueltas en un litigio sobre la indemnización de perjuicios demandada tras el error judicial; el inventario por sí solo no permite discernir a quién correspondió la iniciativa ni a quiénes se señalaba como responsables. La sentencia de 1755 abría una vía de reparación, mas el duelo no se transmutaba en restitución. Hacía reconocer que la infamia de la condena ya no debía mancillar el nombre del difunto ni el de sus vástagos.
El título escogido por Champagnac aúna así un suplicio, un error y una reparación tardía. Denuncia la precipitación de los magistrados y se abre con la máxima según la cual vale más absolver a cien culpables que condenar a un inocente. Semejante lección pertenece al autor del siglo XIX; el historiador debe demorarse también en las etapas precisas que describe: una acusación controvertida, una coartada solicitada y denegada, una condena ratificada y, finalmente, una revisión que anula el fallo y libera a los hombres que sobrevivieron. En los registros, la enmienda adopta la forma de un auto. Para la familia de Hirtzel, llega después del patíbulo. El Parlamento puede restituir su memoria; no puede deshacer la jornada de Colmar.
