A las diez y tres cuartos, bajo el rigor estival de agosto, la guardia condujo a Auguste-Célestin Roques ante el tribunal de lo criminal del Sena. Ocupó su asiento sin turbación aparente, paseó la mirada por la concurrencia y sonrió; casi de inmediato, sus dos hermanos se acercaron a estrecharle la mano. Su madre, Héloïse-Ange Fougeyron, viuda de Roques, había sido hallada muerta dos meses antes en el domicilio familiar de la calle Saint-Jacques. El hombre sentado en el banquillo de los acusados era su hijo. Negó el parricidio con vehemencia; el escrito de acusación, cuya lectura inició el secretario, relataba una historia muy distinta.
La viuda de Roques contaba sesenta y siete años. Frédéric, el primogénito, regentaba un almacén de papel y compartía con ella una vivienda de cuatro piezas en el tercer piso de un inmueble sin portero; Edmond, vigilante general en el liceo Louis-le-Grand, acudía a visitarla con frecuencia. Según el sumario, ambos hermanos guardaban hacia ella «tanta ternura como deferencia». Auguste también había morado en dicha estancia antes de instalarse en la calle Mosnier junto a la mujer Gressier, de soltera Nantier, separada de su esposo. El ministerio público describía una unión que habría disparado sus dispendios y alterado su conducta; tales apreciaciones pertenecían al expediente sometido al jurado, no a una comprobación pericial independiente.
Auguste había estado empleado en la casa Vaissier, donde Frédéric le había procurado entrada. Desempeñó primero la teneduría de libros y luego la subcaja, con doscientos francos mensuales, participación en los beneficios y una gratificación anual. La acusación le imputaba desfalcos sucesivos y una sustracción ulterior de 3 300 francos en marzo de 1875, lo que habría elevado el quebranto a más de 15 000 francos. El reo admitía dichas malversaciones. Tras su huida a Bélgica con su compañera, la pareja había regresado a París, agotado ya el caudal. A finales de mayo, a juicio del fiscal, ambos subsistían merced a deudas y auxilios prestados; reloj, leontina, prendas y lencería habían sido empeñados o vendidos.
El 3 de junio, siempre a tenor de la acusación, Auguste regresó a la calle Saint-Jacques aprovechando la ausencia de su madre. Hizo forzar la cerradura por un cerrajero de nombre Haize, tomó diversas pertenencias y las vendió por veinticinco francos a un ropavejero llamado desde la ventana. Más tarde, desde un café inmediato, hizo llegar a la mujer Gressier un sobre con quince francos. Dos días después, le anunció por la mañana que iba a «cobrar» y que podría enviarle dinero. A las cinco de la tarde, en la cervecería del Rin, en la plaza de la Sorbona, un recadero llamado Blanc recibió de sus manos una misiva y ciento treinta francos: cinco monedas de veinte francos y tres de diez. La suma llegó a la calle Mosnier; Gressier destinó parte de ella a saldar deudas.
Fue en torno a esos ciento treinta francos donde el ministerio público centró un primer tramo del debate. Sostenía que Auguste carecía de reservas tras su regreso de Bélgica y que el dinero remitido a su amante procedía del robo de unos doscientos francos en monedas de oro advertido en el domicilio materno. La defensa aseveró, por el contrario, que se trataba del remanente de los fondos traídos de Bélgica. En la segunda sesión, el fiscal general propuso a los miembros del jurado una cronología rigurosa: la señora Roques seguía con vida hacia las cinco; el hurto habría precedido al homicidio y el acusado habría regresado a la casa más tarde. Aquella reconstrucción era la del fiscal, no una hora fijada por testigo alguno de la escena.
Hacia las siete de la tarde del 5 de junio, Frédéric halló la puerta principal cerrada por dentro. En el descansillo yacía el cesto de la ropa depositado por la lavandera, la mujer Prévôts. El hermano marchó y regresó con ella media hora después: la puerta continuaba trancada, pero el cesto se había desvanecido. A las ocho y cuarto, volvió acompañado por Haize. La puerta lateral de la cocina, cerrada de un solo golpe de llave, fue franqueada merced a una ganzúa. El cesto se encontraba en su lugar acostumbrado en la cocina. En el interior del aposento, la viuda de Roques yacía sin vida.
La crónica judicial recoge las constataciones atribuidas al facultativo: múltiples heridas en la cabeza, una marca circular en el cuello y una barra de hierro hallada junto al cadáver. El escrito fiscal sostenía la tesis de un forcejeo, de una tentativa de estrangulamiento con una cuerda y de los golpes propinados con dicha barra; el modo exacto en que se consumó la tragedia no fue atestiguado por mirada alguna. Cuanto siguió, según las declaraciones leídas en la vista, acaeció en la calle Mosnier.
La mujer Gressier relató que Auguste había regresado demudado y rechazado su abrazo. Aseguró haberle oído murmurar: «Soy indigno… madre muerta… madre muerta… yo la causa… ¡desgraciado!». Llamó entonces a la vecina Robbe. Conforme a la relación que la Gazette ofrece de sus declaraciones, Gressier señaló a su amante afirmando que acababa de matar a su madre; Robbe le interrogó, y Auguste, con el rostro hundido entre las manos, respondió que era bueno, mas despreciable, él que tanto amaba a su madre. Estas palabras constituyeron pieza capital de la acusación. Roques las negó; la defensa impugnó la credibilidad de las mujeres y la veracidad de su testimonio.
A la mañana siguiente, según el escrito acusador, el inculpado suplicó a Gressier y a Robbe que guardasen silencio. Cuando Edmond acudió a participarle el asesinato, habría fingido asombro; tras salir con su hermano, habría regresado un instante para examinar su pantalón y cepillarlo con agua. La acusación interpretaba este lance como un intento de borrar vestigios; la defensa lo combatió a la par que las restantes presunciones del sumario. La Gazette no da acceso a las piezas originales ni a las actas completas: restituye una vista pública, con sus lagunas y sus discordancias.
Al día siguiente de abrirse los debates, comparecieron ante el jurado los testigos de descargo. Varios describieron a un hijo antaño afectuoso o a una madre que colmaba de elogios a sus tres vástagos; otros aludieron a las relaciones de Roques y al ascendiente que atribuían a Gressier. Una lavandera aseguró no haber presenciado jamás desavenencia alguna entre Auguste y su madre. La defensa pretendió oponer tales memorias a la semblanza sombría del fiscal. No obstante, aquellos recuerdos no bastaban por sí solos para esclarecer lo ocurrido en la vivienda aquel 5 de junio.
El fiscal general articuló seguidamente la trabazón de su acusación: la penuria reciente, la remisión de los ciento treinta francos, el hallazgo del cesto desplazado y las expresiones referidas en la calle Mosnier. Admitió ante los jurados que subsistían extremos oscuros, mas adujo que tales incertidumbres no desvirtuaban los elementos capitales. Esbozó incluso una hipótesis verosímil —una disputa subsiguiente al robo, un golpe y otros acometimientos posteriores—, presentándola, empero, como su íntima convicción y no como un hecho certificado por testimonio ocular.
El letrado Dozon replicó que la confesión jamás existió y que la cronología no situaba a Roques en casa de su madre a la hora supuesta. Invocó a los testigos que le vieron en el café Jules-César hacia las seis de la tarde, mientras la lavandera llamaba en la calle Saint-Jacques sin obtener respuesta. Recordó asimismo la piedad filial avalada por varios deponentes y sostuvo que la acusación no podía suplir la falta de pruebas con meras conjeturas. Roques, interrogado a la postre, nada quiso añadir.
Tras el resumen del presidente, el jurado se retiró a deliberar y regresó al cabo de una hora y cuarto. Su veredicto fue afirmativo en todos los extremos, reconociendo no obstante circunstancias atenuantes. El fiscal general requirió los trabajos forzados a perpetuidad. Interpelado por el presidente, el reo indicó mediante un gesto que nada tenía que oponer. El tribunal dictó dicha condena.
La Gazette concluye con un último ademán: Roques tomó su sombrero, recogió los papeles dispuestos a su lado, saltó por encima del banquillo y desapareció custodiado por la guardia. Los hermanos que habían acudido a estrechar su mano no pudieron alterar el fallo del jurado; la mano de la justicia acababa de sellar su destino penal. En aquella habitación de la calle Saint-Jacques, las horas, el cesto de la ropa y los ciento treinta francos habían sido escrutados sin que testigo alguno pudiese narrar la muerte misma. La sentencia, sin embargo, disipó cualquier duda en torno a la culpabilidad apreciada por los jurados y la severidad del castigo impuesto.
