Una cesta de huevos colgaba todavía del brazo de Lecomte cuando lo arrojaron al suelo.
El 25 de abril de 1869, hacia las diez de la noche, una decena de personas se hallaba en una encrucijada de Estry, allí donde se cruzaban los caminos de Vassy a Caumont y de Vire a Aunay. Lecomte, jornalero de Presles, regresaba con su cesta. Se encontraba ebrio. Un grupo de jóvenes se entretuvo en empujarlo de un lado a otro del corro, para luego derribarlo. La Gazette des tribunaux menciona una chanza fuera de lugar que degeneró en disputa y en una refriega, al parecer sin mayor gravedad.
Dos hombres que se desvestían en una habitación de una posada cercana bajaron al camino, indignados por el modo en que maltrataban a Lecomte. Armados con estacas, golpearon, según el periódico, un tanto al azar a cuantos encontraron a su paso. Onfray, que ya se había distinguido por la violencia de sus discursos, llegó entonces empuñando una enorme palanca de hierro con ambas manos. Tenía veinte años.
La mayoría de los presentes ya huía. Lecomte quedó solo en la encrucijada, incapaz de defenderse, y Onfray lo alcanzó en la cabeza. El golpe lo derribó casi sin conocimiento. El agresor lo volteó boca abajo y continuó golpeándolo en la cabeza y en la espalda. Los testigos dirían más tarde que los golpes resonaban como si cayeran sobre madera.
Lecomte apenas daba ya señales de vida. Quienes lo rodeaban lo dejaron inerte sobre el camino. La Gazette atribuye esta espera a una superstición rural: no habrían querido moverlo antes de prevenir al alcalde. Mientras yacía allí, Onfray, que se había alejado, regresó media hora más tarde. Preguntó si estaba muerto. Un hombre oculto le respondió que no. Onfray anunció entonces que iba a propinarle el golpe de gracia; el testigo oyó de inmediato abatirse una nueva violencia.
Varias personas allí presentes detuvieron después a Onfray. Durante una parte de la noche, este no dejó de hablar. Un testigo lo había oído gritar, en medio de la lucha: «¡Tengo que rematarlo; tengo que matarlo!». Más tarde, se le habría escuchado amenazar con reanudar los golpes si Lecomte se levantaba, para luego pedir a un carnicero su cuchillo con el fin de rematar al herido. El alcalde de Estry vaciló al principio en acudir al lugar, sabiendo que una decena de jóvenes enardecidos permanecía allí y que la refriega había tenido consecuencias trágicas. El cura y el maestro de escuela de Presles acabaron por ordenar que trasladasen a Lecomte a una posada.
Junto al cuerpo, cuando lo llevaron allí, aseguran que Onfray se puso a bailar. El sacerdote acudió de prisa y administró al moribundo los auxilios de la religión; Onfray habría repetido entonces que lo había descalabrado, que no se arrepentía de ello y que volvería a hacerlo. Los testigos citados por el periódico dan cuenta de tales ademanes y frases. Lecomte falleció en la posada.
Una mujer, Douesnel, mesonera en cuya casa se hospedaba Onfray, también había padecido su violencia. El día del crimen, relata el diario, el joven habría intentado arrastrar a un criado de Oblin, terrateniente con quien Onfray había estado empleado: el muchacho debía abandonar su puesto, prender fuego a la casa y permitir que Onfray pernoctara allí para asesinar a Oblin a la mañana siguiente. Al ser interrogado sobre este extremo, Onfray contestó que no tenía noticia de ello. El presidente del tribunal volvió a evocar esta escena durante la vista pública.
El periódico no se limita a exponer los hechos de aquella noche; abre asimismo el proceso con los antecedentes familiares. Onfray negó haber sido condenado por robo y sostuvo que se trataba de una pena por mendicidad. El presidente le opuso los antecedentes penales, recordando después las condenas de su padre, de su madre y de su abuela. Onfray no rebatió las penas de sus parientes. Aquella retahíla de condenas, situada al principio del interrogatorio, perfilaba el «medio» en el que, a juicio del presidente, el joven había crecido; por sí sola, no obstante, nada explicaba de lo ocurrido en la encrucijada. A propósito de su servicio en casa del cura de Estry, Onfray desmintió haber sido despedido. Preguntado por Oblin, respondió no haber tenido jamás queja alguna de él.
El presidente le recordó además que, la noche del homicidio, había advertido a Douesnel de que no volvería a dormir a la posada. «Es posible, me apetecía dar un paseo», replicó Onfray. Aquella partida anunciada no equivalía a una confesión; sin embargo, confería un filo muy directo a la pregunta siguiente: ¿qué había hecho durante su paseo?
Onfray ofreció su propia versión de la trifulca. Afirmó que lo habían empujado, que dos bofetadas lo habían enfurecido y que había tomado un palo para golpear al montón. El presidente le opuso las declaraciones testificales: describían un ataque sin provocación previa contra un hombre inofensivo. Onfray respondió que estaba borracho y no sabía lo que hacía en semejante estado. Ante la objeción de que había sido capaz de escribir con pulso firme, replicó que tal vez no estuviese ebrio, sino acalorado, lo cual, sostenía, era aún más peligroso.
El cuadro del proceso no se redujo a este careo. Mientras los testigos declaraban, Onfray juraba, reía, blasfemaba y murmuraba amenazas contra aquellos llamados al estrado. El periódico da cuenta de veinte testigos convocados por el ministerio público. El presidente dirigió reproches a varios de ellos, afeándoles su timidez y aun su «cobardía», sin que la crónica aclare si la censura atañía a su conducta en la encrucijada o a su actitud en la sala de audiencias. Destacó, en cambio, la entereza de Douesnel: aun habiendo sido golpeada por Onfray, logró cerrarle el paso para impedir que saliera en busca de Lecomte a descargarle nuevos golpes.
En la audiencia del 9 de agosto, ante el tribunal de lo criminal de Calvados, el fiscal sustituto de Panthou solicitó una condena sin circunstancias atenuantes. El letrado Laumonier reclamó su aplicación para su defendido. La crónica judicial resume el veredicto como plenamente inculpatorio; el tribunal condenó a Onfray a trabajos forzados a perpetuidad.
Onfray abandonó la sala profiriendo nuevas amenazas contra los vecinos del lugar: si alguno caía en sus manos, sentenció, sus palos aún no estaban rotos. La Gazette cerró su relato sobre esta frase. Lecomte había llegado a la encrucijada con una cesta de huevos; tras la refriega, jamás volvió a partir. El tribunal, por su parte, no solo había escuchado una coartada de embriaguez: había oído el testimonio de una posadera que, magullada por el acusado, se interpuso para evitar que este regresara a rematar al hombre a quien acababa de abatir.
