La llave de la habitación no estaba en su sitio, pero el cofre parecía cerrado. Aquel cofre intacto aún podía infundir calma en una estancia donde ya nada debía transmitirla. Madame Mazel acababa de ser hallada muerta; su criado Lebrun, de los primeros en entrar, se esforzaba todavía por comprender qué faltaba. Si nada se habían llevado, ¿por qué la habían asesinado? Esta pregunta, nacida al pie del lecho, marcaría el rumbo de las pesquisas. Sin embargo, el cofre había sido abierto y cerrado de nuevo. El homicida había ordenado tras de sí parte de su crimen.
El palacete de la rue des Maçons-Sorbonne, en París, acogía a un sinfín de gentes. Se jugaba en él, se acudía a cualquier hora del día o de la noche; la servidumbre ocupaba varios pisos alrededor de las salas de recepción y de la alcoba de su señora. Lebrun dormía en una pieza destinada a oficio, junto a la escalera principal. Conocía las puertas, los pasadizos, los horarios. Semejante saber formaba parte de su oficio. Habría de convertirse en lo que lo señaló ante los magistrados: quien sabía desplazarse por la casa debía de haber auxiliado a quien perpetró la muerte.
Al caer la noche, las llaves seguían una costumbre invariable. La de una antecámara se posaba sobre una chimenea; la de la alcoba permanecía dentro, junto a la puerta. Otras salidas conducían hacia una pequeña escalera y un guardarropa. Había, por tanto, múltiples accesos, múltiples cierres y diversas personas habituadas a manejarlos. Para los moradores, aquella red constituía el funcionamiento ordinario del hogar. Tras la muerte, se tornó en un mapa que interpretar, donde cada tránsito podía tomarse por indicio de complicidad.
El 27 de noviembre de 1689, madame Mazel se había recogido hacia las once de la noche. A la mañana siguiente, no se levantó a la hora acostumbrada. Llamaron a la puerta y luego avisaron a su hijo, monsieur de Savonière, consejero en el Parlamento. Acudió acompañado de un cerrajero. Ante el umbral, los sirvientes buscaban una explicación para aquel silencio. Algunos temían un desvanecimiento. Lebrun recelaba algo más grave: aseguró haber visto una puerta abierta durante la noche. Una inquietud manifestada antes de tiempo puede asemejarse después al conocimiento de lo que no se debió saber.
Franqueada la alcoba, se descubrió el asesinato. Cerca de la víctima yacían un jirón de corbata y una servilleta enrollada a modo de gorro. Los cordones de las campanillas habían sido atados para impedir su uso ordinario. Se halló un cuchillo entre las cenizas. El escenario daba testimonio de un forcejeo, pero el examen del cofre no reveló en un primer momento robo alguno. Lebrun fue interrogado de inmediato. Hallaron en su poder una ganzúa. Era sirviente y portaba una llave capaz de abrir diversas puertas. Los jueces no tardaron en retener, por encima de todo, esta última circunstancia.
Fue arrestado, al igual que su esposa. Las pesquisas prosiguieron. Al pie de la pequeña escalera se descubrió una cuerda nueva, anudada en forma de escala y provista de un gancho. En el desván, bajo la paja, aparecieron una camisa y un cuello de corbata manchados de sangre. Lebrun, por su parte, no presentaba herida alguna ni mácula en sus ropas. Los oficiales convocados para cotejar los objetos no los vincularon con sus pertenencias. Las lavanderas distinguieron aquella camisa de las que él vestía. Hubo doncellas que creyeron reconocer la ropa blanca de un antiguo lacayo apodado Berry, despedido tiempo atrás por hurto.
Se había convocado a diversos oficios ante aquellas piezas: cerrajeros para las puertas, cuchilleros para las hojas, cordeleros para las ataduras, lenceras para las vestimentas. Cada cual examinaba con un saber singular lo que otros habrían podido confundir. Una cuerda nueva no era intercambiable con las viejas sogas del oficio; dos camisas no se volvían idénticas por haber pertenecido a sirvientes. Esas modestas diferencias habrían debido enturbiar la silueta del acusado. Existían en el sumario sin lograr gobernar su dirección.
La esposa de Lebrun también había sido sometida a registros. Nada de cuanto se halló en su morada inculpaba a su marido. Sin embargo, los cónyuges no podían cobrar fuerza de aquella carencia: no descubrir nada no producía el mismo efecto que exhibir una gran llave. La casa multiplicaba los objetos por explicar; la prisión retenía siempre a las mismas personas.
Aquella pista no eximió a Lebrun. La acusación mudó de terreno: si él no había asestado los golpes, bien pudo haber franqueado la entrada al asesino. La ganzúa sobrevivía así a las observaciones que apartaban de su persona las ropas y el arma homicida. Su cargo, sus accesos y sus palabras ante la puerta conservaban un sentido inquietante. Cada elemento que debió precisar el papel de los individuos se diluía en una certidumbre más vasta: hacía falta alguien de la casa. Y un antiguo sirviente bien podía, asimismo, conocer sus costumbres.
Lebrun fue condenado a muerte. El Parlamento confirmó la decisión de someterlo a tormento, sin llevar a término la pena capital en ese trance. Él perseveró en su negativa. El 27 de febrero de 1690, un nuevo fallo dejó sin efecto la primera sentencia y ordenó diligencias suplementarias, manteniéndolo en prisión. Lebrun no fue ejecutado. Murió, no obstante, el 1 de marzo, a los cuarenta y cinco años, tras ser trasladado a la enfermería, incapaz ya de caminar. El procedimiento judicial se reservaba todavía tiempo; a su cuerpo ya no le quedaba ninguno.
Pocas semanas después, en Sens, detuvieron a Jean Gerlat, apodado Berry. Se dedicaba al comercio de caballos e intentó comprar su libertad ofreciendo una bolsa de oro. Llevaba encima un reloj reconocido como propiedad de madame Mazel. Conducido a París, se le confrontó con los testimonios que lo situaban en la ciudad en el momento del homicidio y con las ropas encontradas. El reloj alteraba asimismo la lectura de la alcoba: la apariencia del cofre intacto había engañado a quienes creyeron descartar el pillaje. Una pieza sustraída venía a desbaratar la engañosa tranquilidad de una cerradura cerrada de nuevo.
Berry acusó en un principio a Lebrun y a madame de Savonière. Luego, en el cadalso, se retractó de tales imputaciones. La crónica recoge su confesión: había entrado por la puerta de la calle, que quedó abierta, para ocultarse luego en el desván. Aguardó antes de ganar la alcoba aprovechando una ausencia de madame Mazel. Conocía sus salidas, sabía dónde aguardar y se deslizó bajo el lecho. La mansión que acogía a tantos visitantes había cobijado a un hombre que ya no precisaba invitación.
Conforme a esa misma declaración, había inutilizado las campanillas, aguardado la noche y atacado a la señora cuando esta prorrumpió en gritos. Se apoderó del dinero y del reloj, restituyó las llaves a su lugar, abandonó las ropas manchadas y huyó del lugar. La cuerda debía ofrecerle otra escapatoria si la puerta principal se hallaba cerrada. Los objetos hasta entonces dispersos en la causa encontraban su encaje en este relato. Berry declaró haber obrado solo. Lebrun ya no podía escuchar la rectificación que lo apartaba, al fin, del asesinato.
Su viuda y el tutor de sus cinco hijos menores solicitaron la rehabilitación de su memoria, la restitución de sus bienes y la confirmación de los legados dispuestos para ellos en el testamento de madame Mazel. Reclamaron asimismo daños y perjuicios. El 30 de marzo de 1694, el Parlamento estimó su petición, salvo en lo tocante a dicha indemnización. La reparación tenía sus límites tasados, sus cláusulas admitidas y su denegación. Para los hijos, entrañaba ante todo el nombre de su padre. Él no había abierto la puerta al asesino; había abierto las puertas cada día para servir a una casa con la que la justicia acabó urdiendo una trampa a su alrededor.
