Le habían dado la librea de la casa en la que, tal vez, había nacido. A los siete años, el niño servía como paje al conde y a la condesa de Saint-Géran. Lo criaban con singular afecto, le procuraban una educación esmerada y lo veían crecer a su lado. Para el mundo exterior, no era más que el sobrino del mayordomo. La condesa, que en otro tiempo había reclamado en vano a su recién nacido, amaba a este niño sin poder otorgarle aún su apellido.
El asunto había comenzado mucho antes de su nacimiento, entre los acuerdos de dos familias. El mariscal de Saint-Géran, viudo de Anne de Tournon, se había desposado con la viuda del conde de Longaunay. Él tenía un hijo, Claude de la Guiche; ella, una hija, Suzanne. El 17 de febrero de 1619, ambos jóvenes contrajeron matrimonio. Suzanne tenía trece años; Claude, dieciocho. El joven esposo partió luego hacia Italia. Aquella unión, concebida para consolidar fortunas, habría de esperar largo tiempo a su heredero.
Tras la muerte del mariscal en 1632, Claude lo sucedió en el gobierno de Bourbonnais. Pasaron los años sin descendencia. El matrimonio consultó médicos, emprendió devociones piadosas y mantuvo la esperanza. Al fin, a finales de 1640, Suzanne experimentó los signos de un embarazo. En el castillo de Saint-Géran, la espera cobró forma palpable: se contrataron nodrizas y la madre de la condesa acudió a su lado.
El 16 de agosto de 1641, los dolores sorprendieron a Suzanne durante la misa, en la capilla del castillo. Fue trasladada a sus aposentos. Su cuñada, la marquesa de Bouillé, advirtió que demasiada gente rodeaba a la parturienta en medio de un calor sofocante. El conde, la madre de Suzanne y las demás personas se retiraron. Las doncellas de la condesa fueron apartadas igualmente. A partir de ese instante, la marquesa, las dos Quinet y la comadrona pasan a ocupar, según la crónica judicial recogida por Champagnac, el círculo cerrado del alumbramiento.
Hacia el anochecer, la comadrona aconsejó una poción para procurar reposo a Suzanne. Esta cayó en un sueño profundo. Al despertar, pidió a su hijo. Se hallaba en un estado corporal que le daba la certeza de haber dado a luz; le respondieron que nada de eso había ocurrido. Ella insistió. La comadrona prometió entonces que el parto se produciría a lo largo de la jornada.
El día siguiente transcurrió sin alumbramiento alguno. Frente a las preguntas de la madre, la comadrona atribuyó la tardanza a la influencia de la luna y le prescribió movimiento. La condesa fue paseada en carruaje por caminos escarpados y campos arados. Aquella dura prueba no trajo consigo el hijo reclamado. Otra explicación vino a sustituir a las anteriores: ciertas mujeres creían hallarse encintas sin estarlo. Se instó a Suzanne a contar entre tales ilusiones los meses de espera, los preparativos y cuanto había sentido al despertar.
La casa reanudó su curso en torno a aquel vacío. Los señores eran ricos, respetados y bien servidos; sin embargo, no habían logrado que se les mostrase una criatura ni que se les explicase con claridad su desaparición. Para Suzanne, la cámara donde tantos allegados habían anunciado un nacimiento se había convertido en el escenario de un desmentido. Su aflicción se prolongó durante años, conforme consigna la crónica.
Fue en aquella mansión donde Beaulieu, el mayordomo, introdujo a un niño pequeño. Lo presentó como su sobrino y ahijado, solicitó autorización para criarlo en el palacio y la obtuvo. El pequeño tenía unos dos años y medio cuando se incorporó de este modo al séquito de los Saint-Géran. La condesa le cobró afecto y lo llevó consigo a Moulins. El conde compartió el mismo apego. Ambos lo creían aún pariente de su criado.
Beaulieu falleció en 1648. Champagnac describe una muerte sospechosa y relata que el mayordomo había querido implorar el perdón de sus señores por un grave agravio. Temiendo empeorar su estado, los condes no acudieron a recibir aquella confesión. El relato no conserva, pues, declaración póstuma alguna de Beaulieu. Con todo, su fallecimiento dejaba junto al matrimonio al niño que él había introducido, mientras comenzaban a circular rumores sobre el nacimiento acaecido en 1641.
Dichas murmuraciones, vagas en un principio, impulsaron a los esposos a averiguar lo sucedido. La comadrona fue arrestada. Sus negativas y contradicciones sacaron a la luz nuevos indicios. La instrucción amenazaba con implicar a la marquesa de Bouillé; el conde, según la crónica, quiso proteger a su hermana y desvió las pesquisas de ese frente. Reconocer al hijo y acusar a la propia sangre se convertían en dos caminos difíciles de deslindar.
Los debates judiciales, tal como los resume Champagnac, reconstruían una sustracción concertada. La marquesa, presunta heredera de su hermano, habría visto en el embarazo la ruina de sus expectativas sucesorias. El marqués de Saint-Maixant se habría coligado con ella, valiéndose del concurso de Beaulieu, de la comadrona y de las Quinet. Una herida en el cráneo del niño se presentó como vestigio de un intento de darle muerte al nacer. La crónica arriesga asimismo una explicación para su supervivencia: Saint-Maixant habría querido conservar un instrumento de extorsión contra la marquesa. Este último móvil permanece, no obstante, en el terreno de la conjetura, aun dentro de un proceso colmado de acusaciones.
El itinerario del pequeño se tornaba más nítido. Confiado a Beaulieu y entregado a nodrizas, había sido llevado a París a casa de Marie Pigoreau, cuñada del mayordomo. Bautizado con el nombre de Bernard, se lo colocó más tarde en Torcy, en la comarca de Brie. Finalmente, Pigoreau le habría atribuido la identidad de uno de sus propios hijos difuntos y se habría mudado de barrio. Cuando Beaulieu lo restituyó a la casa de los Saint-Géran, aquel pasado le brindaba un parentesco ficticio lo bastante verosímil como para franquearle la entrada.
El conde y la condesa reconocieron a su hijo y le otorgaron el título de conde de La Palice. Sin embargo, asignarle el nombre bajo techo propio distaba de bastar para sostenerlo ante los tribunales. La comadrona fue condenada a muerte en Moulins; apeló la sentencia y pereció en prisión antes de resolverse la causa. La marquesa de Bouillé falleció también. Saint-Maixant murió en la Conciergerie, donde permanecía recluido por otros cargos. Varios artífices del drama inicial desaparecían, al tiempo que la herencia suscitaba nuevas oposiciones.
La señora de Ventadour y la condesa de Du Lude impugnaron el estado civil del joven. Según el relato procesal, incitaron a Marie Pigoreau a proclamarse su verdadera madre. Quien lo había criado bajo una identidad supuesta acudía ahora a reivindicar dicha maternidad como propia. Suzanne se vio en la necesidad de defender, frente a una segunda pretensión filial, al hijo cuyo nacimiento se le había negado en su día.
Tras ambas damas se dirimían derechos patrimoniales muy concretos. Si el muchacho pertenecía a los Saint-Géran, su existencia quebrantaba las expectativas de los parientes colaterales. Si Pigoreau triunfaba, el joven volvía a ser un expósito acogido por caridad, a quien el cariño de la condesa no bastaba para erigir en heredero legítimo. Cuanto antaño pareciera doméstico —una nodriza, un bautismo, el nombre dado al párvulo— gravitaba ahora con todo su peso sobre la transmisión de los bienes.
Pigoreau huyó durante el curso del procedimiento. El 5 de junio de 1666, el parlamento dictó su sentencia definitiva: el joven era hijo legítimo del conde y de la condesa de Saint-Géran. Pigoreau fue condenada a la horca en rebeldía. La crónica no registra que dicha ejecución llegara a cumplirse jamás.
Suzanne había enviudado. Había atravesado la alcoba clausurada, la negación de su parto, el regreso de un niño bajo el nombre de otro y, por último, las impugnaciones de un linaje amenazado en sus pretensiones. Hicieron falta cerca de veinticinco años para que el nacimiento del 16 de agosto de 1641 obtuviera su reconocimiento inmutable. El antiguo paje ya no habría de servir en la casa de sus padres bajo la librea de un extraño: podía, al fin, ostentar públicamente su verdadero apellido.
