En el corazón de Stepney, tras las hileras de viviendas levantadas a toda prisa para albergar a la clase obrera, Mary Emsley custodiaba en solitaria clausura sus llaves, sus recibos y su desconfianza. Viuda y propietaria de varios inmuebles, recorría todavía las calles para cobrar los alquileres, pero no franqueaba su puerta sin haber reconocido antes al visitante desde la ventana o el patio. El lunes 13 de agosto de 1860, dos vecinas la vieron sentada en su primer piso. El viernes fue hallada muerta en la habitación superior, rodeada de rollos de papel pintado. Entre ambos momentos, los testigos observaron una puerta cerrada, un postigo entornado de forma insólita, un hombre cargado con bultos y, poco después, un paquete sepultado bajo una losa. Cada indicio parecía señalar a un culpable; reunidos, jamás lograron fijar con absoluta certidumbre la hora de la muerte.
El juicio contra James Mullins dio comienzo en el Central Criminal Court el 22 de octubre de 1860, bajo la presidencia del Chief Baron Pollock. La transcripción de Old Bailey reproducida por Arthur Conan Doyle nombra al acusado, de cincuenta y dos años de edad, y consigna el veredicto sin ambages: «Guilty.—Death». La sentencia corresponde al tribunal; la duda pertenece a los lectores que le sucedieron. Doyle, quien retomó el expediente décadas más tarde, fechó por error la vista el 25 de octubre y cuestionó la solidez del cuadro probatorio. Su ensayo no constituye un testimonio contemporáneo, pero dirige la atención hacia contradicciones que las actas del proceso permiten verificar.
El viernes 17 de agosto, Walter Thomas Emm, zapatero que auxiliaba en ocasiones a Mary en la cobranza de las rentas, advirtió al procurador de esta de que le resultaba imposible acceder a la vivienda. La puerta de la calle se hallaba cerrada, mas no atrancada por dentro; los agentes ingresaron por el jardín trasero. En la planta superior descubrieron el cadáver en un aposento atestado de rollos de papel. La sangre había manchado la tarima y el muro; una huella sanguinolenta, orientada hacia el rellano, sugería que un hombre había abandonado la estancia. El cirujano Samuel Gill describió varias heridas profundas en la cabeza. A su juicio, pudieron haber sido infligidas con un martillo, si bien no pudo precisar el momento del óbito en un margen inferior a veinticuatro horas: el domingo, el lunes o el martes resultaban igualmente plausibles según las condiciones del lugar.
Semejante incertidumbre era capital. Las vecinas Elizabeth Pashley y Elizabeth Muggeridge habían visto a Mary con vida el lunes al atardecer; advirtieron asimismo que los postigos permanecieron abiertos más tarde de lo habitual. Sin embargo, el martes por la mañana, hacia las diez menos veinte, Caroline Barnes atisbó entreabierta una ventana del último piso y distinguió a alguien que parecía mover papeles pintados. Fue incapaz de identificar a dicha persona. No relató la escena hasta después de descubrirse el crimen, y puntualizó ante el jurado que ignoraba por entonces si Mary se encontraba en la habitación. La acusación pública podía esgrimir que tal ademán correspondía a un homicida afanado en borrar sus vestigios; la observación bien podía significar también que alguien continuaba con vida en la casa. Ningún testigo permitió dilucidarlo.
Otro encuentro vino a enmarañar la cronología. El constructor James Stevenson aseveró haberse cruzado a la mañana siguiente con un individuo que salía de un jardín con papeles bajo el brazo; creyó que provenía de la finca de Mary, sin poder garantizarlo. Reconoció luego a William Rowland, un empapelador de su trato, y refirió la conversación que mantuvieron sobre la colocación de papel. Rowland negó haber salido aquel día de casa de Emsley: sostuvo haber trabajado en la vivienda colindante jornadas atrás. Tachó a Stevenson de hombre de impresiones confusas. La declaración no zanjaba la controversia; multiplicaba las versiones posibles de un mismo suceso.
Las pesquisas se habían centrado inicialmente en Emm. Un cheque de diez libras, hallado con posterioridad en un fardo, había sido entregado a Mary el 13 de agosto por John Joshua Carrier; la fecha del día 14 consignada en el documento obedecía, según este, a un mero error. El paquete contenía además tres cucharas, dos lentes y otros objetos menudos. La familia reconoció ciertas piezas como propiedad de Mary, aunque varias identificaciones se hicieron con suma cautela. A finales de agosto y comienzos de septiembre, Mullins acudió ante los agentes para incriminar a Emm. Afirmó haberlo vigilado y haberlo visto transportar un bulto hacia un cobertizo ruinoso, para depositar después un paquete de menores dimensiones en un colgadizo cercano a su cabaña. La policía inspeccionó el lugar sin éxito inicial. Mullins insistió, señaló una losa; bajo ella, los agentes exhumaron los efectos sustraídos.
El paquete presentaba dos envolturas: una cinta de tela o galón tosco ceñía el papel exterior, y bramante encerado aseguraba el interior. En el alojamiento de Mullins, los agentes incautaron un retal de cinta semejante al del embalaje, contándose treinta y tres hebras en cada muestra. En su alcoba se requisó asimismo cera de zapatero, y el propio acusado empleaba bramante encerado como cordón de calzado. Junto a sus herramientas yacía una maceta de yesero; un zapato viejo, arrojado a un vertedero, fue cotejado con la pisada de sangre mediante la disposición de dos clavos y una oquedad en la suela. El conjunto indiciario se antojaba abrumador, pero cada concordancia hallaba su propio límite: la cinta no constituía una señal exclusiva, el martillo no estaba oculto y los facultativos no pudieron certificar que los pelos hallados en el calzado pertenecieran a la cabeza de Mary.
Un estuche dorado para lápiz aportó nuevas sospechas. Dos conocidos de Mary creyeron haberlo visto antaño en su poder; Mullins lo había vendido a un tabernero por mediación de su esposa. El doctor Gill creyó apreciar sangre en el borde de la pieza, mas admitió su incapacidad para determinar si era de origen humano. Mary Mullins, hija del encausado, declaró que el adminículo pertenecía a su hermano James, marinero de profesión, que lo había visto en sus manos en junio o julio y que este se había hecho a la mar antes del homicidio. No podía asegurar que el estuche exhibido en el tribunal fuese exactamente el mismo. De este modo, el diminuto objeto que hubiera podido vincular al reo con la víctima conservaba una procedencia dudosa.
Dos testigos situaron a Mullins en las inmediaciones de la casa o en su trayecto en momentos que la acusación asociaba al crimen, sin que la hora de la muerte estuviese fijada. John Raymond lo ubicó hacia las ocho de la tarde frente a un urinario, a unos cuatrocientos metros del inmueble; no conocía al individuo y solo lo identificó tras leer la prensa, en medio de una rueda de doce o quince personas. El marinero John Mitchell afirmó haberse cruzado con él hacia las cinco de la madrugada del martes, a unas tres cuartas partes de milla de Grove Road, con los bolsillos abultados y ademán agitado. No facilitó su filiación hasta conocer el asesinato y reconoció al acusado tiempo después en una prisión preventiva donde le abrieron una treintena de celdas. El primero habló de un sombrero negro; el segundo, de uno castaño. Conan Doyle advirtió esta discrepancia; la transcripción demuestra asimismo que tales reconocimientos fueron tardíos y estuvieron condicionados por el relato público.
Las coartadas no disiparon las sombras. Emm y los suyos sostuvieron que este había pasado parte de la velada del 13 de agosto con su cónyuge, una amiga y un carretero, marchando luego a Stratford. Se esgrimieron recibos de peaje y recuerdos de viaje, pero los deponentes titubeaban en las fechas y sobre quién les había recordado el día exacto. Los hijos de Mullins intentaron, por su parte, situarlo en el domicilio familiar; sus respuestas acerca de la cena, el descanso nocturno y las noches pasadas en Barnsley Street incurrieron en contradicciones durante el contrainterrogatorio. La defensa no logró forjar una coartada incontestable; puso al descubierto, más bien, la fragilidad y las vacilaciones de la memoria en ambos bandos.
El jurado declaró culpable a Mullins, y el Chief Baron pronunció la condena a muerte. Doyle refiere que fue ahorcado el 19 de noviembre y que dejó un escrito en el que reiteraba su inocencia; añade que Mullins manifestó creer en la inocencia de Emm. Esta última palabra no equivale a una confesión. No esclarece quién dispuso los objetos bajo la losa ni por qué el acusado guio a la policía hasta su escondrijo. Griffiths, al historiar años después las fuerzas del orden, transformó este giro teatral —el delator convertido en reo— en prueba de la sagacidad criminal de su autor. Las actas judiciales, por el contrario, dejan al descubierto piezas reconocidas con reservas, testimonios mudables y un escenario criminal cuya hora permanece en penumbra.
No cabe por ello abolir el veredicto alcanzado por los jurados. El fardo hallado bajo la losa, los vínculos con Mary y la conducta de Mullins integraban un severo cuerpo de acusación; el tribunal lo juzgó suficiente. Sin embargo, ni el fallo ni el cadalso transmutaron testimonios tardíos en certezas inconmovibles. La ventana abierta del martes, los papeles removidos, el cheque fechado al día siguiente y los dos viandantes cruzados a deshoras componen no tanto una solución cuanto un sumario cuyas piezas se resisten al ensamble. Tal es la rigurosa lección de esta causa: la justicia supo aplicar un nombre y un castigo al reo que retuvo entre sus mallas; no logró iluminar cada minuto transcurrido ni acallar las dudas que sus propios testigos dejaron tras de sí.
