El 15 de septiembre de 1816, tres días después de su desaparición, Franz Xaver Keller fue hallado en una lengua de arena del Reuss, a unos doscientos pasos del sendero donde su familia lo había perdido de vista. Su reloj se había detenido a las nueve y veintiséis. Llevaba aún el dinero en los bolsillos; vestía todas sus ropas salvo el sombrero, aunque el paño aparecía desgastado en las rodillas y rasgado cerca de una faltriquera. La autopsia describió leves contusiones compatibles con una caída, pero ninguna señal concluyente de violencia ejercida contra él. A juicio de los médicos, el agua y un vahído habían causado con toda probabilidad la muerte. El río devolvía el cuerpo; callaba cómo se había precipitado en él.
Keller era el primer magistrado de Lucerna. La noche del 12 de septiembre, tras una visita al casino cantonal, había abandonado la ciudad hacia las ocho y media junto a sus dos hijas para dirigirse a su casa de campo en Geissmatt. El trayecto, corto, bordeaba por tramos una ribera escarpada. Aquella noche, la lluvia azotaba las laderas, el viento ahogaba las voces y el Reuss, crecido, bramaba con furia. Las jóvenes caminaban bajo sendos paraguas, una delante del padre y la otra detrás; en la penumbra acabaron distanciándose. Al aproximarse a un paso peligroso, Keller encareció a su hija menor que marchase por el lado seguro. Después, su voz se extinguió en la tormenta.
Al amanecer, cuando se comprobó que no había llegado a Geissmatt, el primer impulso fue salir en su busca. Un vecino, Joseph Pfyffer von Heidegg, fue de la casa a la ciudad, interrogó a los allegados y alertó a las autoridades. El rastreo siguió los márgenes hasta que la corriente devolvió el cadáver. Nada en el examen anatómico, según refiere el Pitaval, forzó entonces a abrir una instrucción criminal. El reloj parado, el vértigo que Keller solía padecer y la vecindad de las aguas constituían una explicación bastante simple; la necropsia no apreció herida alguna reveladora de agresión. Se dio sepultura a un prohombre respetado y se creyó cerrado un desdichado accidente.
La muerte, con todo, no acalló a la política. Keller militaba en la corriente que la crónica denomina «freisinnig», opuesta a los círculos ultramontanos vinculados a la nunciatura pontificia. El compilador del Pitaval describe a ambos bandos enzarzados en una porfía por el poder; deja traslucir asimismo sus propias simpatías frente a los adversarios de Keller. Deja constancia de que algunos vecinos ya murmuraban acerca de un suicidio y otros de un hecho criminal, y que el gobierno encomendó a las autoridades locales vigilar tales rumores. Conviene no perder de vista la naturaleza de estos renglones: ilustran cómo una desaparición pudo trocarse, años después, en el espejo donde una pugna partidista proyectó sus sospechas; no prueban en modo alguno la existencia de una conspiración.
La mujer que habría de reabrir la causa no pertenecía a la magistratura, no presenció aquel último trayecto ni se hallaba siquiera en Lucerna en 1816. Klara Wendel contaba a la sazón unos doce años. En 1824, a los veinte, cayó detenida en el cantón de Schwyz tras comerciar con efectos procedentes de un allanamiento cometido en Näfels, en el cantón de Glaris. De entrada, alegó haberlos comprado; al día siguiente mudó de versión. Acusó a su hermano Johann, apodado Krüsihans, y acabó por admitir que había tomado parte en el despojo pasando las piezas a través de una reja ensanchada por los asaltantes.
Los interrogatorios cobraron vuelo. Su familia pertenecía a los Heimatlosen, carentes de vecindad estable; aquella forzosa vida errante los exponía a un férreo control y a un estigma social que no debe confundirse con la prueba de un delito. Klara conocía a familias itinerantes y los parajes donde hallaban cobijo; refirió robos verdaderos con pormenores suficientes para que los pesquisidores comprobasen parte de sus asertos. Conforme desgranaba nombres y circunstancias, las autoridades le dispensaron un celo insólito. La crónica la retrata con los prejuicios de su época, como a una muchacha locuaz y vanidosa; semejante semblanza moral no puede hacer las veces de certidumbre sobre su carácter. Lo que dimana con mayor firmeza de la cronología es que sus declaraciones se estamparon a lo largo de veintiocho comparecencias, bajo un régimen en el que se la acuciaba de continuo a declarar qué había «recordado» desde la última sesión.
Al cabo de varios meses, los relatos de robos contrastables comenzaron a escasear. El compilador señala entonces que los inquisidores recurrieron a «amonestaciones convenientes», giro de ambigüedad manifiesta que él mismo subraya. Klara empezó a hablar de incendios y de muertes violentas. Muy pronto afirmó que una gavilla capitaneada por su hermano y por el antiguo ladrón Kappeler había arrojado a Keller al Reuss. No se atuvo únicamente al trance del camino: según sus versiones sucesivas, los conjurados fueron a beber a casa de Pfyffer y luego a la del médico Leodegar Carraggioni, quien les habría entregado una suma de dinero. Señaló a ambos patricios como instigadores de un homicidio por motivos políticos.
El relato urdido de este modo poseía un formidable vigor novelesco y una flaqueza insubsanable: descansaba en testimonios mudables, recabados ocho años después del fallecimiento, sin un testigo independiente del suceso ni una sola pieza de convicción que uniese a los notables con el presunto delito. La nómina de cómplices oscilaba sin tregua. Klara describió al principio una escena a la luz del día, en la que dos desconocidos fingían pescar; más tarde, trasladó los acontecimientos a la cerrada noche de lluvia de aquel septiembre. Tan pronto aseguraba haber oído la historia como haber asistido a la conversación o haber presenciado el crimen desde la orilla opuesta. En el espacio de ocho interrogatorios, anota el Pitaval, alteró los papeles, las horas y la intemperie misma.
Otros reclusos terminaron por autoinculparse y por comprometer a Pfyffer y a Carraggioni. El número de declaraciones acordes causó viva impresión en las autoridades de Lucerna. Ambos prohombres fueron arrestados y el pleito partidista cobró de inmediato trazas de asunto de Estado. Ahora bien, la coincidencia no suponía forzosamente confirmación: los encausados yacían hacinados en prisiones donde el trato mutuo resultaba inevitable; en los careos, unos escuchaban las respuestas de otros. Las versiones convergieron de esta guisa dentro de un marco idóneo para sugerirles con claridad qué se esperaba de sus labios.
El sumario pasó a manos de una comisión intercantonal y la instrucción se radicó en Zúrich a fines de 1825. El nuevo tribunal debía dirimir no solo el pretendido asesinato, sino el modo en que se habían arrancado tales confesiones. En el primer interrogatorio de entrega, la mayoría de los presos se desdijo; únicamente Klara y su hermana Barbara mantuvieron en un principio su relato. Con posterioridad, ambas recularon también respecto a parte de lo declarado. La propia Klara volvió a vacilar: primero revocó toda la fábula, luego sostuvo por momentos que el crimen había sido real, aun reconociendo que el mandato de Pfyffer era una invención. Tanta zozobra no faculta para tenerla por testigo fidedigno, ni tampoco para elevar su última deposición a verdad inconcusa; compele, antes bien, a examinar la naturaleza de las preguntas que la habían precedido.
El hermano de Klara, Krüsihans, expuso que había padecido golpes y amenazas durante su encierro. Declaró que, tras tundirlo a palos, un pesquisidor le había inquirido si sabía lo que había hecho con Kappeler en Lucerna; al intentar aducir otro robo, se le replicó con aspereza que no se trataba de eso, sino de Keller. El sumario, según el compilador, corroboraba castigos corporales, dieta estricta de pan y agua y aplicación de grillos. Am Rhyn admitió haber ordenado una corrección disciplinaria, mas negó que se hubiese prolongado dos horas, cual afirmaba el reo. El matiz es de bulto: algunos rigores quedaron plenamente acreditados, mientras que otros no pasaron de ser denuncias controvertidas.
La médula material del caso permaneció inmutable. Jamás se descubrió herida alguna imputable a un homicidio; Keller se precipitó a las aguas, mediara empujón o simple traspié. Su bolsa y su reloj no habían abandonado su sayo. El itinerario bosquejado por los reos no casaba con sus sucesivas ubicaciones ni con lo atestiguado por las hijas sobre la marcha. La supuesta cita en un mesón no pudo verificarse en la forma descrita: el Pitaval asevera que el figón había sido clausurado por la autoridad antes de 1816. Diversas fechorías que los sospechosos situaban en el otoño de la muerte correspondían comprobadamente al año posterior. Y Joseph Pfyffer, señalado como inductor, era cabalmente el vecino que había salido en pos de Keller, acompañado las batidas y dado parte del extravío.
Tales contradicciones no bastaban por sí solas para reconstruir cada minuto de 1816, mas resultaban suficientes para evidenciar que las confesiones no soportaban el peso que se les había cargado encima. La acusación contra Pfyffer y Carraggioni se vino abajo y ambos hombres salieron absueltos, a tenor de la crónica. En cuanto a las gentes errantes encausadas en el dilatado proceso por robos, el desenlace de los restantes cargos no se expone aquí con pareja minucia. Faltaría a la verdad asimilar aquellas penas a una condena por la muerte de Keller. El Pitaval reconoce, por lo demás, que ignora el curso definitivo que tuvieron las demandas de desagravio entabladas por los dos próceres.
Un reloj detenido a las nueve y veintiséis pareció fijar en su origen el instante fatal de un accidente. Ocho años más tarde, la palabra de Klara Wendel pretendió fijar un crimen e incriminar a sus autores; al calor de los interrogatorios, aquella palabra engendró otras, más graves y más políticas, antes de desmoronarse por entero. La comisión de Zúrich no devolvió a Keller sus últimos minutos, que ningún testimonio tardío logrará ya reconstruir con certeza. Obligó, cuando menos, a que la justicia discerniese entre la confesión y la prueba, y entre la repetición servil de un cuento y la comprobación de sus detalles. En esa línea divisoria estriba la dignidad de toda pesquisa: no en el número de nombres que consigue arrancar, sino en su entereza para desoír lo que los poderosos —o los propios interrogadores— anhelan escuchar.
