El proceso contra Samuel Wild Mitchell dio comienzo en el Old Bailey el 11 de enero de 1805. En la crónica de Pelham, abren la escena su rostro exhausto y su gastado gorro de dormir. Había matado a su hija Sarah, de unos doce años, y luego admitido el crimen. Mas el juicio no comenzaba con su semblante. Tras él se hallaban una separación reciente, dos niñas nacidas de hogares distintos y la resolución de un padre de arrebatar a su esposa la hija que esta se había llevado consigo.
Mitchell ejercía como hilador en Spitalfields y había instruido a Sarah en el oficio. Las disputas entre él y su cónyuge eran frecuentes, refiere Camden Pelham, quien describe al reo como un hombre propenso a los accesos de ira. Tal juicio pertenece a la mirada retrospectiva del cronista. La relación de los hechos no nos transmite las voces del vecindario ni los pormenores de aquellas reyertas. Conserva, con todo, una fecha inequívoca: los esposos se habían separado el 17 de diciembre anterior. La madre se marchó llevándose a Sarah. Elizabeth, hija de la esposa, también había convivido con Mitchell antes de pasar a ocupar su propio aposento. El hogar se había disgregado en múltiples lazos que el hombre ya no lograba dominar.
En la confesión leída durante la vista, Mitchell alegó que su mujer favorecía a Elizabeth y reprochaba a Sarah que acudiera a visitarlo como una extraña. Aseguraba haber amado a su hija «con el más ardiente afecto», pero relataba al mismo tiempo su determinación: ni su mujer ni él la poseerían jamás. Semejante lenguaje delata una contradicción que la crónica no resuelve. El apego que proclama no mitiga en absoluto la deliberada voluntad de escarmentar a la madre cebándose en la criatura.
Refiere Pelham que, hallándose la madre ausente, Sarah trabajaba junto al fuego devanando canillas. Su padre extrajo una navaja de afeitar de un cajón. En su confesión, declaró haber vacilado, haber estado a punto de deponer el arma, para luego decidirse. La hirió en la garganta; sostiene el texto que la niña expiró al instante, sin queja ni resistencia. La escena resulta escueta en boca del acusado, mas constituye el núcleo de todo cuanto sigue: la labor interrumpida, el ademán descrito por la misma mano que lo ejecutó y el silencio que los tribunales ya no podían reparar.
Mitchell huyó de la casa a la carrera. Se dirigió en primer término a la vivienda de un hombre apellidado Bell, donde otrora había residido, y rogó que se pusiera a buen recaudo el trabajo de su patrón. Encaminóse luego hacia la morada de Dellafour y a visitar a unos conocidos en Wapping. Fue aprehendido esa misma noche y prestó confesión íntegra. Pelham no consigna el modo en que la justicia dio con él, ni proporciona tampoco el nombre de la madre. Son vacíos documentales que conviene respetar tal cual, en lugar de suplantarlos con pesquisas imaginarias.
Durante la audiencia, se dio lectura a la confesión. Requerido para su defensa, Mitchell reconoció el delito y achacó su proceder a un juicio trastornado por las constantes desavenencias con su mujer. Consigna el informe que el jurado lo declaró culpable. Cuando el *recorder* le preguntó si tenía algo que manifestar antes de dictarse el fallo, respondió que nada tenía que añadir. El tribunal lo sentenció a morir en la horca el lunes siguiente, y a ser luego disecado y anatomizado. La concurrencia era nutrida. Pelham anota que casi toda la sala, incluso entre las damas y los miembros del jurado, se conmovió hasta las lágrimas; describe a Mitchell sereno, atento a los debates y murmurando de vez en cuando alguna oración.
Al día siguiente del juicio, Mitchell solicitó ver a su esposa a fin de que pudieran otorgarse el perdón mutuo. Ella compareció el domingo, tan quebrantada de salud que dos amistades hubieron de ayudarla a subir a un coche de plaza. Tras la entrevista, el reo permaneció en oración casi toda la jornada. La fuente no reproduce diálogo alguno ni refiere lo que la madre contestó. Aquel encuentro no borraba la separación del mes anterior ni la muerte de la hija. Evidencia tan solo que, en las postrimerías, los dos adultos volvieron a hallarse frente a frente en torno a un acto del que la niña constituía ya la víctima irremediable.
Pretendía asimismo Mitchell que el doctor Ford hiciese saber al público que moría en el seno de la Iglesia de Inglaterra. Explica Pelham que algunos lo tenían por metodista. A las seis y media del lunes por la mañana, el capellán acudió a buscarlo para las preces. Concluido el oficio, cruzó el patio de la prisión flanqueado por dos amigos, a quienes rogaba que orasen junto a él. El cronista le atribuye una firme devoción y el íntimo convencimiento de que el cadalso expiaría en parte su culpa. No nos es dado medir el alcance que semejante esperanza tenía para él; en nada altera el hecho de haber privado a su hija de toda posibilidad de hablar o de elegir.
Su última súplica atañía a sus propios restos. Suplicó a los alguaciles mayores que los entregasen a su hija para que recibieran sepultura tras la disección. Refiere Pelham que las autoridades se lo concedieron, sin precisar de qué hija se trataba. La petición ponía de manifiesto tres servidumbres impuestas al sentenciado: el suplicio público, la disección judicial y, por último, el entierro familiar. Sarah, por su parte, ya no podía recibir explicación alguna de labios de su padre.
El 14 de enero, Mitchell fue ahorcado frente a Newgate. Transcurrido el plazo de rigor, su cadáver fue conducido al hospital de San Bartolomé para ser disecado. Pelham clausura su capítulo con este traslado del patíbulo a la sala anatómica. Su atención se vuelca en las oraciones, la expiación y la ejecución pública; la memoria de Sarah es más breve y apenas nos lega noticia de su existencia, más allá de su aprendizaje, su posición entre unos padres desavenidos y la tarea que desempeñaba cuando su padre cruzó el umbral. La estrechez de la fuente no aminora el crimen. Nos obliga, empero, a no consentir que el arrepentimiento del reo sea el único vestigio de una niña a quien el texto rescata por su nombre.
Nota documental: relato basado en el capítulo «Samuel Wild Mitchell. Executed for Murder», en Camden Pelham, The Chronicles of Crime; or, The New Newgate Calendar, vol. I (Londres, T. Miles & Co., 1887), págs. 416-417; prefacio fechado el 1 de julio de 1840. Esta relación retrospectiva da cuenta de una confesión leída en el proceso, mas no reproduce el expediente íntegro ni las declaraciones testificales. No se ha consultado ningún registro judicial, carcelario, parroquial u hospitalario coetáneo.
