A las dos y media de la tarde del sábado 20 de septiembre de 1834, Elizabeth Arnot Reid fue hallada sentada en el suelo, junto a su lecho, con los hombros y la cabeza dispuestos en una postura sobre la cual los testigos no ofrecieron una descripción unánime. Un retal de manta le cubría la parte inferior del cuerpo. Un brazo descansaba, según una declaración, sobre una silla; según otra, pendía a lo largo del costado. La estancia no solo ofrecía una difunta para su examen: presentaba una actitud corporal destinada a convertirse en pieza de convicción.
Poco más de nueve meses después, ante el tribunal penal de Edimburgo, dicha postura condujo a un dilema de mayor alcance: ¿había sido dispuesta tras un asesinato o no demostraba nada sobre la causa del deceso? En el panfleto que dio a la imprenta tras el proceso, el médico John Fletcher tomó partido de manera abierta. Habiendo asesorado a la defensa, escribía para replicar a la opinión pública, que juzgaba injustificada la absolución de Robert Reid. Sus páginas no constituyen las actas mismas del juicio; ofrecen una reconstrucción médica y polémica cuyas conclusiones deben atribuirse exclusivamente a su autor.
El cuerpo y la estancia
Reid, sastre en Pathhead, compareció el 29 de junio de 1835 ante el Tribunal Superior de Justicia de Escocia. A tenor del extracto del pliego de cargos reproducido por Fletcher a partir de la prensa, el delito se habría perpetrado el 19 o el 20 de septiembre del año precedente. Se acusaba al marido de haber golpeado a su esposa en el cuello con un hacha o un instrumento desconocido, fracturado una o varias vértebras, o bien de haberla estrangulado, sofocado o muerto por cualquier otro medio. El auto no fijaba, por ende, un acto único: enumeraba diversas vías posibles hacia una misma conclusión. Reid se declaró no culpable.
Fletcher explica que aún no dispone de una relación autenticada del juicio. Manifiesta haber añadido a sus observaciones un extracto de la acusación y la lista de testigos reseñada en los periódicos; para las declaraciones que rebate, afirma valerse de notas tomadas durante la audiencia. Esta salvedad resulta capital. El lector no se halla ante una transcripción desapasionada, sino ante el alegato de un hombre comprometido con la defensa que pretendía rectificar lo que consideraba un relato público desequilibrado.
Elizabeth contaba cincuenta y seis años. El vecindario describía a una mujer debilitada, que se quejaba de dolores de cabeza y de espalda, caminaba inclinada hacia un lado y había padecido con anterioridad un episodio en el que enmudeció y pareció yacer sin vida. Diversos testigos dieron cuenta de sus quejas contra su marido; algunos habían oído amenazas o la habían escuchado gritar en la noche. Ninguno, a tenor de las notas de Fletcher, declaró haber visto a Reid maltratarla físicamente.
Unas palabras, referidas por los vecinos como proferidas la noche anterior al hallazgo, impresionaron a la acusación: «No me golpees en la cabeza; quítame la vida de una vez». Podían interpretarse como el eco de una agresión. Fletcher les otorgó un sentido bien distinto: el dolor y el temor habrían sido el cortejo de una dolencia preexistente. El testimonio, tal como fue recogido, no permite dilucidar qué acto las precedió, ni siquiera si acto alguno tuvo lugar.
Aquella mañana, según la reconstrucción de Fletcher, Reid abandonó el domicilio hacia las nueve con su hija y regresó cerca de las dos. Reclamó entonces auxilio; a las dos y media, las mujeres requeridas junto a Elizabeth la hallaron muerta. Los vecinos más inmediatos no refirieron pugna ni tumulto alguno. La ausencia de fragor podía pesar en la balanza, pero nada esclarecía sobre lo acontecido en aquel intervalo.
El cadáver fue descrito como flexible. La señora Thomson, que ayudó a moverlo, lo juzgó recién fallecido. Otros declarantes disentían sobre la posición de la cabeza, del brazo derecho o de las piernas. Fletcher admitía la posibilidad de que Reid hubiese modificado la postura: bien pudo haber incorporado un cuerpo hallado en el suelo y cubierto su desnudez antes de demandar auxilio. Semejante ademán, de haberlo ejecutado Reid, no demostraba que hubiese dado muerte a su esposa; mas tal concesión tampoco probaba la piadosa explicación deducida por el facultativo.
Las señales sobrevenidas
La acusación descansaba en gran medida en los hallazgos que los médicos creyeron advertir en el cuello. En la primera inspección, durante la tarde del sábado, nadie reseñó lividez alguna. Según Fletcher, tampoco resultaba visible en los reconocimientos practicados a las ocho y a las once de la noche. Al día siguiente, el juez municipal Walker apreció bajo la oreja derecha una señal oscura; hacia las cuatro de la tarde, se describieron asimismo marcas a lo largo de la nuca y la espalda. La dilación temporal transformó el aspecto de la piel en una encrucijada cronológica.
Los peritos de la Corona coligieron signos compatibles con una equimosis, esto es, con una lesión inferida en vida de Elizabeth. Fletcher contraponía a esta lectura el livor, la coloración cadavérica que la sangre puede suscitar tras la muerte cuando el cuerpo yace inmóvil en idéntica postura. Apoyábase en las declaraciones médicas que imputaba a varios declarantes: si las manchas no se manifestaron hasta horas después del presunto óbito, no podían constituir, a su juicio, la prueba incontestable de un golpe previo a la muerte. La observación quedaba supeditada a la hora, a la postura del cuerpo y al método de examen empleado.
En el eje de la controversia figuraba Charles C. Williams, cirujano de Dysart, quien había practicado la primera disección junto con el juez municipal. Notificó la presencia de sangre bajo la piel y una fractura próxima a las vértebras superiores; el profesor Christison y otros facultativos de la Corona creyeron distinguir allí los estigmas de una violencia letal. Con todo, el cadáver había sido mudado de sitio y auscultado en repetidas ocasiones, sin que se tomasen notas en el curso de la disección.
Fletcher ataca con aspereza la pericia de Williams y el proceder del reconocimiento; sostiene que el cirujano carecía de competencia, tacha que pertenece en exclusiva al criterio del asesor defensor. La fractura de la segunda vértebra cervical añadía una complicación. Según Fletcher, el primer informe aludía a una luxación, mientras que la fractura no se hizo constar sino tras la exhumación. El hueso se extravió ulteriormente, confundido entre despojos de carnicería, imposibilitando su análisis para determinar si una patología previa lo había debilitado. La imputación de muerte por hacha subsistía como una de las posibilidades formuladas en el acta, junto al empleo de un instrumento desconocido o el estrangulamiento; ninguna de estas hipótesis adquiere certeza por el mero hecho de haber sido sostenida en estrados.
Lo atribuido al marido
Las deposiciones no procedieron únicamente de los hombres de ciencia. Ciertos vecinos afirmaban que Reid profería blasfemias contra Elizabeth y la había amenazado en ocasiones; su propio hermano relató que amenazó con «romperle el cuello». Otros testigos, en cambio, describían a un matrimonio que en ocasiones parecía avenirse. Fletcher subraya la ausencia de testigos presenciales de agresión alguna y vincula los lamentos de la finada a sus padecimientos físicos. Tal explicación sigue siendo privativa del autor; las palabras transmitidas no bastan por sí solas para fundar la convicción de un homicidio.
Tras el hallazgo, Reid rompió a llorar, según la señora Tod. Preguntado sobre el motivo del fallecimiento, replicó: «No debemos decirlo todo» y «las cosas vienen como vienen»; con posterioridad, se le atribuyeron frases relativas a verse libre de una carga. Tales expresiones atizaron la sospecha. Fletcher las achaca a un hombre ebrio y demudado, sin que resulte posible desentrañar su verdadera intención.
Otro indicio parecía más incriminatorio: un agente aseveró que Reid había confesado el crimen tras su detención, de regreso de Edimburgo. La defensa opuso a esta versión el testimonio de la carcelera y del propio agente: este le habría prometido que «saldría bien librado» si confesaba, conminándole con el patíbulo si lo negaba. Al prestar declaración ante el juez de paz, Reid rechazó el cargo y adujo haber sido coaccionado para hablar. Una vez más, Fletcher no da cuenta de un pronunciamiento judicial expreso sobre la validez de dicha confesión; expone una antinomia y la esgrime como fundamento para la duda.
Los doctores Robertson, Lizars y Mackintosh impugnaron varias de las conclusiones de sus colegas, haciendo hincapié en el quebrantado estado de salud previo de Elizabeth y en las insuficiencias del examen post mórtem. Fletcher aventuró la hipótesis de una afección vertebral seguida de una crisis aguda; semejante causa natural permitía explicar ciertos vestigios, mas no pasaba de ser su particular interpretación y distaba de suscitar un dictamen unánime. Él mismo reconocía no arrogarse la potestad de determinar si Elizabeth había sido asesinada.
Un fallo que no cierra el caso
La causa concluyó con la fórmula escocesa de «Not proven». No equivalía a declarar a Reid «Not guilty» («No culpable»); significaba que los cargos no habían alcanzado el grado de certeza jurídica exigible. Fletcher la tildó de veredicto equívoco y consignó que algunos habrían preferido un pronunciamiento de «Not guilty». Su personal preferencia no debe confundirse con la resolución de los jurados. Estos no dieron por probada la teoría del asesinato sostenida por la Corona ni la explicación médica articulada por Fletcher.
Su panfleto erige la fase posterior al litigio en una suerte de segunda vista judicial. Comienza fustigando el prejuicio público, reprocha a las gacetas haber aireado con mayor celo las pruebas de cargo que los descargos de la defensa, y despliega luego una argumentación en la que cada hecho incriminatorio recibe una interpretación divergente. Con todo, la obra no suple a unas actas judiciales desapasionadas: brotó de la pluma del hombre contratado para asesorar a Reid, y la indignación contra los peritos de la Corona rezuma en cada una de sus páginas.
La historia no nos lega, por consiguiente, certidumbre alguna en torno a la muerte de Elizabeth Arnot Reid. Conserva la memoria de una mujer aquejada de dolores y lamentos según el vecindario, un cuerpo sometido a necropsias controvertidas, un marido procesado y luego juzgado, y un jurado que no estimó suficientes los indicios. Junto al lecho, la postura del cuerpo continuó siendo un enigma. En la sala de vistas, la fórmula «Not proven» clausuró el proceso sin arrojar luz sobre lo acaecido en el secreto de la estancia.
