El camino de Dellys no conducía únicamente de un poblado a otro. Entre Maison-Carrée y La Reghaïa, la Gazette des Tribunaux describe una vía donde varios viajeros habían sufrido asaltos, y donde las patrullas apostadas junto a un cruce no siempre lograban conjurar las emboscadas. El 30 de agosto de 1861, Salomon May, de veinticinco años, partió de Hussein-Dey en un carruaje cargado de carne. Debía pasar la noche en Rouïba. Pocas horas después, sería hallado malherido en una zanja, y una pequeña bolsa que su familia afirmaba haberle confiado se convertiría en una de las piezas angulares de la acusación.
May trabajaba para el carnicero Mantout, su cuñado. Hacia las nueve de la noche, emprendió la marcha hacia Maison-Blanche con la mercancía resguardada bajo una lona. No portaba armas de fuego. Bajo el almohadón del pescante llevaba una sierra para carne y una chaira, herramientas propias de su oficio que la crónica también llama su «fusil de carnicero». El matiz importa: el periódico no describe a un caminante apercibido para la defensa, sino a un artesano que transportaba los útiles de su labor.
Hacia las diez de la noche, su vehículo alcanzó Maison-Carrée; media hora más tarde, cruzó la aldea de Retour-de-la-Chasse. A cierta distancia de allí, un puesto de guardia divisó el farol en la calzada. Poco después, según la Gazette, unos gritos llamaron la atención de los guardias. El diario sostiene que comprendieron que un viajero era atacado, pero carecían de armas y corrieron a avisar al secretario del ayuntamiento. Al llegar los auxilios, los asaltantes se habían desvanecido. El carruaje yacía volcado en una cuneta, con el caballo aún enganchado. En otra zanja yacía May, cubierto de heridas en la cabeza y el rostro.
Fue trasladado a la posada de Retour-de-la-Chasse. El doctor Payn se personó hacia las dos de la madrugada y lo halló apenas con aliento para hablar. Atendió sus lesiones; de unas pocas palabras inconexas el médico creyó entender el nombre de Saïd, luego el de Kouba, y la noción de que varios sujetos habían intervenido en la emboscada. Aquel balbuceo inicial distaba de poseer la nitidez de una declaración o el rigor de un reconocimiento formal. La Gazette lo retrata como el susurro de un hombre en trance de gravedad, incapaz aún de responder a las preguntas del juez instructor.
Al clarear el día, los pesquisas inspeccionaron el paraje. La reseña menciona tres amplios charcos de sangre y pisadas descalzas alrededor del camino. El hermano de May aportó un dato más singular: una bolsa que contenía, según afirmó, dos francos en moneda blanca había salido de Hussein-Dey con el herido y ya no se hallaba entre sus pertenencias. El diario no ofrece un inventario exhaustivo de las faltas, pero menciona también una bolsa de tabaco, un reloj de plata con dijes, la sierra de carne y la chaira. La bolsa de viaje no tardaría en encaminar las pesquisas hacia dos individuos; con todo, no era más que un indicio aislado, no la totalidad del cuadro.
El 31 de agosto, dos hombres llamaron la atención mientras recolectaban higos chumbos en el haouch El Bey. Llevados ante el jeque de La Rassauta, presentaban, a decir del periódico, manchas de sangre en las ropas de uno de ellos. Un registro sacó a relucir un portamonedas que la crónica juzgó semejante a la descripción del hermano de May. El individuo al que se le incautó, Abd el Nebi, sostuvo haberlo comprado dos meses atrás a un buhonero a quien no acertaba a identificar con precisión. Ambos hombres fueron arrestados. La Gazette los presenta como los encausados en el asunto; no obstante, Salomon había hablado de al menos cinco salteadores; los restantes sospechosos que dijo divisar jamás comparecieron ante el tribunal.
El tiempo que media entre la agresión y el juicio otorga al objeto su peso narrativo. El hermano, la hermana y el cuñado de May reconocieron el portamonedas durante la instrucción. El herido, por su parte, no pudo ser interrogado hasta el 18 de septiembre, cuando sus facultades hubieron mejorado lo suficiente. Al ver la bolsa, declaró que le pertenecía y que su hermana había colocado en ella el dinero para el viaje. En la vista oral añadió que la había ganado en una rifa de rueda en Hussein-Dey; la crónica no presenta estos dos detalles como incompatibles. Un mes después, el 11 de octubre, en un careo con Abd el Nebi, señaló antes de que se abriera el punto exacto donde un forro interior debía estar descosido; la Gazette da fe de que el detalle fue corroborado. En la crónica judicial, esa precisión engarza la pieza hallada en el arresto con un recuerdo íntimo del viajero.
La otra prueba material era la sangre advertida en las vestiduras de Abd el Nebi. Él la atribuía a una lesión en el costado izquierdo del pecho sufrida unas dos semanas antes. El rotativo puntualiza que había estado hospitalizado del 21 al 24 de agosto; un enfermero declaró que en el hospital las ropas no presentaban manchas. Un facultativo que examinó los rastros el 1 de septiembre los consideró recientes. Otros médicos y el boticario del hospital participaron luego en una pericia. La Gazette muestra sus conclusiones como una confirmación de los vestigios hemáticos, e incluso llega a describir sobre el albornoz la huella casi nítida de los dedos de May. Con todo, no reproduce dictamen médico alguno ni metodología pericial: dicha impronta pertenece a la prosa del periódico, no a un legajo que el lector contemporáneo pueda cotejar.
Los dos hombres opusieron sendas coartadas. Abd el Nebi alegó haber pasado la noche entera en un café moro cerca del Harrach, antes de salir por la mañana hacia la llanura con Ali ben Saïd. La mayoría de los testigos invocados en su descargo habrían desmentido dicha versión, según el relato judicial, salvo un deponente tenido por sospechoso por el cronista. Ali ben Saïd adujo asimismo encontrarse en otro sitio aquella noche; la Gazette compendia la contradicción de un testigo sin pormenorizar su itinerario horario. Nada permite convertir estos resúmenes en interrogatorios cabales: ignoramos las preguntas, los términos exactos y los descargos que los acusados pudieron esgrimir ante los magistrados.
En el careo, May señaló en primer término a Abd el Nebi como el individuo sobre el cual se había abalanzado tras recibir los primeros golpes. Aclaró que no lo conocía con anterioridad a esa noche, pero afirmó reconocerlo como el hombre con quien había forcejeado. Fue a propósito de Ali ben Saïd donde invocó un conocimiento previo: aseguró haberlo visto con frecuencia en Hussein-Dey y en Kouba, e identificó en él a quien lo había sujetado por el cuello. Se planteó en estrados la cuestión del reconocimiento en mitad de las tinieblas. May replicó que la noche se había despejado junto a Maison-Carrée y que el farol permaneció encendido hasta su caída. Semejante contestación constituye el testimonio consignado, mas no una medición objetiva de la visibilidad.
Ante el tribunal, describió una primera aparición de tres hombres al costado del carruaje, seguida de los golpes que lo derribaron. Dijo haberse incorporado, asir su herramienta y acometer contra uno de los salteadores mientras otro le apretaba la garganta. Los reos negaron hallarse presentes. Al nombrar May a Ali ben Saïd, este protestó; el cronista describe entonces la conmoción y la cólera del herido, sin que tal arranque emotivo pueda suplir el análisis riguroso de su identificación. May añadió que los agresores eran por lo menos cinco y desglosó el papel que atribuía a cada cual. Esta cifra subraya un límite insoslayable del proceso según lo recrea la prensa: tan solo dos hombres se sentaban en el banquillo.
El doctor Payn confirmó haber hallado a May en la posada gravemente herido, y haberle oído balbucear el nombre de Saïd y luego el de Kouba. Los demás declarantes habrían respaldado, en líneas generales, los asertos de la víctima. El fiscal general Pierrey sostuvo la acusación; los letrados Villermoz y Robe asumieron la defensa. La Gazette ensalza su talento, pero no transcribe los alegatos ni el debate de fondo. Su texto es una crónica de audiencia, no las actas literales de las sesiones. Deja escaso margen a la incertidumbre de los testigos, aun conservando los eslabones que sostenían el cargo acusatorio: la bolsa, las ropas manchadas, las coartadas endebles y, sobre todo, el señalamiento practicado por May.
Al término de las vistas del 14 y 15 de enero de 1862, el sumario da cuenta de que los acusados fueron declarados culpables de «homicidio con premeditación». Condena a Abd el Nebi a la pena de muerte y a Ali ben Saïd a trabajos forzados a perpetuidad. La fórmula «homicidio con premeditación» desconcierta en un proceso donde May declara con vida: bien podría tratarse de una simplificación o de una errata periodística. En ausencia de la sentencia original, no resulta factible fijar la tipificación jurídica exacta. El artículo no refiere fallo alguno respecto al robo anunciado en sus titulares, ni da cuenta de posibles recursos o de la ejecución de las penas. Conviene, pues, no confundir la narración que el periódico hace del asalto con la exacta calificación penal que recayó en autos: el fallo referido sanciona un homicidio con premeditación y asigna penas desiguales.
La crónica de la Gazette se abre evocando a los «salteadores de caminos» y se clausura con un castigo ejemplar. Entre ambos extremos, la víctima superviviente se erige en testigo capaz de señalar a dos sospechosos, mientras que los objetos requisados y los vestigios de sangre se articulan para conferir cuerpo a ese reconocimiento. El tono colonial del rotativo contrapone sin cesar las categorías de «europeos» e «indígenas», y su semblanza fisonómica de los acusados nada demuestra sobre su culpabilidad; responde a la mirada de su época y aquí se omite. Lo que cabe colegir con rigor es más modesto: una crónica coetánea que consigna dos veredictos, dos penas y una investigación cuyos hilos esenciales permanecen en la penumbra.
