El 19 de junio de 1828, hacia las dos de la tarde, Jean Fort entró en el jardín de su vecina provisto de una laya y una pala. Trazó una fosa. A Blanchier, que le preguntó qué estaba haciendo, le respondió que preparaba la tumba de su madre, afirmando a renglón seguido que la había matado. A la mañana siguiente, el alcalde lo halló dormido en el fondo de aquel hoyo; en el interior de la casa, la viuda yacía sin vida. Cuando Fort empuñó de nuevo la herramienta, declaró al alcalde que a partir de ese momento cavaba su propia fosa. Pocas semanas después, el jurado lo declaró no culpable por hallarse en estado de demencia en el momento de los hechos.
Jean vivía con su madre en Cossardières, en el cantón de La Rochefoucauld. Champagnac refiere que, desde la infancia, una grave enfermedad había dejado huella en su semblante y que poseía un carácter taciturno. Tras una estancia en el hospicio de La Rochefoucauld, de donde fue expulsado por su conducta, Jean regresó al hogar materno. Ella le prodigaba cuidados; él, según la crónica, se mostraba pendenciero y violento para con ella.
A principios de junio de 1828, varias personas vieron a Jean agarrar a su madre por el cuello y golpearla después con una vara. Cuando los vecinos se interpusieron, los amenazó presuntamente con matarla en otra ocasión si no lo hacía aquel mismo día. Por esas mismas fechas, un niño lo oyó proferir amenazas semejantes contra él. Aquellos relatos infundían sobradas razones de inquietud a los aldeanos, aunque aún no les revelaban lo acaecido cuando la viuda Fort dejó de dejarse ver.
El 18 de junio, la madre desapareció de su domicilio. Jean marchó por las campiñas vecinas a pedir limosna, como tenía por costumbre. Encontró a la mujer Touchet, quien le dio un pedazo de pan y le preguntó si se encontraba mejor. Según Champagnac, él respondió que sanaría, pues deseaba matar a las gentes de un pueblo cercano y a las de otra casa. Al inquirir ella el motivo, él habría explicado que unos eran demasiado numerosos y otros demasiado honrados, para añadir después que había matado a su madre. Agregó que deseaba depositarla sobre brezo seco, meterla en un ataúd y sepultarla. La crónica no precisa la fecha exacta de la muerte, pero la desaparición y las palabras referidas hicieron comprender a los vecinos que podía haberse perpetrado un crimen.
El 19 de junio, hacia las dos, la vecina Blanchier vio a Jean entrar en su jardín con una laya y una pala de madera. Delimitó una fosa y comenzó a cavar. Al preguntarle ella qué hacía, él respondió que preparaba una tumba para su madre y aseveró que la había matado. La mujer no tomó de inmediato sus palabras por ciertas; creyó que la viuda se hallaba trabajando en otra parte. Sin embargo, por la noche relató la escena a su marido. Incapaces de tranquilizarse, terminaron por alertar a otros convecinos.
Hacia la medianoche, Blanchier gritó a Jean desde lejos que se fuera a dormir. Él contestó que no estaba trabajando en la propiedad de la vecina. Los lugareños permanecieron en vela. Al despuntar el alba, compareció el alcalde y encontró a Fort tendido en la fosa, sumido en un profundo sueño. Prosiguió su inspección en la vivienda. Un hedor penetrante lo condujo hacia la alcoba, donde se hallaba la viuda, muerta y colocada sobre una silla. Se redactó el atestado. La noticia cundió por la aldea; Jean, entretanto, había vuelto al jardín y continuaba cavando.
El alcalde lo interrogó acerca de la fosa. Fort respondió que cavaba la del propio alcalde, quien lo había criado de niño y a quien deseaba testimoniar su gratitud. El magistrado le preguntó dónde estaba su madre y quién la había matado. Jean contestó que estaba muerta y que él la había matado. Relata Champagnac que mostró entonces el instrumento que aún sostenía, para continuar de inmediato preparando el cadáver para la sepultura. Los gendarmes habían llegado y rodeaban el inmueble. Uno de ellos lo halló afanado en vestir a su madre y coser una sábana a su alrededor. Al preguntársele qué hacía, Jean respondió que la amortajaba.
Detenido, fue conducido ante la justicia de Angulema. En los primeros interrogatorios, negó que la difunta fuese su madre; más tarde lo reconoció, pero sostuvo que habían sido los vecinos quienes la mataron. Pretendió asimismo haber abandonado su domicilio el 16 de junio y no haber regresado hasta el 19. En un interrogatorio ulterior, sus respuestas se tornaron incoherentes; desafió al juez, según el cronista. La instrucción acumulaba así las palabras pronunciadas en el jardín, las negativas y las amenazas precedentes, pero el verdadero sentido de tales respuestas constituiría el núcleo del proceso.
El facultativo examinó el cadáver y constató golpes en la cabeza, así como dos heridas en el pecho. Conforme al informe reproducido por Champagnac, las primeras habían sido infligidas con un instrumento cortante; las restantes habían sido asestadas post mortem. En la estancia donde la viuda fue descubierta, la herramienta ensangrentada, el cuerpo y la sábana que su hijo cosía a su alrededor conformaban los elementos materiales de la causa. En la audiencia de lo criminal, el relato de aquellos actos confluiría con otro interrogante: ¿respondían los actos de Fort a un crimen premeditado o al estado de demencia invocado por su defensa?
Los habitantes de Cossardières no habían observado con anterioridad señales que interpretasen como enajenación. Algunos lo describían más bien como malvado antes que loco. El alcalde, que lo había empleado entre los doce y los trece años, afirmó haber apreciado en él una singular inteligencia en el cumplimiento de sus encargos. Un médico del hospicio había reparado en una mirada extraviada, que atribuía a la gravedad de su dolencia física, sin advertir en ello un trastorno del juicio. Así, los recuerdos de los vecinos, del alcalde y del facultativo divergían en el momento en que los tribunales debían valorar su lucidez mental.
Jean fue juzgado en la corte de lo criminal de Charente durante la primera mitad de agosto. El presidente le preguntó si había matado a su madre; respondió en un primer momento que no. Al recordársele sus manifestaciones ante los testigos, admitió haberlas proferido, para impugnar después que aquello pudiera probarse. Interrogado sobre sus motivos, achacó su acción a la cólera y declaró, en un arrebato, que lo volvería a hacer. Aquellas palabras, tal como las consigna el capítulo, horrorizaron al auditorio; con todo, no bastaban para discernir si el encausado comprendía sus actos en el momento de perpetrarlos.
El ministerio público sostuvo la acusación y desestimó la cuestión de la demencia. Reclamó del jurado un castigo ejemplar para la comarca, alegando que el vecindario temblaría si Fort resultaba absuelto, y que ningún miramiento cabía en su condena. El letrado Aubin Durand defendió, por el contrario, que Fort no era dueño de su razón al consumar el homicidio; su informe suscitó vivas muestras de conmiseración. Tras media hora de deliberación, el jurado pronunció su veredicto: no culpable, por hallarse en estado de demencia en el momento de los hechos.
A instancia del ministerio público, Fort fue reintegrado a prisión mientras se tramitaba la declaración de su interdicción civil. El veredicto lo había declarado no culpable por hallarse en estado de demencia al cometer el crimen; sin embargo, no lo devolvió a su madre, cuya muerte había congregado a toda la aldea ante la fosa. Champagnac concluye su relato con este reingreso penitenciario. Nada refiere sobre la ulterior resolución de interdicción, ni sobre el establecimiento al que Fort fue trasladado después, ni acerca del tiempo que permaneció recluido.
