Al amanecer del lunes 17 de junio de 1872, en la única estancia que ocupaba la familia Rogers en Bermondsey, una niña de ocho años fue despertada por la voz de su madre. «¡Eliza, tu padre me ha cortado el cuello!», relató más tarde ante el tribunal. La madre, Sarah Margaret Rogers, había abandonado el lecho y alcanzado el umbral, vestida con su camisón y herida en la garganta; su hijo de tres años estaba cubierto de sangre. James Daniel Rogers, barbero, permanecía junto a la chimenea, también con una herida en el cuello. En la alcoba, una navaja ensangrentada descansaba cerca de la cama.
La escena parecía exigir una respuesta sencilla. No la tuvo. Sarah acusó a su marido; él afirmó que ella se había herido a sí misma y que luego lo había cortado a él. Los médicos no solo debatieron sobre la gravedad de las lesiones: en el juicio, la cuestión del estado mental de Rogers indujo al jurado a desestimar una condena por asesinato y a ordenar su reclusión como enajenado. Las actas conservan, por tanto, dos interrogantes distintos: el de la autoría material y el de la responsabilidad penal, sin que la resolución jurídica pueda confundirse con un dictamen médico contemporáneo.
La familia era pobre y vivía en una única habitación de la planta baja, en la casa de Robert Doffy, en el número 11 de William’s Terrace, cerca de Blue Anchor Road. James trabajaba como peluquero. Su esposa, Sarah, y sus dos hijos compartían con él la reducida vivienda. Doffy y el camarero George Dight ocupaban las habitaciones del piso superior. Ambos habían oído reñir a los cónyuges en ocasiones anteriores; ninguno pretendió haber presenciado cada disputa ni conocer siempre su motivo. Doffy aseguraba que también sabían mostrarse dichosos y tranquilos.
La tarde del domingo 16 de junio incluso pareció apacible a varios testigos. La niña recordaba un paseo por Victoria Park con sus padres y su hermano pequeño. Sin embargo, su testimonio no ofrecía la precisión de un reloj. Primero situó la partida hacia las cinco de la tarde; en el contrainterrogatorio, habló de cerca de las ocho. Dijo que regresaron hacia las once, mientras que Doffy, que los había encontrado en el parque, se separó del grupo sobre las nueve y volvió a casa cerca de medianoche. Más tarde los vio en su domicilio, sin altercado aparente. El proceso no dilucida del todo estas discrepancias horarias; lo que establece con mayor certeza es que, pocas horas después de su regreso, la casa fue despertada por gritos de socorro.
La niña explicó que, tras la cena, se había acostado en el suelo, junto a la cama donde sus padres se habían instalado con el niño pequeño. Dormía cuando oyó a su madre gritar que su padre le había cortado el cuello. No había presenciado el ataque. Al despertar, vio a su padre dejar la navaja sobre la mesa; su madre salía de la cama con la camisa ensangrentada. La acusación procedía de Sarah; Eliza solo relataba los instantes posteriores al grito.
Doffy oyó un clamor hacia las dos y media de la madrugada. Llamó a Rogers desde la escalera, sin obtener respuesta. Sarah pidió auxilio y repitió que él le había cortado el cuello; la pequeña abrió la puerta y salió diciendo lo mismo. Doffy vio al marido de pie, cerca de la chimenea, y a la mujer avanzando hacia el umbral, donde se desplomó desmayada. El vecino fue en busca de un agente y de un médico, y regresó luego a la estancia, donde Dight retenía a Rogers en una silla. Vio sangre en el suelo y sobre el lecho. El camarero oyó al hombre sostener que su esposa se había herido a sí misma antes de arremeter contra él. Dight afirmó haber visto junto a la cama la navaja cerrada y cubierta de sangre; la niña, en cambio, creyó ver a su padre dejarla abierta sobre la mesa.
Cuando llegó el cirujano Joseph Moore, examinó en primer lugar las heridas. La de Rogers, en el cuello, no revestía gravedad; la de Sarah era de extrema consideración. Ambos fueron trasladados al Guy’s Hospital. El cirujano residente George David Deeping describió en la mujer un corte profundo que había alcanzado la vena yugular interna y dejado al descubierto la arteria carótida externa. Murió diez días después de la agresión, el 27 de junio. Deeping atribuyó el deceso a una piemia, es decir, a una septicemia sobrevenida a causa de la herida. Por consiguiente, el juicio no la dio por muerta en el acto: el desenlace del cuadro clínico se dirimió durante los cuidados y la estancia hospitalaria.
En su lecho, Sarah mantuvo la acusación. El acta reproduce una declaración bajo juramento tomada por un magistrado cuando ella se creía agonizante. En ella manifestaba haberse incorporado a medias para retirar el brazo que aprisionaba al niño y haber sentido entonces el brazo de su marido rodeándole el cuello; afirmaba haber llamado a su hija y haberse encontrado luego en el umbral. Relataba asimismo que él había intentado acallarla y que había negado haberla herido. Declaraba, no obstante, que habían regresado del parque sin disputas, que habían cenado juntos y que desde hacía varios meses creía que algo no marchaba bien en la mente de su esposo. Admitía, por su parte, haberlo herido en la muñeca con un cuchillo de mesa en una riña anterior. Estas palabras habrían de ser leídas en la audiencia tras su muerte; no constituían una deposición prestada ante el jurado por una mujer viva.
La datación de esta declaración exige cautela. Las actas consignan una fórmula que la fecha el 23 de junio, mientras que George Hankinson, que tomó por escrito las respuestas, afirmó haber acompañado al magistrado al hospital el día 24, entre las doce y la una del mediodía. El texto no resuelve esta contradicción interna. Si bien no altera la fecha de la herida ni la del fallecimiento, demostradas por otros testimonios, impide fijar sin reservas un día inequívoco para la toma de la declaración.
La acusación se formuló por asesinato con premeditación. Para la defensa, encabezada en particular por Montagu Williams, resultaba indispensable examinar el estado mental del reo. Su hermano William declaró que lo encontraba extraño desde hacía meses: en la barbería, Rogers a veces abandonaba a un cliente a medio afeitar y olvidaba lo que estaba haciendo; repetía las mismas palabras y se equivocaba en los ademanes propios de su oficio. Su hermano situó asimismo, siete años antes, un asalto en el curso del cual Rogers había sido despojado de sus bienes y golpeado en la cabeza. Creía que su comportamiento se había vuelto singular tras aquella contusión.
El mismo hermano dio cuenta de las desavenencias conyugales, de las sospechas de Rogers respecto a las ausencias de su esposa y de las riñas relativas a su relación. Refirió en particular las sumas de dinero que otro hombre habría ofrecido a Sarah: era su relato, no el de aquel individuo. Dijo que Rogers había traspasado su propia peluquería en primavera y trabajaba desde entonces para él. El médico David Roberts había tratado al acusado meses atrás tras un consumo excesivo de alcohol y lo había hallado exhausto, en un estado nervioso que le hizo temer un delirium tremens. Con todo, la embriaguez y la alienación no se confundieron en el debate procesal.
El cirujano Moore, interrogado sobre la «manía homicida», admitió que un impulso delirante podía, en su opinión, empujar a matar a un ser querido y que una herida en la cabeza podía predisponer a trastornos mentales. Sin embargo, no había observado nada en Rogers que le indujera a pensar que estuviera privado de juicio cuando lo atendió. El doctor John Rowland Gibson, médico de la prisión, aportó un dictamen contrario al de la defensa: tras haber observado a diario al recluso desde su ingreso en Newgate, lo consideraba en su sano juicio y declaró no haber detectado en él ilusión alguna. El médico del hospital, Deeping, también había recibido respuestas coherentes y sensatas, sin advertir nada anómalo durante el tratamiento. Estas observaciones, empero, no abarcaban el instante mismo de la agresión.
El jurado había escuchado las conductas descritas por el hermano, la relación de un antiguo traumatismo craneal y las hipótesis generales de los facultativos sobre los impulsos delirantes. Moore, Deeping y Gibson no habían apreciado alienación alguna en Rogers durante sus reconocimientos. El testimonio de Roberts atañía a un episodio pretérito de postración ligado al alcohol. El 19 de agosto de 1872, el jurado declaró a Rogers no culpable por razón de demencia. El juez ordenó que permaneciera recluido hasta que pluguiese a la soberana disponer otra cosa. No se trataba de una condena sujeta a una pena ordinaria, ni de una absolución dictada bajo la premisa de que la agresión no hubiese tenido lugar. El veredicto señalaba la categoría jurídica en la que los miembros del jurado situaban al acusado; no proporciona por sí solo un diagnóstico extrapolable a la medicina actual.
Así concluye el acta judicial. No refiere qué fue después de Rogers, ni de qué modo se atendió a los dos niños. Deja tras de sí a una mujer muerta diez días después de ser herida, a una niña pequeña que presenció las consecuencias de un acto que no vio cometer, y dos versiones encontradas en una estancia angosta. El veredicto no emanaba, pues, de un dictamen médico unánime de demencia. Pone término al proceso consignado, sin esclarecer las razones concretas por las cuales los jurados se inclinaron por semejante desenlace.
