El rostro de Caspar Frisch obligaría a los lugareños a escudriñar en sus recuerdos. A la una de la tarde, un testigo lo había visto sin marca alguna; a las seis, sus mejillas mostraban arañazos evidentes. Él habló de una caída, de un abeto y de unas ardillas que había intentado atrapar. Mientras tanto, Joseph Samuel Landauer no regresaba a su hogar. El 17 de julio de 1809, Parnas Samuel comunicó al tribunal de Harburg que el mercader, que había partido la víspera con rumbo a Brünnsee, había sido hallado muerto junto a las ruinas de Wöllwarth. Su criado David Levi y Andrew Bonlander habían salido en su busca. Dos pagarés hallados sobre el cadáver llevaban la firma de Frisch. Antes siquiera de que se le acusara formalmente, sus propios manuscritos ya lo señalaban.
Landauer se dedicaba a la venta de relojes. Frisch le había comprado varios a crédito: dos de plata, una hebilla de sombrero y una cadena, contrayendo una deuda de 132 florines que apenas lograba reembolsar. Abonaba los plazos con retraso y guardaba rencor al comerciante, convencido de que le había cobrado en exceso. Pocas semanas antes de la muerte de Landauer, se había dejado tentar por un reloj de repetición, que daba las horas con campanadas. Codiciaba ahora dos piezas nuevas: una pequeña y otra más grande y plana. La permuta debía cancelar la antigua deuda y poner en sus manos aquellos objetos sin gravar aún más sus caudales. Según su testimonio, el nuevo trato le exigía un desembolso suplementario de treinta y seis florines, que pensaba saldar con el dinero que decía haber hallado.
La viuda de Landauer relató que, unos diez días antes del crimen, Frisch había hablado de ciertos ahorros supuestamente encontrados bajo un cobertizo. Había prometido emplear esa suma en pagar a su acreedor y le había fijado una cita para el domingo 16 de julio. Landauer debía acudir provisto de los relojes y marcharse con el dinero. Había vacilado: la patraña le infundía sospechas. Frisch logró convencerlo jurándole que tales fondos procedían de su propio trabajo. La viuda declaró que su esposo partió aquel día llevando consigo una suma importante y dos relojes, entre ellos uno de repetición.
Frisch ofreció una versión bien distinta. Sostuvo que Landauer se había presentado en su casa hacia la una con dos relojes que ya le había vendido, y que el encuentro solo pretendía cerrar un canje. Frisch afirmó haber saldado parte de su deuda antes de salir. Aseguró haberse enterado más tarde de que tres personas se habían enzarzado en una reyerta en el castillo. Cuando el juez advirtió rasguños recientes en su semblante, el acusado los atribuyó a unas obras en el tejado de sus primos y, en lo tocante a los de la boca, a un corte de afeitado. A sus vecinos les había ofrecido otra explicación: un traspié mientras perseguía ardillas.
Diversos testimonios vinieron a desbaratar su relato. Un vecino aseveró no haber visto señal alguna en su rostro a la una de la tarde. Hacia las seis, Frisch acudió a pedir un vaso de agua a la esposa de otro convecino, quien advirtió que le temblaban las piernas y que los arañazos sangraban todavía. Un segundo testigo coincidió en haberlo visto ileso a primera hora del día y marcado más tarde. El médico dictaminó que las lesiones, tanto las del rostro como las de la mano izquierda, guardaban una similitud inequívoca con huellas de uñas humanas.
Los relatos sobre lo acaecido en el castillo resultaban menos unívocos. Keck afirmó haber reconocido a Frisch, por su andar y su bastón, cerca de las ruinas poco después del homicidio. Dos personas, Keck y Anna Vogt, divisaron a lo lejos a dos hombres que golpeaban a un tercero; una muchacha de unos trece años describió a un individuo con blusa negra y sombrero campesino, y a otro con blusa blanca y gorra negra, oyendo aún gemidos instantes después. John Low, quien había advertido a Keck de lo que ocurría, sostuvo haber visto a dos personas en total. Keck rehusó ratificar bajo juramento la presencia de tres hombres. Correspondía a la justicia entrelazar aquellas observaciones con los pagarés, el horario de Frisch y las marcas certificadas por el cirujano.
El 19 de julio, tras un primer interrogatorio jalonado de evasivas y desmentidos, Frisch solicitó comparecer de nuevo y confesó. Explicó que vivía con unos primos por no avenirse con su madrastra, a la que tachaba de rigurosa. A sus veinticinco años, arrastraba una pierna derecha rígida, padecía de la espalda y tenía varios dedos maltrechos; andaba con bastón y no podía doblarse a las fatigas del campo. Sus primos lo cobijaban y le encomendaban arreglos menudos; ganaba algún dinero tallando madera. Refiere la crónica que pretendía suplir su mengua física con galas y adornos. Había gastado por encima de sus posibilidades, persuadiéndose de que Landauer lo había estafado en los precios. Deseaba a un tiempo eludir la deuda y hacerse con los dos codiciados relojes. Dijo que la idea se le vino a las mientes faenando en un cobertizo y que ya no pudo apartarla de sí. Durante la semana previa al encuentro, según su confesión, fue incapaz de conciliar el sueño, de comer o de beber. Una noche oyó a un búho y tomó su graznido por una advertencia de ultratumba; aun así, afirmó haberse respondido que consumaría el hecho.
Frisch admitió haber urdido la patraña del dinero enterrado para inducir a Landauer a acompañarlo hasta el castillo. Le había asegurado que acababa de desenterrar doscientos florines olvidados desde la ocupación francesa y que al fin podía satisfacer a su acreedor. El comerciante llegó hacia la una, aprovechando que los primos se hallaban fuera. Exigió a Frisch una declaración escrita que acreditase la legítima pertenencia del dinero. Frisch le indicó entonces que se encontraba entre unas rocas, contradiciendo su primera versión, que lo situaba bajo el cobertizo. Landauer lo siguió no obstante hasta el escondite y se dispuso a mover las piedras. Frisch lo atacó por sorpresa. La víctima se defendió con denuedo, y las marcas en el rostro y en la mano del agresor dieron fe de aquel forcejeo. Frisch pretendió haber obrado después en legítima defensa para salvar su propia vida. Reconoció, con todo, haber concertado la cita con el propósito de robar los relojes, e新手 admitió que Landauer le había suplicado clemencia. Tomó el dinero y los relojes y abandonó el paraje. El facultativo halló en la víctima heridas compatibles con el empleo de una piedra.
Persistía una duda: ¿habían divisado los testigos lejanos a Frisch solo, o a un segundo agresor? Frisch negó tajantemente la presencia de cómplices y reiteró su afirmación en sucesivas declaraciones. Los magistrados cotejaron sus palabras con las de quienes lo habían visto cerca del castillo y en casa de sus vecinos, sin poder determinar jamás la intervención de otro individuo. Feuerbach concluyó que las convulsiones y mudanzas de una lucha cuerpo a cuerpo bien pudieron confundir a unos observadores distantes. Recordó asimismo que Frisch había golpeado primero a Landauer con ánimo de lucro; su alegato de defensa propia no podía borrar la alevosía con que había atraído a la víctima hasta las rocas.
Recoge la crónica que la deuda y el encono de Frisch se hallaban emponzoñados por el prejuicio antisemita. Declaró haberse convencido de que revestía menor gravedad expoliar a un acreedor judío. Semejante justificación procedía de los labios del reo; los documentos aportados por Feuerbach acreditaban la existencia de la deuda, mas en modo alguno que Landauer hubiese gravado indebidamente a su deudor. El tribunal apreció las figuras de robo y asesinato: el juzgado de distrito, y más tarde la corte central de apelación de Múnich, lo condenaron a morir decapitado. Las leyes de la época preveían suplicios más atroces, pero su confesión palmaria movió a los jueces a moderar la ejecución a dicha pena.
