La primera vez que Joseph-Auguste Colombé regresa a Pignicourt, halla a su mujer sola con los niños. Le propina dos bastonazos y se marcha. Minutos después, está de vuelta. Una pesada piedra atranca la puerta. Empuja con fuerza; su cuerpo solo logra pasar a medias, con la cabeza y el costado derecho encajados en la abertura. Dentro de la casa, su esposa le arroja una cuerda al cuello. Las hijas acuden alarmadas por el estrépito. Cada una afirmará más tarde haber tirado de esa soga, mas no por el mismo motivo.
Esta escena del 17 de enero de 1873 llega ante la Audiencia de lo Criminal del Aisne bajo diversas versiones. El escrito de acusación expone una; la viuda y sus hijas defienden otras a lo largo de los interrogatorios y las declaraciones. Al término de la vista, el jurado declara a la viuda de Colombé culpable con circunstancias atenuantes. El tribunal la condena a diez años de trabajos forzados. Entre la puerta y el veredicto median, sin embargo, un matrimonio quebrado, un esposo que regresa para tender una celada a su consorte y unas niñas a las que el proceso sitúa en el epicentro del drama de los adultos.
La sesión del 8 de mayo se abre a las diez y media de la mañana. Los gendarmes conducen a una mujer hasta el banquillo de los acusados. Lleva apretada contra su regazo a una criatura en mantillas, nacida durante su reclusión. Geneviève Crevaux, viuda de Colombé, es jornalera en Pignicourt. Se le imputa haber dado muerte voluntariamente a su marido.
Habían contraído matrimonio en 1855. El acta acusatoria dibuja un hogar en paulatina descomposición: él, hábil maestro carretero, entregado a la embriaguez y al vicio; ella, retratada en términos de índole violenta y costumbres disolutas. Tales son los calificativos inculpatorios de la crónica procesal, no semblanzas que puedan tenerse por hechos acreditados de forma fehaciente. Tras dilapidar un patrimonio estimado en unos quince mil francos, los cónyuges se separan a comienzos de 1871. Colombé abandona Pignicourt para emplearse primero en Soissons y más tarde en Reims; su mujer permanece en la aldea al cuidado de los hijos.
En el otoño de 1871, a decir del ministerio público, la mujer se instala en casa de Lamotte, con quien mantiene una relación íntima. En diciembre de 1872, Colombé descubre que está encinta. Comparece de inmediato ante el alcalde con miras a promover la separación de cuerpos y reúne la documentación pertinente. No se trata aún, en el decurso de los autos, de una demanda formalizada ante los juzgados: la crónica precisa únicamente que había manifestado dicho propósito.
El 17 de enero regresa a Pignicourt con unDesignio que el ministerio fiscal define con nitidez: sorprender a su cónyuge en flagrante adulterio. Se presenta hacia las siete de la mañana. Empero, según el sumario, la encuentra acostada únicamente junto a los niños. Ciego de cólera, le descarga dos golpes con un bastón y se aleja del lugar. Vuelve a los pocos minutos. La piedra que su mujer ha arrimado tras la hoja de la puerta impide el paso. A través del resquicio, fuerza la entrada asomando la cabeza y parte del torso.
El ministerio fiscal describe en ese instante los ademanes de cada cual. Colombé aferra a su mujer por los cabellos con una mano; en la otra empuña un apero de hierro, un extractor de remolachas. Ella le pasa una soga alrededor del cuello y tira de ella con ambas manos. Batilde y Augustine, atraídas por el tumulto, echan mano a su vez de la cuerda. Batilde asegura no haberse percatado de que el nudo ceñía la garganta de su padre. Cuando su madre les conmina a voces a apartarse, sueltan el cabo. Poco después, la viuda sale presurosa a avisar al alcalde. El regidor halla el cuerpo de Colombé tendido en el interior de la vivienda, todavía con la soga ceñida al cuello.
La autopsia aporta a la causa una evidencia médica harto más concluyente que las memorias encontradas de la contienda. El forense advierte en torno a la tráquea los surcos circulares propios de una atadura opresora. Dictamina que el deceso sobrevino por asfixia provocada por estrangulación. Observa asimismo equimosis en el rostro, los brazos, las manos y las rodillas de Colombé, amén de leves signos de refriega en la faz y los cabellos de la mujer. Dichas comprobaciones ratifican que hubo una colisión violenta; por sí solas, no obstante, no dilucidan quién inició la acometida ni con qué fin se tensó la cuerda.
La viuda admite haber provocado la muerte, pero apela a la legítima defensa. Refiere que su marido, tras los dos bastonazos matinales, la amenazó de muerte antes de retirarse. Habría regresado blandiendo un garrote o una herramienta. Asevera haberle rodeado el cuello con una soga de telar con el único fin de repeler su violencia. Afirma que, en el fragor de la pelea, ella misma estuvo a punto de perecer asfixiada, que ambos cayeron desplomados y que las hijas ignoraban lo que hacían al tirar. Al tenor de su testimonio, la soga se trabó fortuitamente en la garganta y causó el óbito de forma involuntaria al debatirse desesperadamente por librarse de su agresor.
El magistrado presidente le toma declaración asimismo acerca de la criatura que sostiene en brazos. La viuda sostiene que es de su esposo. Explica que su marido le conminó a seguirle bajo grave conminación: «uno de los dos tenía que quedar allí». Desmiente igualmente la manifestación atribuida a Augustine en presencia del alcalde —«Papá quiso matar a mamá. Nosotras lo estrangulamos»— y jura que jamás abrigó el designio de quitarle la vida a su marido.
Las hijas no se sientan en el banquillo en esta causa; con todo, sus palabras resultan tan decisivas como dolorosas. Batilde, la testigo de menor edad, no presta juramento dada su condición de menor e hija de la encausada. La prensa apunta que fue arrestada en los primeros compases de la instrucción para quedar luego exenta de procesamiento. Afirma que su padre había castigado a su madre con un palo de escoba. Al volver, esgrimía el arrancador de remolachas. Consiguió arrebatárselo. Concede haber tirado de la soga durante cinco minutos, si bien asevera que ignoraba que estuviese enlazada al cuello de su progenitor. Al ser interrogada sobre lo que sabía en el instante en que este expiró, guarda silencio. Añade a renglón seguido que su hermano menor pretendía golpear a su padre con una piqueta que había en la estancia.
Augustine, que ronda los quince años a tenor de la crónica, corrobora la presencia de su padre el 17 de enero. Le atribuye esta amenaza: «he de cobrarme tu vida o tú la mía». Admite de igual modo haber tirado de la cuerda, aunque arguye que pretendía con ello trancar la puerta. El acta de acusación no comparte ese propósito: señala que las dos hermanas tiraron conjuntamente de la soga que colgaba a lo largo del cuerpo del padre, si bien ignora, en lo tocante a Batilde, si sabía que podía llegar a estrangularlo. La divergencia entre ambas formulaciones no puede soslayarse. Las menores se vieron envueltas en una refriega donde la puerta, el cuerpo de su padre y la cuerda confluían en un mismo punto; el tribunal transformó más tarde sus impresiones en elementos de prueba de cargo.
El acta reseña otros testimonios, pero despacha sus declaraciones tachándolas de «intrascendentes». El ministerio fiscal sostiene la acusación con vehemencia; la defensa corre a cargo del letrado Pinson. El presidente procede al resumen de las deliberaciones, sin que el periódico conserve pormenores de dicho extracto ni recoja los informes forenses o de la defensa en detalle.
El jurado emite un fallo de culpabilidad apreciando circunstancias atenuantes. La Sala condena a la viuda de Colombé a diez años de trabajos forzados. La sentencia declara su responsabilidad penal; empero, no disipa las contradicciones que el diario yuxtapone: los dos golpes de bastón, el regreso de Colombé, su tronco encajonado en el vano, el apero metálico, la soga y las dos muchachas tirando de ella. Tampoco brinda acceso al fuero íntimo de las menores. Sus voces fueron oídas en una vista donde se juzgaba a su madre y que ya las había erigido en testigos forzosos de la agonía de su padre.
Aquella mañana, una puerta entreabierta escindió la casa del mundo exterior. La piedra levantó una barrera; la cuerda devino alternativamente medio de resistencia, instrumento homicida y objeto del que tiraban dos adolescentes. La crónica no permite componer con esta escena un retablo exento de sombras: la acusación, la viuda y las hijas no confieren el mismo sentido al mismo ademán. La justicia hubo de responder a la cuestión de la culpa. Para el lector de hoy, queda una familia cuyas verdades encontradas confluyen en un único punto: en torno a esa puerta que un hombre pretendía forzar y que una mujer pugnaba desesperadamente por mantener cerrada.
