Pelham sitúa el crimen en la noche del 5 de agosto de 1814, en el número 27 de Mount Street. En la vista oral, Macey fecha en el 4 de agosto la visita de Mitchell y refiere que Welchman, tras haber bajado a la cocina con las demás, subió de nuevo hacia el taller con el propósito de lograr que se marchara. Las mujeres oyeron su grito, seguido de dos detonaciones. Pelham relata que las compañeras subieron y hallaron a Welchman herida de muerte; Macey puntualiza que ella misma se detuvo en el salón, mientras que Watkins describió el hallazgo del cuerpo en el umbral. Mitchell se había desvanecido. Ambos testimonios discrepan en cuanto al día exacto, y dicha divergencia debe permanecer visible.
Esta secuencia, médula de las declaraciones escuchadas en el Old Bailey, no da comienzo con los disparos. Se abre con una relación a la que la joven pretendía poner fin. Mitchell se había presentado ante ella bajo el nombre de Smith. Macey precisó que jamás oyó a Mitchell detallar su oficio o condición; Pelham afirma que se hizo pasar por comisario de a bordo en un navío. Conviene atribuir este pormenor al compilador retrospectivo, sin transformarlo en testimonio directo aseverado por Macey. Lo que el tribunal constató con mayor certeza es que él regresaba a la casa de Macey a pesar del manifiesto deseo de Welchman de no volver a verlo.
El 4 de agosto, Mitchell entró en el taller poco antes de las ocho de la tarde. Macey se encontraba allí con varias operarias y con la hermana de Welchman. A decir de la patrona, Mitchell montó en cólera cuando la muchacha lo acusó de haberle sustraído unas tijeras. Las demás desalojaron la estancia, pero permanecieron en el salón contiguo, desde donde alcanzaban a percibir las voces. Él conminó a Welchman a salir a cenar juntos; ella rehusó. Quiso luego que mandaran traer salmón para procurarse un refrigerio tardío. Al regresar Macey para rogarle que se fuera, Mitchell contestó que no partiría sin una carta de Welchman. Esta replicó que ya la había destruido.
La casa, aquella noche, custodiaba múltiples puertas y diversos testigos. Macey vio a la criada trancar los postigos de las ventanas que daban a la calle. Más tarde, ella y las restantes mujeres bajaron a la cocina. Welchman se reunió con ellas, permaneció apenas un minuto y volvió a subir. Esperaba, según dijo, conseguir al fin que Mitchell se marchara. El grito, y de inmediato los dos disparos, quebrantaron la cena. Macey se contuvo en la sala de la planta baja; no vio al hombre salir ni lo escuchó cerrar la puerta. Admitió, con todo, que bien pudo haber bajado sin cruzarse en su camino.
Robert Watkins, arrendatario de la finca, fue alertado por su ama de llaves instantes antes de las detonaciones. Halló a Welchman tendida a medias sobre el umbral, con la cabeza ensangrentada. En la pieza delantera, una ventana permanecía abierta sobre un tejadillo de plomo; un hombre podía, a su juicio, deslizarse por allí para ganar la calle. Se descubrieron dos pistolas en habitaciones distintas. Moon manifestó que parecían recién descargadas, aunque aclaró que no las había examinado minuciosamente. Russell, el cirujano, las encontró húmedas al tacto y dictaminó que acababan de ser disparadas; advirtió asimismo dos heridas en el cráneo. Ann Stennett recogió una bala junto al cuerpo y se la entregó a Watkins.
El expediente de la causa permite seguir también el orden riguroso en que depusieron los testigos: Macey, Watkins, Moon, Collinson, Kingston, Russell, Stennett, Chapman, Picken, Foy y, finalmente, Bracken. Este desfile no eleva cada indicio al rango de prueba incontestable; brinda al jurado la facultad de contrastar las narraciones de la casa con los objetos y los vestigios materiales.
El sombrero se convirtió en otro de los hilos de la pesquisa. Thomas Chapman, sombrerero, reconoció el ejemplar que se le puso a la vista como un modelo vendido a Mitchell en el mes de junio. El parroquiano le había confiado entonces su intención de desposar a una joven, obrera de Mount Street. Chapman admitió también que, de no haberse enterado del homicidio, jamás habría vinculado la prenda con el caso. No se trataba, pues, de una identificación espontánea y directa: el objeto cobraba significado únicamente porque el nombre y las circunstancias del cliente habían llegado a su conocimiento.
Picken, criado al servicio de un general, declaró que Mitchell se había presentado a pedirle un sombrero prestado el viernes 5 de agosto, al día siguiente de la fecha señalada por Macey y jornada retenida por Pelham. Alegaba haber extraviado el suyo en la feria de San Bartolomé; Picken creía recordar que la feria ya había concluido para entonces. Los agentes descubrieron más tarde en la vivienda de Mitchell fundas de pistola, moldes para proyectiles y cuatro balas. El oficial Foy declaró que los proyectiles, las fundas y una llave se correspondían con las pistolas incautadas. Ninguno de estos extremos se presentó como el relato de un testigo ocular del crimen; la causa se articulaba mediante la concordancia entre objetos, desplazamientos y declaraciones.
Un vecino, William Collinson, había visto a un hombre desprovisto de sombrero desplomarse sobre el empedrado tras oírse un alarido y correr luego en dirección a Charles Street. No pudo asegurar que se tratase de Mitchell. William Kingston vio igualmente a un individuo sin sombrero encaminarse hacia la misma calle, mas tampoco pretendió haberlo reconocido. Aquellas dos declaraciones trazaban una dirección de fuga, no un rostro indubitado.
Durante varias jornadas, las pesquisas resultaron infructuosas. Mitchell llevaba largo tiempo sin empleo y los pesquisidores ignoraban su último domicilio. El punto de inflexión procedió de otra lectura de las gacetas. Henry Bracken, labrador de las inmediaciones de Salisbury, había tenido antaño a Mitchell a su servicio. Al leer la filiación divulgada tras el asesinato, lo reconoció por los contornos y dispuso su arresto el 9 de agosto, a unas once o doce millas de Salisbury. La persecución no culminaba mediante un vasto despliegue de las fuerzas del orden: pendía del recuerdo de un antiguo amo y de un anuncio impreso.
El 13 de agosto, el oficial Taunton condujo a Mitchell a Bow Street. Acto seguido fue remitido a Newgate. Los Proceedings encuadran la causa en el periodo de sesiones abierto el 14 de septiembre; dicha fecha no fija necesariamente el día de la vista. Pelham sitúa la audiencia el viernes 16 de septiembre. Los testimonios incidieron en las armas, el sombrero, las heridas, el individuo avistado con la cabeza descubierta, los efectos hallados en su morada y el reconocimiento practicado por Bracken. Mitchell rechazó la acusación. Sostuvo que el sombrero no le pertenecía, que lo había perdido en Burlington Gardens, que las pistolas no eran suyas y que jamás había demandado cena alguna. No presentó testigo alguno en su descargo.
El jurado lo halló culpable, y el registro de la sesión consigna la pena de muerte. Pelham, en su compilación retrospectiva, fecha la ejecución el 19 de septiembre y describe la multitud congregada ante Newgate; este cuadro pertenece a su propia crónica y no al acta procesal. Refiere asimismo que, tras el ahorcamiento, se consintió que varias mujeres se aproximaran a rozar la mano del difunto, práctica a la que la creencia popular atribuía la virtud de sanar ciertas afecciones cutáneas. El detalle revela la atmósfera que envolvía entonces al espectáculo de la justicia: después de que las pruebas hubieran fijado una responsabilidad a ojos del tribunal, otros buscaban todavía en el cuerpo del ajusticiado un remedio dictado por la superstición.
El expediente custodia así diversas modalidades de reconocimiento que distan de ser equivalentes: dos vecinos divisaron a un hombre sin sombrero sin lograr identificar a Mitchell; el sombrerero vinculó un artículo a un antiguo cliente; Bracken reconoció al cabo al hombre descrito en la prensa. La ventana abierta tornaba plausible la huida, sin que ningún testigo de la vista afirmase haberlo visto escapar por allí. El jurado transformó este haz de declaraciones y vestigios en un veredicto de condena, pese a las negativas de Mitchell. Nada restituyó a Welchman su taller ni el porvenir que le aguardaba en el obrador de Macey; la instrucción judicial logró abrirse paso huérfana de testigos directos de la muerte, cimentada en indicios que conservaban, cada uno de ellos, sus propios límites.
